Artes Prohibidas 2: El Ascenso

Capítulo 35. La línea de sucesión

Abril 09, 2019

LUIS ÁNGEL POV:

El olor a perfume de lavanda inundó mis fosas nasales, mientras las yemas de mis dedos rozaban una tela suave. Poco a poco fui abriendo los ojos. El ambiente fue tomando forma. Era una habitación amplia, de paredes blancas y de techo alto.

Los grandes ventanales dejaban entrar la luz del día.

No recuerdo cuánto tiempo pasé dormido. Todo en mi mente era una maraña de recuerdos.

Pero tenía en claro dos cosas. Que Nerissa había sido la causante de todos estos años de sufrimiento. Y que todavía estoy vivo por Ravenna.

Ella nunca fue la traidora. Nunca fue el monstruo que inventé para darle rostro a todo lo que me había roto. La culpé porque era más fácil cargar mi rabia contra ella que aceptar que nunca había entendido nada.

Como dijo Nerissa, fue el blanco equivocado de mis traumas.

La puerta del cuarto se abrió y por ella entró Erick.

—Ya despertaste —anunció con voz suave.

El rubio se acercó a la cama y me tomó de la mano. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado o pasado la noche entera sin dormir.

—Discúlpame por sedarte, pero no tenía otra opción —agregó. Entonces lo recordé todo. El fuego. Las ataduras. La voz de Nerissa. La llegada de Ravenna.

—¿Qué pasó con Ravenna? —le pregunté, con voz adormilada—. ¿Cómo está ella?

—No te preocupes. Ella está bien. Mi madre es una mujer fuerte.

—Y… —tragué saliva, pues ahora pronunciar su nombre me causaba asco—, Nerissa, ella…¿murió? —Erick negó con la cabeza.

—Mi madre no pudo detenerla. Huyó durante la pelea.

Miré hacia la nada, comprendiendo que esto no había terminado.

—¿Cómo me encontraron?

—No fue sencillo. Tuvimos que usar a varias brujas con dones de detección para encontrarte. Y para cuando te ubicamos en ese lugar, supimos que estabas en peligro. Nos sorprendió que Nerissa estuviera contigo, pero… luego de atar cabos, todo tuvo sentido.

—¿Es cierto lo que me dijo? —Erick desvió la mirada—. ¿Es cierto que yo soy el siguiente…

—Así es —respondió Ravenna, parada en la puerta. Erick y yo nos giramos a verla. El rubio soltó mi mano—. Hijo, ¿podrías dejarnos a solas? Hay cosas que debo hablar con Luis Ángel.

Erick asintió. Volvió a apretar mi mano con suavidad, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí. Luego salió del cuarto, cerrando tras de él la puerta.

—¿A dónde me han traído?

Pregunté al mismo tiempo que Ravenna se sentaba en una silla al lado de la cama.

De cerca pude verla mejor. Se había cambiado de ropa, pero el cansancio en su rostro seguía ahí, apenas contenido bajo su porte de siempre.

—Estás a salvo. En la residencia oficial de la corona, en la capital. Lejos de Oridia. Nerissa nunca pondrá un pie aquí.

—Mis amigas, ellas…

—Están en Oridia. No te preocupes por ellas. La guardia ancestral está a cargo de su protección. Aunque dudo mucho que necesiten que otros las cuiden —soltó una pequeña sonrisa.

—Ravenna, yo quería… —las palabras se me atoraban en la garganta.

—Después —me interrumpió con suavidad, pero sin ceder—. Ahora necesito que me escuches. El consejo ya fue informado sobre la traición de Nerissa. Están en camino. Vienen a verte.

—¿A verme? —musité.

—Así es. Nerissa cambió el tablero del juego al secuestrarte. Y con ello me obligó a ver una verdad que ya no podía seguir ocultando —la miré sin atreverme a respirar—. Tú serás el próximo Eterno de este aquelarre —sentí una leve opresión en mi pecho—. Cuando yo muera.

Estábamos bajando las escaleras de la residencia, con rumbo a la sala. Erick estaba a mi lado, cerciorándose de que no diera un paso en falso. Ravenna iba un paso adelante, guiándome.

Hace apenas una hora me reveló mi destino y, con ello, selló el suyo.

Quise responderle, pero el aire se me atascó en la garganta. No era solo la magnitud de lo que acababa de decir. Era la facilidad con la que había pronunciado su propia muerte. Esa frialdad era lo que asustaba.

Una mujer vestida con traje nos esperaba en las puertas de la sala.

—Hasta aquí nomás puedes llegar, Erick. Tendrás que esperarnos —Erick tragó saliva, como si quisiera decir algo, pero se lo guardó. Me apretó el hombro y se quedó atrás. Ravenna nos observaba, conteniendo la respiración. Yo no sabía qué hacer ni cómo sentirme

—¿Listo? —me preguntó ella. Yo negué levemente—. Nunca nadie lo está.

Y con esa frase final le ordenó a la otra mujer abrir las puertas.

Del otro lado nos esperaban el señor De la Piedra, Berta de Osma y Costanza Romero. Los miembros del consejo pusieron los ojos en Ravenna y luego en mí.

El señor De la Piedra se acercó a nosotros de forma calmada.

—¿Cómo te encuentras, niño?




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