Enero 27, 2019
LUIS ÁNGEL POV:
El mundo se volvió frío en un instante. Mi respiración se cortó en seco cuando la vi en el suelo, inmóvil. Mi corazón se contrajo y explotó en mil pedazos.
Parpadeé, y en un cruel giro del destino, la imagen de Fernanda desapareció y en su lugar vi otro cuerpo, otra silueta tendida en el suelo, con el fuego reflejándose en su piel mientras gritaba mi nombre con un hilo de voz. Era Danna.
Sentí el calor sofocante del fuego en mi rostro, las llamas devorando lo poco que quedaba de ella. Reviví el instante en que me di cuenta de que no podía salvarla.
El grito que salió desde mi pecho en cuanto salí de la pesadilla despertó a mis compañeros de cuarto, quienes asustados corrieron a verme.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado el rubio.
Yo asentí, agitado, como si hubiera corrido por la eternidad.
Me paré de la cama y sin decir nada más e ignorando los llamados de preocupación de Erick corrí a refugiarme en la torre norte.
Traté por todos los medios de conciliar el sueño. Rogué por conseguir algo de paz. Y sin embargo, no pude dormir toda la madrugada, pues en el instante en que abandonada la realidad, mi subconsciente se encargaba de recordarme todos los traumas por los que pasé esta noche: las amenazas de James; Fernanda muerta, pero luego viva; y por último, la partida de mi familia.
Febrero 15, 2019
Las semanas se deslizaron como hojas arrastradas por un río, cada una llevándose un poco más de mi vida.
La decisión de borrarme de la memoria de mi familia me llevó a un crepúsculo eterno, donde los recuerdos felices eran ahora fantasmas que me atormentaban.
En mi mente esbozaba los recuerdos de mis últimos años con ellos y con cada imagen se hacía palpable lo que había sacrificado: las risas de mis hermanos, el abrazo cálido de mi madre y la mirada orgullosa de mi padre. Momentos que puede que nunca vuelvan.
Por las noches me escabullo a la torre norte, me siento cerca al borde mientras sostengo una fotografía que mis padres ya no reconocerían. Solo ahí me permito un momento de debilidad y dejo que las lágrimas caigan con libertad.
Sabía que había hecho lo correcto, que mi familia estaba a salvo. Y sin embargo, nada de eso lograba alivianar el peso de mi decisión.
No solo había perdido a mi familia, sino que también había puesto en peligro a las chicas. Fernanda y Daniela habían estado a mi lado, luchando contra los cazadores, y aunque habíamos salido victoriosos, el riesgo había sido palpable. Cada vez que veo a Fernanda de lejos, una punzada de remordimiento me atraviesa el pecho, recordándome que mi lucha tenía un precio que otros pagaban.
A veces regreso a mi cuarto al amanecer, luego de vaciar por completo mis ojos. Otras veces voy de frente a clases con los ojos hinchados y con la ropa del día anterior. Solo cuando las estrellas aparecen en el oscuro firmamento, regreso a mi cuarto esa misma noche, porque solo en ese momento encuentro la fuerza para enfrentar otro día.
Las mañanas son distintas para mí, son diferentes a mis noches. Lo primero que hago es ir raudo al baño y ducharme con agua fría, solo así puedo desinflamar las bolsas que se me forman después de llorar a mares por las noches.
Me doy fugaces miradas al espejo, pues lo que veo siempre me causa repulsión.
Cuando camino por los pasillos, el aura de tristeza que me sigue como sombra llama la atención de empáticos y antipáticos. Los otros alumnos lo notaban; era imposible ignorar la penumbra que me envolvía.
—Luis Ángel, ¿estás bien? —me preguntaban algunos miembros de la guardia. ¿Cómo explicarles que me siento como un muerto en vida?
No respondía y lo único que atinaba a hacer era lanzar una sonrisa fingida, que al contrario de desviar la atención, la llamaba aún más.
Asistía a clases solo por cumplir, pero las palabras de los profesores no eran más que ruido blanco en mi cerebro.
—¡Cuidado! —la advertencia me tomó por sorpresa. Sentí un golpe aturdidor de mi compañero.
—Lo siento, no quería ser tan brusco —se disculpó Mat. O Sam. Ya ni los distingo.
—No te preocupes, el distraído soy yo —le dije mientras aceptaba su mano extendida para reincorporarme de la caída. Me preguntó si todo estaba bien, pues me veía muy…—. Ido —completé—. Si, estoy bien. Es solo que, no son mis días.
El chico agachó un poco la mirada apenado por cómo lo dije.
—Señoritas, vuelvan al entrenamiento —ordenó Erick. El gemelo se acomodó en su sitio. Estaba a punto de ir también a mi lugar, pero la mano del rubio sobre mi brazo me detuvo—. Tú no —lo miré extrañado—. Sigan con el entrenamiento los demás.
Ordenó y sin soltarme del brazo me apartó hacia un rincón. Se cruzó de brazos y me miró fijamente.
—¿Qué te pasa ahora? —le reclamé mientras retomaba el control de mi brazo.
—Lo mismo pregunto yo, ¿qué te pasa a ti?
—Erhm…, estoy en mis días. Estoy en uno de esos días. ¿Qué acaso tú no tienes tus días malos?