Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 28. El último lobo

Abril 04, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

—Perfecto —exclamé en voz baja—. Entonces manos a la obra, vamos por él.

Constanza Romero soltó una risita, como si hubiese contado un tonto chiste.

—En verdad era cierto lo que decías sobre él —comentó la rubia—. Verás, ya nos hemos encargado de él —arrugué el entrecejo confundido.

—¿A qué te refieres con que ya se encargaron de él?

—Está bajo la custodia de este Consejo.

—¿Cómo?

—La Guardia Ancestral logró capturarlo mientras realizaba un viaje de trabajo por la Amazonía.

—¡¿Qué cosa?! —exclamé parándome—. Fueron a capturarlo sin que yo lo sepa.

—Te lo dije. Impetuoso y con el complejo de héroe —le comentó el señor De la Piedra a Constanza—. Niño, ya te lo había dicho antes: este es un trabajo que le compete solo al Consejo y a la Guardia Ancestral.

—Sí, como no —contesté enfadado—. ¿Cuándo lo capturaron?

—Hace 2 semanas —me contestó.

—¡Hace 2 semanas! —repetí indignado—. ¿Y por qué es que me lo ocultaron?

—Tu participación en la búsqueda y captura solo hubiera entorpecido la operación —señaló Berta de Osma—. Las rencillas que tienen en tu contra hubieran avivado el calor de la batalla si te hubieran visto —comenzó a explicar—. Él hubiera destinado más hombres, lo cual hubiera traído como consecuencia incrementar la potencia y el número de nuestras fuerzas, lo que se traduce en…

—En más pérdidas —completó Ravenna.

—Además, teníamos entendido que estabas ocupado lamentándote por no salir con la guardia.

Abrí los ojos y arrugué la frente en cuanto caí en cuenta de la trampa.

—Fue idea de ustedes —murmuré.

—Dado que mi hijo no podía entretenerte como le ordené, tuvimos que buscar otra alternativa que te mantuviera lejos de la acción. No es nada personal, niño. —confesó Constanza Romero.

Con que el repentino interés de Lukas había sido por una simple orden de su madre. ¿Estoy sorprendido? Para nada.

Miré hacia un lado intentando procesar la información que me ocultaron por días.

—¿En dónde lo tienen? —pregunté tomando asiento de nuevo y calmándome un poco.

—Eso tampoco es de tu incumbencia —respondió Ravenna—. Deberías conformarte con saber que ya no es más una amenaza.

La miré entrecerrando los ojos, completamente indignado. Quería que lo supiera.

—¿Al menos me dirán quién era o es que acaso eso tampoco es de mi incumbencia?

El señor De la Piedra miró a las demás, Berta fue la única que le contestó asintiendo.

—El último líder de los cazadores es el General del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas Marcus Briceño Caballero.

—Con que un oficial del ejército —comenté en un susurro—. Eso explica cómo es que la policía se empecinaba tanto por encontrarnos a las chicas y a mí.

—Por encontrarte —me corrigió Ravenna.

—¿Por qué me cuentan ahora esto si no tenían planeado incluirme en su captura?

—Por simple consideración —contestó Ravenna. Berta se aclaró la garganta mientras le hacía gestos con los ojos a la Eterna. Ravenna volteó los ojos para luego girar a verme—. Quiere verte —soltó.

—¡Qué!, ¿él quiere verme? —ella asintió.

—Pero es más que obvio que no lo harás.

—¿Por qué? —reclamé parando de nuevo y con un tono de frustración—. ¿Quién eres tú para prohibírmelo?

Constanza sonreía al ver cómo es que le hablaba a Ravenna.

—¡Insolente! —masculló la Eterna para luego aventarme con fuerza hacia uno de los libreros de la habitación. Me estampé la cara contra los libros que terminaron cayendo al piso junto conmigo.

—Ravenna —la nombró cansado el señor De la Piedra.

—¿Que quién soy yo para prohibírtelo? Soy tu jodida Eterna, mocoso —contestó exaltada a un lado de mí—. Pensé que después de tantos meses aquí te habría quedado bien claro quién es la que manda.

Me paré y le di cara. No me amilané frente a sus humillaciones.

—Me queda bien claro quién es la dueña de este circo de fenómenos seniles. Claramente, no eres tú —le contesté sin apartarle la mirada.

Con la poca dignidad que me quedaba e ignorando los gritos de los demás abandoné la oficina, dejando al Consejo de Ridículos con la palabra en la boca.

Caminé molesto por casi todo el palacio con rumbo desconocido, ignorando a todos a mi alrededor. Y pese a que intenté específicamente ignorarlo a él, su estúpido cabello dorado y mirada preocupada captaron mi atención.

—¿Estás bien? —preguntó Erick, quien venía hacia mí.

—Ahora no —respondí seco.

—Espera —se puso en mi camino y me detuvo.

—Erick, ahora no. Hablo en serio —el rubio ladeó la cabeza para verme mejor.




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