Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 30. Soltando el pasado

Abril 05, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

Me teletransporté con Harvey a Mazamari, pues el único sitio que se me ocurrió cuando Fernanda intentó matarlo.

—¿A dónde nos has traído?

—Es un pueblo que conozco. Tenía que sacarte de esa cueva antes de que Fernanda volviera a matarte.

—Debo reconocer que esa chica es más peligrosa de lo que aparenta.

Me hirvió la sangre por lo que dijo, así que lo sujeté del cuello de su camisa.

—No vuelvas a hablar así de mis amigas. ¿Te quedó claro? —dije en tono severo mientras veía como mis nudillos se volvían blancos.

Harvey curveó los labios en una sonrisa por compromiso y luego asintió.

—Está bien. No volveré a mencionar a tus amigas —solté el agarre y me giré. No quería verlo por unos cuantos segundos.

—¿Dónde está ella?, ¿dónde está tu hija?

—Esa es una muy buena pregunta —me giré a verlo con el ceño fruncido—. Mira, para comenzar no sé en dónde estamos exactamente. No se parece en nada a la capital.

—Porque no lo es. Estamos demasiado lejos.

—Bueno, ella no está en la capital.

—¿En dónde está?

—Está en una provincia fuera de la ciudad. Te diría para que nos lleves ahí teletransportándonos, pero dado que no conoces su ubicación, dudo que nos lleves a buen puerto.

—Mierda —mascullé—. ¿Eres consciente de que solo estarás aquí por 12 horas? Cada maldito segundo cuenta. No puedo perder tiempo.

—Llegaremos, pero no desde aquí. Es mejor ir a la capital y desde ahí partir. Confía en mí.

—¿Confiar en ti? —me reí molesto—. ¿Después de todo lo que nos hiciste quieres que confíe en ti? No tienes sangre en la cara.

—Tienes razón, ya no la tengo desde que me mataron —avancé un paso hacia el con el puño cerrado, pero luego me detuve. Harvey no se inmutó—. Admito que no usé las palabras adecuadas. No te pido que confíes, ¿está bien? Te pido que me ayudes.

Relajé un poco la cara y el puño, dejando que mis pulmones se llenen de aire para procesar todo.

—Lo haré, pero que te quede claro que no hago esto por ti.

—Lo sé. Lo haces porque todavía no eres como yo —lo miré fijamente a los ojos—. Y porque necesitas que te cuente la verdad.

El viento hacía menos ruido que mi cabeza. Caminé hacia Harvey, lo tomé del cuello y nos teletransporté a la capital, a un baño en una parada de autobuses.

—Debemos ir a Pisco.

—No estaba ni cerca de los límites de la capital —Harvey negó.

Me acerqué a una ventanilla y con el poco de dinero que tenía compré dos boletos hacia Pisco.

Harvey soltó un comentario pasivo-agresivo de las chicas. pese a que le dije que no hablara de ellas. Le sorprendió verlas vivas y conmigo.

—No sé quién es el otro jovencito —dijo refiriéndose a Erick—. Lo que sí me pareció raro fue no ver al joven Scott —lo miré frunciendo el ceño—. Mateo Scott —aclaró. Lo ignoré, pues no sabía a quien se refería. Sería algún familiar de Daniela, supongo.

Esperamos 20 minutos por el bus. No se demoró mucho, gracias a Dios. Abordamos el transporte y partimos. Nos esperaban por lo menos 3 horas de viaje. Tiempo que mi acompañante no desaprovechó para actualizarse.

—¿Qué ha pasado en estos últimos años?, ¿escogimos un buen presidente?, ¿hay una guerra nueva en medio oriente?

Decidí ignorarlo y mantenerme concentrado en el objetivo, pero era imposible, pues seguía preguntando más cosas, como si fuera un niño curioso.

—No sé nada —exploté—. No sé absolutamente nada, porque tus malditos sabuesos nos persiguieron por tanto tiempo que me desconecté del mundo. No sé si hay una guerra en Irán, no sé quién es nuestro maldito presidente, ni mucho menos si el país fue al mundial de fútbol —Harvey escuchaba atento—. Lo único que sé es que, además de joderme la vida, tus aliados están muertos. Los maté a todos.

El hombre volvió la mirada hacia la ventana, sin expresión, tranquilo, como si yo no hubiera hablado.

—No todo lo que te pasó fue malo.

—¿Qué tonterías dices? —pregunté con indignación.

—Si lo analizas bien, sigues aquí, vivo. Aprendiste a sobrevivir.

—Pero no a confiar. Eso no es vivir —respondí con la voz pesada.

Harvey volvió al silencio, al igual que yo. Con cada kilómetro que pasábamos una parte de mí explotaba contra él.

Después de casi 4 horas, llegamos a Pisco, una ciudad costera en medio de un desierto. Harvey bajó del bus tapándose la frente del sol.

—Cuánto extrañaba esta sensación de calor —soltó.

Pasé por su lado chocando contra su hombro y descolocando su pose.

—¿A dónde hay que ir? —pregunté con voz neutral.

—Ahora hay que adentrarnos más. Hay que ir al este, al valle.

—¿Cuánto tiempo nos tomará? —él respondió que nos tomaría 2 horas en llegar. Honestamente su hija vivía demasiado lejos de todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.