Abril 19, 2019
LUIS ÁNGEL POV:
Ravenna pateó el tablero. Se paró y con paso firme se retiró de la sala, ignorando a los presentes.
Erick tenía la boca ligeramente abierta y los ojos abiertos.
—Papá, ¿cómo pudiste hacerlo?
—Tenía que hacerse. Tu madre está débil. Cualquiera que la desafíe expondría la fragilidad del sistema. No se puede permitir —explicaba el padre de Erick, con voz calmada. Parecía que confiaba en que estaba en lo correcto.
—Voy a ver cómo está tu mamá —le susurré a Erick.
Dejé atrás el bullicio que se formaba y corrí a alcanzar a Ravenna.
La Eterna destituida se había encerrado en su cuarto. Iba a ingresar, pero decidí tocar la puerta. Ravenna gritó desde el otro lado que no quería ver a nadie.
Suspiré agachando la cabeza. Le di su espacio para que procese todo y me fui a mi habitación.
Me senté en el sofá de la habitación, con la vista en la ventana.
Erick entró al rato. Estaba decaído. Me paré del sofá y lo envolví en un abrazo.
El rubio apoyó su cabeza en mi hombro mientras me devolvía el abrazo.
—Él piensa que hace lo correcto —dijo refiriéndose a su papá—. Lo que no sabe es el daño que le causa a mi madre.
—Ravenna es fuerte. Podrá con esto.
—Antes creía eso, pero ahora… —dijo con voz dolida. Se despegó de mi hombro y sin apartarme apoyó su frente contra la mía.
—No debemos enterrarla antes de tiempo —afirmé. Acaricié su rostro—. Confía en que tu madre sabrá que hacer. Sigue siendo aún la Eterna, no en el papel, pero sí en los hechos.
Erick me preguntó si podía quedarse conmigo esta noche. No quería abandonar a su madre, pero tampoco apartarse de mi lado.
Accedí sin pensarlo mucho. El rubio sonrió. Con su blanca sonrisa pude descansar parcialmente en paz durante la noche.
Abril 20, 2019
Toqué la puerta del cuarto de Ravenna. Esperé unos segundos, hasta que un sirviente se asomó al pasillo.
—La señora Cromwell se levantó temprano. Está terminando de tomar desayuno en el comedor.
—Gracias —el sirviente me sonrió y luego volvió a sus tareas.
Bajé al comedor. Esperaba encontrar una Ravenna ojerosa, cabizbaja.
Me llevé una gran sorpresa al verla sentada en la cabecera, tomando su café con la misma expresión imperturbable de siempre.
—Buenos días —me saludó con voz serena.
Parpadeé varias veces. Reaccioné de inmediato y le devolví el saludo.
Me senté en la mesa, mientras el servicio de la residencia acomodaba frente a mí una taza de café, un plato de avena y un vaso de jugo de frutas.
—¿Cómo estás?
—Si quieres saber si lo de ayer me afectó, la respuesta es no —respondió—. Admito que al inicio se sintió como un trago amargo, pero…a mí me gusta el café sin azúcar —dijo sorbiendo de su taza.
Reí por ella, por su comentario. Parecía demasiado serena.
Comí la avena y tomé de un solo sorbo el jugo de frutas. Erick se nos unió al poco rato. Le dio un beso a su madre y luego se sentó a su lado, frente a mí.
A mitad del desayuno, Ravenna contestó una llamada por celular. Balbuceó algunas cosas sobre que no había inconvenientes y que comprendía la situación.
Cuando colgó la llamada, se giró hacia mí y me ordenó empacar mis maletas.
—Partimos en una hora al aeropuerto.
—¿Qué? —pregunté con sorpresa—. ¿A dónde?
—Nos vamos a Georgetown, Washington D.C. Ahí está la sede principal de la Confederación.
Erick y yo intercambiamos miradas de alerta.
—No tengo visa.
Ravenna minimizó el asunto alegando que ya había arreglado los trámites con la embajada norteamericana.
—Tampoco te preocupes por tu orden de búsqueda y captura. Hice que borraran tus antecedentes del sistema. Ya nadie te busca.
Esas cuatro palabras hubieran servido de consuelo tiempo atrás. Pero ahora la cosa era distinta.
—Mamá, el Consejo… —interrumpió Erick.
—El Consejo ya dejó claro su posición. No me quieren aquí. Técnicamente les estoy haciendo caso al salir del país.
—Te meterás en un gran lio —le recalcó, preocupado.
—Qué es la vida sin un poco de rebeldía. ¿No?
Unos tres guardias se presentaron ante nosotros. Reconocí el rostro de dos de ellos. Fueron los que me hicieron una reverencia la otra vez.
—Ya estamos listos, señora. Esperamos sus órdenes.
Ravenna les anunció que saldríamos en una hora. El guardia, de nombre Flavio, asintió y luego se marchó.
Erick le preguntó si los guardias vendrían también. Ella asintió.
—Una nunca sabe cuándo podrá necesitar un poco más de ayuda —le contestó.
—En ese caso, iré con ustedes.
—No —sentenció firme—. Necesito que vuelvas al palacio. No quiero que te metas en este asunto —Erick le iba a responder, pero Ravenna lo interrumpió—. Es una orden, Erick —el rubio tensó el rostro y envolvió sus manos en puños.
—Está bien —contestó seco.
La Eterna se giró hacia mí y con voz pausada me ordenó alistarme.
—No hay tiempo que perder.
Salimos de la residencia en autos sedán negros, con lunas polarizadas. La residencia se hallaba cerca del centro histórico de la ciudad, lugar predilecto de las masas para manifestarse ante cualquier descontento.
Llegamos al aeropuerto en apenas una hora. Ravenna se había mantenido en total silencio.
Dejamos nuestras maletas en el counter de la aerolínea. La prueba de fuego venía a continuación: pasar por migraciones.
Después de esperar en una interminable cola, me tocó pasar. Le entregué el pasaporte que me había dado Ravenna en el counter. El oficial miró mi fotografía en el documento y luego en su máquina.
—Eso es todo. Siguiente.
Solté el aire cuando pasé sin problemas.
Esperamos en la sala de embarque a que llamaran para el abordaje. Los guardias se sentaron en distintos puntos de la sala, como parte de su protocolo.
—¿Qué haremos exactamente en Georgetown? —le pregunté.
—Pediré una audiencia de emergencia en cuanto lleguemos. El protocolo señala que se reúnan todos de inmediato, por lo menos los Eternos.
—¿Y…?
—Te presentaré ante ellos como mi legítimo sucesor. Como futuro Eterno de la zona americana sur.
—Sé que el Consejo te prohibió realizar actos propios de tu jerarquía, ¿crees que haya problemas con eso allá?
Ravenna giró a mirarme, sin un ápice de nerviosismo.
—El Consejo pretende borrarte de la historia. Yo quiero mantenerte en ella. Si por eso me tengo que enfrentar al Consejo después, estoy dispuesta a ello.
Algo dentro de mí sentía cierta simpatía por ella. Esa sensación de sentirte protegido se combinaba con la presión de asumir una responsabilidad pesada para la cual aún no me sentía listo.
Por el altoparlante se anunció el abordaje para el vuelo de Lima-Atlanta.
Ravenna y yo abordamos primero. Ella nos consiguió asientos en primera clase. Quería viajar cómoda, me dijo.
Nos acomodamos y nos abrochamos el cinturón. El capitán indicó que el despegue iniciaría en breves.
Por la ventanilla se veía el avión ubicándose en la pista de despegue. Era la primera vez que viajaba en avión fuera del país. Toda una experiencia si el contexto fuera otro.
Giré a ver Ravenna para contarle eso, pero vi como una gota roja de sangre se resbalaba de su nariz.
—Ravenna —le dije señalándome la nariz. Ravenna se llevó un dedo a la zona y se fijó en la sangre.
De su bolso de mano sacó un paño y comenzó a limpiarse. Cuando el avión aceleró, el pañuelo se le cayó. Como no estaba cerca de ella, lo levanté con mis poderes y se lo acomodé en la nariz.
Ravenna asintió ante el gesto mientras hacía presión con el pañuelo para detener el sangrado.
—No es nada —dijo mirándome de reojo. No le creí.
La sangre no salió por un cambio en la presión por la altura.
—¿Te pasa seguido? —pregunté en voz baja, cuidando que nadie más alrededor nos oyera.
—No lo suficiente como para cancelar este viaje.
Giré hacia la ventanilla por un segundo. Lima ya se iba haciendo pequeña bajo las nubes.
—No me siento listo para esto —admití.
Ravenna retiró apenas el paño de su nariz para comprobar si el sangrado había cedido. Cuando vio que sí, lo dobló con y lo dejó sobre la mesita.
—No te estoy llevando porque estés listo —dijo—. Te estoy llevando porque no me puedo dar el lujo de esperar.
Sentí un vacío extraño en el pecho.
—¿Esperar a qué?
Ravenna tardó unos segundos en contestar. Mantuvo la vista al frente, impasible, mientras el avión atravesaba una capa espesa de nubes.
—A que mis enemigos terminen de ordenar el tablero.