Enero 26, 2019
LUIS ÁNGEL POV:
Sonreí al verlos. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que los vi. Pero la sonrisa se difuminó cuando caí en cuenta que estaban en un lugar al cual nunca deberían haber venido.
Mi madre tomaba de la mano a mi padre, acariciándole el dorso para apaciguarlo. Mi padre, con una expresión seria, observaba a su alrededor con curiosidad.
Se veían preocupados, pero ajenos al peligro.
Y porque tenía que pasar en algún momento, la mirada de mi madre me encontró, ahí parado enfrente de ellos. Con el pecho agitado y la piel erizada tiró del brazo de mi padre para que volteara hacia mí.
—¡Luis Ángel! —gritó mi madre y corrió para abrazarme. Mi padre la siguió y en cuanto llegaron a mi lado se tiraron sobre mí.
Mi madre me envolvió en un abrazo tan necesitado y cálido que podría derretir el corazón del ser más frio del universo. Mi padre llevó su mano detrás de mi nuca y me besó la frente.
Yo no reaccionaba ante dichos estímulos. Estaba tieso como estatua de mármol. Mi respiración agitada tampoco me ayudaba en nada. No podía reaccionar.
Mi madre me sujeto el rostro con ambas manos mientras sus ojos se derretían en lágrimas.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté al fin. Mi madre con desconcierto contestó.
—¿Cómo que qué hacemos aquí? Vinimos por ti. —mi padre me preguntó si me encontraba bien. Le preocupó mi reacción.
—Ustedes no deberían estar aquí. Te dije que no me buscaras —le grité a mi madre.
—Luis Ángel, tú nos dijiste que viniéramos —fruncí el ceño y les mostré mi cara de confusión.
Mi padre se apresuró a sacar un papel de uno de sus bolsillos. Me extendió una carta alegando que yo se la envié a mi mamá diciéndole dónde estaba y que quería que vinieran por mí.
Le quité a mi padre aquella hoja y comencé a leerla. Leía con las manos temblorosas. Cada palabra escrutada aumentaba un gramo más a mi confusión.
La letra era indiscutiblemente mía, pero jamás escribí esta carta. No que yo recuerde. Era como si otra parte de mí, una que yo mismo desconocía, hubiera tomado el control.
—No… esto no puede ser. Yo no escribí esto. Alguien está jugando con nosotros —mi voz se quebró, la desesperación se apoderó de mí mientras rompía la carta en pedazos.
Mis padres intercambiaron miradas preocupadas. Mi madre se acercó para intentar calmarme, pero la retiré.
—¡Tienen que irse ahora! —les ordené mirando alrededor. Mi padre balbuceó algo, pero lo corté—. ¡No hay tiempo! —la urgencia en mi voz era innegable—. Si ellos descubren que están aquí, si nos encuentran juntos…
—¿De quiénes hablas?, ¿quiénes son “ellos”?
—Los cazadores.
Mi padre, con su instinto protector, quería protestar, pero mi madre, con su sabiduría silenciosa, asintió e intentó explicarle la seriedad del tema.
Y como si hubiera manifestado en mi contra, a lo lejos vi a un grupo de hombres caminando en grupo, observando de cabo a rabo a las personas, como si buscaran a alguien en específico.
Un corriente helada recorrió mi cara y mi corazón comenzó a bombear más deprisa. Eran ellos.
—Están aquí —susurré para mí y aun así mi madre me escuchó. Con voz baja preguntó qué íbamos a hacer—. Voy a llevarlos a un lugar seguro, lejos de aquí —los jalé hacia la dirección contraria por donde venían los cazadores.
Podía haberlos llevado a la feria, en donde habría más gente, en donde estaban mis amigas, pero temía por la seguridad de todos ellos, por lo que al ver un callejón despejado apresuré a mis padres y los conduje hacia allí.
Nos ocultamos detrás de un contenedor de basura.
—Lo que viene a continuación será molesto —mis padres, aún confundidos, pero confiando en mí asintieron.
Los tomé de las manos y aparecimos en mi cuarto, en mi antigua casa. En ese instante mis padres comenzaron a tambalearse, con sus rostros pálidos y desencajados. Mi madre se llevó una mano a la boca, luchando contra las náuseas y mi padre se apoyó en la pared, cerrando los ojos con fuerza.
—Tranquilos, es parte de la teletransportación. Pasará pronto, se los prometo —les dije mientras los ayudaba a sentarse en la cama.
El silencio se apoderó del cuarto contrastaba con la respiración entrecortada de mis padres. Sus ojos mostraban miedo y asombro, una reacción natural para los primerizos en la teletransportación.
—Es normal sentirse así. El cuerpo humano no está acostumbrado a moverse a través del espacio de esa forma.
Mi madre asintió débilmente. Mi padre, recuperando un poco el color, intentó una sonrisa que terminó en mueca. Él me preguntó con voz débil si eso es lo que hacía regularmente.
—Sí, es parte de mi vida ahora. Pero no se preocupen, estoy bien entrenado.
Cambié mi atención de ellos hacia el lugar en el que estábamos: mi cuarto, un santuario de recuerdos, detenido en el tiempo. Nada fuera de su sitio, conservado como lo dejé. Se sentía familiar y ajeno al mismo tiempo.