Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 33. Certezas

Abril 08, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

Llevaba horas dando vueltas en la cama. Cada vez que cerraba los ojos, Ravenna volvía a aparecer y con ella todas las razones por la que era la traidora. Y ninguna parecía satisfacer del todo sus motivos.

¿Qué podría querer una Eterna de alguien como yo, que recién había descubierto sus poderes?

¿Tenía algo que ver con la quintaesencia?, ¿con el tercer plano?, ¿con algo que ni siquiera entendía todavía?

Erick se jactaba de que su madre no era la traidora. Que es imposible que ella nos haya atacado. Mejor dicho, que ella me haya atacado, a Erick solo lo derribó momentáneamente.

Antes de dormir, el rubio me contó que su madre había salido durante la noche del ataque a una junta del consejo. Que estaban discutiendo sobre la muerte de Briceño en el Zancay. Sonaba conveniente su coartada, pero no me la tragaba.

Me levanté a mitad de la noche. La cabeza me explotaba. No podía quedarme sin hacer nada. Mis compañeros dormían plácidamente. Sobre todo Erick. Se veía tan bien, incluso en la oscuridad.

Lo siento, rubio, pero debo hallar la verdad sobre tu madre.

Sin hacer mucha bulla salí de la habitación. El pasillo estaba vacío, sin ninguna alma rondando. No vi tampoco señales de la guardia. Supongo que la orden de no patrullar también se aplicaba dentro del palacio. Era mi oportunidad.

Bajé al primer piso, rumbo a la oficina de Nerissa. Si Ravenna es la traidora, tiene que haber rastros de sus movimientos, permisos, reuniones, bitácoras, informes o algo que revele dónde estuvo realmente en momentos clave. Ir a la oficina de Ravenna sería arriesgado. En cambio, entrar a la de Nerissa, aprovechando que no estaba, sería más fácil. Tenía que haber algo ahí que me conduzca hacia Ravenna.

Llegué a la puerta. Inhalé profundo. Estaba cerrada. Miré hacia ambos lados para descartar testigos. Ya antes había entrado a su oficina, por lo que me teletransporté al interior.

La oficina estaba en penumbras. Solo la luz de la luna, que se colaba por los ventanales, alcanzaba a dibujar los bordes del escritorio y los libreros pegados a la pared.

Encendí la linterna que llevé. El orden obsesivo que tenía Nerissa era digno de un militar. Medallas colgadas en la pared alineadas con precisión, libros separados por colores y tamaños, incluso los lapiceros sobre su escritorio estaban bien alineados.

Si iba a buscar información aquí, debía tener mucho cuidado de no generar el caos que suelo provocar. No podía permitirme dejar nada fuera de lugar.

Me acerqué al archivador de palanca que estaba pegado a la pared. Dentro había files con información sobre movimientos económicos. Nada relevante. Había otros sobre calificaciones escolares. Información inútil. En el resto de cajones hallé más información administrativa.

Fui a su escritorio y encontré una pequeña agenda. Había información sobre juntas del consejo de este año. Lo único llamativo era que Ravenna no asistía a varias de las sesiones. Para alguien que dirige todo, faltaba demasiado. O estaba enferma o estaba en otro lugar. Y no había registro.

Seguí leyendo, pero no hallé nada más concluyente. Dejé la agenda en su sitio y abrí los cajones. Había papeles sin importancia. Encontré una foto sin marco. En ella aparecían un chico castaño y dos chicas con cabello oscuro. Alumbré mejor y me di con la sorpresa de que era una foto antigua de Ravenna y Nerissa, de cuando eran jóvenes. El chico castaño estaba abrazando a Ravenna, supuse que debía ser el padre de Erick. Bueno. Su padre no biológico. Algo de lo que me percaté es que Nerissa tenía el rostro más redondo y parecía estar más hinchada. La foto no dejaba ver nada más. La guardé en su sitio y seguí con la búsqueda.

Ahora estaba en el librero. Si Ravenna estaba involucrada, tenía que haber algo más. Alguna irregularidad. Algún documento oculto en los libros. Alguna prueba real.

Revisaba con ojo milimétrico cada libro, cada palabra. Jamás en mi vida había leído tanto como ahora.

Al llegar a la mitad, mi mano tocó el lomo de un libro desgastado, que no parecía pertenecer a la colección de lecturas de Nerissa. Por alguna extraña razón mi cuerpo se heló. Lo abrí con manos temblorosas. Pasé los dedos por las páginas y comencé a leerlo. Trataba sobre joyas antiguas.

Llegué a una joya en especial: el corazón de Thalassia. No era el nombre lo especial, sino el llamativo color rosado de la joya y su indiscutible parecido con la joya que tenía la bruja traidora. Fui a la portada a ver si tenía alguna escritura. En la esquina superior estaba grabado el nombre de Martha Villalobos. Debajo vi el nombre de Mazamari.

No podía creerlo. Era el libro que aquella mujer del pueblo decía que me había prestado. Estaba aquí. ¿Qué hacía en la oficina de Nerissa? No tenía sentido. Escuché unos pasos afuera, entonces devolví el libro a su lugar.

Mi corazón estaba acelerado. Iba a desaparecer, pero como el sonido desapareció primero, decidí quedarme.

Seguí hurgando en el estante de libros. Esta vez tuve que ver más arriba. Había un libro grueso, en cuyo lomo se leía “Consejo”. Lo jalé hacia mí, pero junto con este varios expedientes se deslizaron de su lado y cayeron al suelo. Una foto sobresalía de uno de ellos. Una foto mía. Dejé el libro a un lado y me agaché a recoger la carpeta. Mi nombre salía en la parte lateral.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.