Abril 18, 2019
LUIS ÁNGEL POV:
Ravenna se reincorporó en la cama como resorte.
Me apresuré a calmarla.
—Estás bien. Te desmayaste.
Ravenna se tocó la sien mientras entrecerraba los ojos. Quiso ponerse de pie, pero la detuve.
—Yo esperaría un poco más hasta que te recuperes.
—¿Ahora quieres esperar? —reí ante la pregunta. Asentí—. Al menos hemos progresado en algo —respondió volviendo a acomodarse.
—Un doctor ya viene en camino.
—¿Qué? —preguntó alarmada—. Yo no pedí ningún doctor.
—Yo lo hice. Estabas mal y…
—Y nada. No puede venir un doctor.
—¿Por qué no?
—Porque nadie puede saber que me estoy debilitando.
—Ay vamos. Me dices que deje mi orgullo de lado, pero tú…
—No es por orgullo.
—¿Ah no?, ¿entonces por qué es?
—Por cálculo político —replicó con voz firme.
—Por favor, dejemos el juego de tronos a un lado, ¿quieres?
Ravenna inhaló profundo antes de continuar.
—Está bien.
—Erick también está en camino —Ravenna puso los ojos en blanco—. Es tu hijo. Merece saber cómo estás.
—Hay cosas que las madres ocultamos a los hijos por su bien.
—Que le ocultes que no estás bien no es por el bien de Erick.
—Es por el bien de los demás.
—Siempre escoges por los demás —le reclamé.
—¿A quién me pareceré, no? —retrocedí el cuerpo mientras me cruzaba de brazos. Ravenna cerró los ojos y cuando los abrió movía la cabeza—. Contigo no sé cómo ser una madre. Solo sé cómo dejarte algo antes de irme.
Sentí que algo se me apretó en el pecho. Abrí la boca para responderle que eso no justificaba nada. Que esconderse detrás del poder seguía siendo esconderse. Pero ahí, viéndose más cansada que invencible, la pelea se me desarmó en la boca.
—Le diré al doctor que no venga —sentencié.
—Gracias —susurró antes de acomodarse para descansar.
Me paré de la silla y caminé hacia la puerta. Me detuve en el umbral y la contemplé durmiendo.
Echada de costado, casi de bolita, respirando de forma calmada.
Era la primera vez que veía como el ser más autoritario que había conocido se mostraba frágil de verdad.
Erick atravesó la puerta de la residencia ya entrada la noche. En cuanto me vio a mitad de las escaleras, subió corriendo hacia mí.
Me envolvió en un abrazo fuerte. Lo abracé de vuelta. El rubio me pegaba más a su cuerpo, mientras apoyaba mi cabeza en su pecho.
—¿Cómo está?
—Está descansando.
—¿Qué fue lo que le pasó?
—Se está cansando cada vez más.
—¿El doctor ya la revisó? —negué bajando la mirada.
—No quiere que nadie lo sepa.
Erick arrugó el entrecejo.
—¿Pero qué le pasa? Hablaré con ella —lo agarré de la muñeca antes de que subiera.
—No seas tan duro con ella.
El rubio me miró con los ojos abiertos. Parpadeó, como si estuviera comprobando que en verdad había sido yo quien dijo eso.
Me pareció que quiso sonreír. No sé el porqué. Asintió y luego se perdió en la segunda planta.
Lo esperé en la sala. Dejé que mi vista se perdiera en los cuadros y bodegones que adornaban las paredes.
Un sirviente me dejó una taza de anís sin que yo se lo pidiera. Le agradecí el gesto, a lo que él respondió con una sonrisa genuina antes de irse.
Erick se unió a hacerme compañía al cabo de una hora después. Salió diciendo que su madre estaba más estable. Había intentado convencerla de llamar a un médico, pero le soltó el mismo discurso que me dio a mí.
—Me alegra que se estén llevando mejor —dijo el rubio mientras me abrazaba.
—No nos estamos llevando mejor. Es solo que ya no siento la necesidad de ignorarla todo el tiempo.
Erick se rio, pues para él esa era la definición de llevarse bien.
—¿Cómo están las cosas allá afuera? —le pregunté incorporándome un poco en mi sitio.
El rubio movió la cabeza y suspiró agotado.
—Es un desastre. En Oridia, los padres comenzaron a sacar a sus hijos del palacio. Temen que esta “disputa” por el poder termine convirtiéndose en una guerra abierta.
—Ya es una guerra —respondí con firmeza.
—Es lo que se dicen así mismos para no afrontar lo que se viene. El cambio que representas. De eso se vale Nerissa para jalar familias a su bando.
—¿Cómo?
—No vale la pena repetirlo.