Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 21. Búsqueda y rescate

Enero 26, 2019

FERNANDA POV:

El pánico de algunos se contagió como una pandemia entre todos. No hubo ninguna persona que no haya corrido a refugiarse del “temblor” que estaba azotando el lugar.

Para cuando Daniela me confirmó que ya no estaban, dejamos de hacer temblar la tierra.

—Espero que le vaya bien —comentó ella.

—Así será. No le pasará nada —respondí para calmar sus nervios—. Hay que buscar a Patricia y largarnos de aquí.

Con la cabeza señalo a nuestra amiga que venía temblando con una caja de pizza en las manos

—¿Sintieron eso? Estuvo fuertecito el movimiento —comentó un poco asustada.

—Pero ya terminó. No pasó a mayores.

—Sí. Por cierto, ¿dónde está Luis Ángel?

—Regresó al palacio —se apresuró en decir Daniela—. Dijo que no se sentía bien y se quiso ir.

—¿Sin nosotras?

—Es que no te quería dejar sola. Pero ya estás aquí, ya podemos irnos.

—Quería quedarme un poco más, pero si él no está bien, podemos irnos.

Todas asentimos y nos dirigimos hacia el palacio. Durante el trayecto, conversé telepáticamente con Daniela sobre qué le debe estar haciendo Luis Ángel al jefe de los cazadores. Acordamos que en una hora nos encontraríamos en donde combatimos con la seguridad del congresista, ese era nuestro punto de encuentro. Estoy segura de que Luis Ángel debe estar haciendo de las suyas con el tipo.

Pero al cumplirse la hora, no había señales ni de los cazadores abatidos ni de Luis Ángel. El bosque era un profundo silencio.

Nos pusimos a buscar rastros de su paradero por la zona. En momentos así es en donde recuerdo a Danna y lo útil que era su poder. Con ella viva hubiéramos hallado rápido a nuestro amigo, pero el destino fue tan jodido que se la llevó antes de tiempo.

Daniela me pasó la voz, estaba alterada. Llegué a su lado y me enseñó un walkie-talkie. Cuando lo accionó una señal de interferencia abrió paso a una voz del otro lado.

—Sí, está con nosotros —decía la voz entrecortada.

—¿Qué tan difícil fue? Según escuché, ha tenido buen músculo para resistirse a las capturas —se oyó otra voz hablando.

—¿Capturas? —susurró Daniela preocupada.

—Sí, bueno esta vez no le funcionó ninguno de sus truquitos. El jefe ya lo esperaba preparado.

Daniela y yo nos miramos con la boca abierta. Se oía como un secuestro.

—Ese inmundo hechicero no volverá a jodernos los planes. Luis Ángel Inchausti y su familia están acabados.

—¡No! —exclamé temblando—. Lo… lo atraparon.

—Estamos camino a la base. Llegaremos en un par de horas. Los esperamos ahí. Cambio y fuera.

Daniela se levantó enojada y aventó con fuerza el aparato hacia un árbol, destruyéndolo con el impacto.

—¡Mierda! ¿A dónde se lo pueden haber llevado?

—No lo sé —contesté con impotencia. La conversación había sido muy oscura. ¿Base?

—¿Qué base puede tener un congresista para secuestrar personas?, ¿acaso el gobierno sabe de nosotros?

—Lo dudo mucho. Recuerda que son una sociedad secreta.

—Lo cual no ha impedido que se infiltren en el estado. Un congresista, ¡por Dios! —gritó exasperada Daniela—. ¿Qué hacemos ahora?

—Buscarlo, ¿pero por dónde comenzamos? —piensa Fernanda, piensa. ¿Dónde podrían haberlo metido?—. Mmm… dijo que se verían en unas horas, ¿cierto? —Daniela asintió—. Su base debe estar cerca de aquí entonces.

Daniela me miró esperanzada en que fuera cierto.

—¿Cómo llegamos a ella?

—No sé —comencé a morderme las uñas mientras quemaba todas mis neuronas para descubrir cómo hallarlo—. El walkie-talkie.

—El walkie-talkie —repitió Daniela con un atisbo de esperanza. Caminó hacia los restos del aparato que había lanzado y posicionó sus manos sobre estos. Cerró los ojos y al cabo de unos segundos los abrió al mismo tiempo que se estremecía ligeramente—. Ya sé dónde está.

Me tomó de la mano y nos teletransportó al lugar. Era un almacén de arroz al lado de la carretera que recorremos para ir al palacio. El lugar no tenía la pinta de ser escenario de secuestros y sectas secretas.

Le pregunté a Daniela si estaba segura de que vendrían aquí. Ella asintió. Nos ocultamos detrás de unas grúas, esperando por los enemigos.

Las horas pasaron y el sol se ocultó. No hubo movimiento sospechoso de los cazadores. Le recriminé a Daniela, pues claramente aquí no habían traído a nuestro amigo.

—Te juro que vi la imagen de este lugar y los cazadores. No sentí nada más.

—Pues es obvio que viste mal. No hay rastro de ellos. Debieron llevárselo a otro lugar.

—¿Qué hacemos ahora? Mientras más pase el tiempo el peligro para él y su familia aumenta.

Exhalé exasperada. Fruncí amargamente el ceño mientras la última opción que tenía salió de mi boca.




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