Marzo 16, 2019
LUIS ÁNGEL POV:
—¿Qué intentas hacer? —le pregunté ahora con un tono serio, aunque por dentro el pavor amenazaba con salir.
—Es la única forma en la que puedo explicarte todo.
Caminé decidido hacia él ignorando el dolor. Él abrió grandemente los ojos, pues esperaba una respuesta violenta de mi parte; sin embargo, lo único que hice fue apartarlo con las fuerzas que tenía y apunté hacia las ramas para quemarlas y salir de ahí, pero nada pasó.
Miré hacia mis palmas. Aunque estaban magulladas por los golpes de hace rato no parecían estar en peor estado. Volví a alzar la mano en dirección a la pared de ramas e intenté quemarlas, pero no ardieron. Atraje fuertemente mi mano hacia mí con la esperanza de arrancar con telequinesis las ramas, pero fracasé de nuevo.
—¿Qué está pasando? —susurré con miedo. Mis poderes no estaban conmigo.
—Eso también lo puedo explicar —contestó el chico. Me giré hacia él e intenté arrojarlo por los aires, pero no ocurrió. Erick se quedó viéndome visiblemente confundido, pero al final dedujo lo que quise hacer. Lleno de furia me acerqué a él y lo tomé bruscamente del cuello de su traje.
—¿Qué me has hecho?, ¿por qué no funcionan mis poderes?
—Porque estamos en una zona virgen.
—¿Qué?
—Una zona virgen es una zona creada en donde no funciona la magia de nadie, salvo la de la persona quien creó la zona.
Lo miré atónito y luego caí en cuenta que lo que ocurrió arriba en los arbustos había sido un engaño de su parte. Él controla la vegetación, él había sido quien movió los arbustos para que llamara mi atención y así pudiera bajar la guardia para empujarme hacia aquí. Estoy seguro de que quiere atar los cabos sueltos, pues yo soy el que sabe de su secreto. Quiere silenciarme.
Conociendo ahora sus intenciones lo solté y corrí hacia un costado. Tomé una piedra de buen tamaño capaz de hacerle daño y se la lancé directo a la cara.
—¡Auch! —atiné al blanco en la primera. No debía darle oportunidad de reaccionar, así que cogí otra y se la lancé—. ¿Qué tienes?, ¿por qué haces eso?
—No dejaré que me mates, psicópata —volví a lanzarle otra piedra, pero logró evitarla.
—No voy a matarte. No seas paranoico. Solo quiero hablar contigo —dijo evitando que otra roca lo impactara.
Corrí hacia el muro de ramas e intenté sacarlas con mis propias manos, pero no conté con que tuvieran espinas. Me aguanté el agudo dolor de las manos y seguí retirando cuantas ramas podía. Dejé pequeños espacios abiertos por donde se colaba la luz de la luna, la cual iluminó en algo esta cueva.
—Te estás haciendo daño. Deja de hacerlo.
Lo ignoré y seguí con lo mío. Erick corrió decidido hacia mí y me suplicó que me detuviera.
Yo estaba pasmado por el tono que usó, por la mirada preocupada y por el leve temblor que sentía en su agarre.
Me solté de repente de él y me alejé de él.
—¿Por qué haces esto? —le pregunté llevándome la mano a la zona que tocó.
El chico exhaló rendido y con un semblante decaído continuó.
—No encontraba otra forma para que te detuvieras a escucharme por 5 minutos —confesó—. No voy a hacerte daño, no quiero hacerte daño. Te traje con mentiras, sí, pero solo para que me escuches 5 minutos. No te pido más.
Sonaba sincero, para desgracia mía y suerte suya. Juro que medité bastante tiempo si escucharlo o no, y la decisión que tomó mi boca nos dejó asombrados tanto a mí como a mi cerebro.
—Te escucho —Erick se relajó al oírme. Juro que vi que intentó contener una sonrisa de alegría más que de victoria.
—Gracias. Bueno, por donde comienzo.
—Por el inicio, quizás. ¿Qué es lo que eres?
El chico se quedó callado por unos segundos, con el rostro tenso, como si ordenara en su cabeza las ideas.
—Soy el caballero rojo.
—Qué novedad.
—Era un secreto que nadie sabía.
—Más novedades aún —me crucé de brazos intentando tener un poco más de paciencia.
—Está bien. Ahora viene lo medular.
—Pensé que ya lo habías dicho —bromé en este momento tan serio.
—Me imagino que sabes la historia del palacio.
—Así es —el chico me lanzó una mirada acusadora—. Bueno, algo sé de la historia del palacio. ¿Qué tiene que ver contigo?
—Mucho. El palacio fue construido sobre la Montaña de los 4 Ríos —eso sí lo sabía—. Pero lo que no muchos saben es que antes del palacio existía un pequeño asentamiento humano cerca de la montaña. El chamán de la comunidad poseía magia, era un hechicero como nosotros. Para poder prosperar en esta selva, el chamán realizaba rituales en la montaña, todos ellos dedicados a sus dioses.
Comencé a relajarme conforme lo escuchaba con atención.
—Todo iba bien, hasta que llegó una devastadora sequía. El río se secó, la vegetación comenzó a morir y las cosechas dejaron de aumentar. Pronto el hambre y la desesperación asoló a la comunidad. El chamán, presa de la desesperación, subió por última vez a la montaña y acudió a todos los dioses que conocía para que salvaran a su pueblo, pero ninguno le contestó. Cuando ya había perdido la esperanza, apareció un ser ante él. El chamán estaba asombrado, pues creyó que había logrado lo imposible: la respuesta en persona de un dios. Aquel ser cubierto de escamas rojas y con la frente pintada de negro se presentó como Tsá-ka-ru, el dios de los sacrificios. El chamán le imploró que acabara con la sequía y ayudara a su pueblo a sobrevivir. Tsá-ka-ru le dijo que lo haría a cambio de un sacrificio. El chamán pensó que él sería el sacrificio y estaba dispuesto a dar su vida por su pueblo, pero el dios tenía otros planes. A cambio de salvar a su el dios le pidió que entregara voluntariamente su alma: “un alma por miles de vidas”, fue lo que le dijo.