Arxis: La Raíz

Prologo

✧ 𓋼 𓍊 𓋼 ✧ Para los que siempre quisimos rendirnos y escapar ✧ 𓋼 𓍊 𓋼 ✧

No respires.

No entres en pánico.

Cierra la boca.

Me repetía esas palabras mientras apretaba los ojos con toda la fuerza de mi vida, pero por más que lo intentara no sabía de dónde sacar tanta.

"Cuando eso pase, recuerda que flotarás sola."

Traté de creer en ello. Dejé de mover los brazos y las piernas; sabía que estaba siendo arrastrada, la corriente era realmente fuerte.

Pero, por un momento, sentí que mi pie tocó algo. Me tensé bruscamente. Era sólido. El piso. Después le siguió el otro; ambos estaban en el suelo.

Sabía que con eso podía impulsarme. Doblé las piernas y, sin una idea clara, moví los brazos y me lancé hacia afuera.

Sentí el aire y el frío de la superficie recibir mi cuerpo. La tos no tardó en presentarse, más aún cuando comprendí que había caído en aguas que no parecían limpias. Comencé a limpiar mi rostro y a quitar el agua cerca de mis ojos, aunque aún la sentía bajo la barbilla.

—¡A-ayuda! —grité con la voz temblorosa—. ¡Abajo! ¡Estoy viva!

No hubo respuesta. La poca corriente que quedaba me empujó, haciendo que una de mis rodillas tocara el suelo del fondo. El raspón me obligó a hacer fuerza para ponerme de pie. El agua quedó a la mitad de mi cuerpo y el aire frío recorrió mi piel, empeorando la sensación de la ropa empapada.

Limpié mi boca y escupí lo poco que tenía dentro. Poco a poco mis ojos se fueron adaptando después de tallarlos con fuerza.

—¡Estoy aquí...!

El grito resonó con un eco largo. Pero dejó de importar cuando noté que sobre mí no estaban las paredes de concreto que deberían estar. Me quedé quieta, aún con las manos cerca del rostro, observando aquel hueco por donde se apreciaba el cielo azul con tonos naranjas y violetas.

Parpadeé varias veces y giré sobre mí misma. Las paredes eran rocosas, firmes, con tonalidades verdosas y amarillas. De ellas salían raíces que se extendían hasta lo alto, donde se volvían más gruesas.

No solo eso. Bajé la mirada al agua en la que aún estaba. Casi salté en mi lugar al notar que era totalmente limpia, cristalina. Podía ver con claridad mis pies y la tierra bajo ellos.

Ninguna palabra salió de mi boca. Toqué mi cabeza y otras partes de mi cuerpo, buscando algún golpe.

—¿Morí? —susurré—. ¿Me morí?

Pero no era así. El aire de aquel lugar me provocó un escalofrío; mis dientes comenzaron a rechinar. Debía salir del agua y de ahí, si era posible.

Di pequeños pasos, casi brincos, hasta alcanzar la orilla. La ropa goteó, y ese sonido fue lo único que noté al salir. Me abracé a mí misma intentando contener el frío. Por suerte no estaba completamente oscuro; al frente, casi al fondo, se distinguía una luz, la misma que había visto arriba.

Caminé con dificultad sobre las rocas. Mi tobillo se torció más de una vez antes de salir por completo de aquella... ¿cueva? ¿gruta? ¿caño?

Salí, pero la confusión seguía atorada en mi garganta.

Me encontraba en medio de un ¿bosque? Algo parecido, tal vez. Los árboles eran delgados y demasiado altos, casi como bambús, pero con troncos blancos y hojas rojizas. Jamás había visto algo así.

Una corriente de viento me recordó que el agua en mi ropa no se secaría pronto y que estaba en medio de la nada. El temblor regresó y apreté los dientes, casi atrapando mi lengua. Giré la cabeza en todas direcciones buscando a alguien... algo.

Mi mirada se detuvo en una luz tenue que brotaba a lo lejos, cerca del atardecer. Había casas, las suficientes como para pensar que se trataba de un pueblo. Era lo más cercano.

Comencé a caminar hacia esa dirección. Estaba en una altura extraña; no entendía cómo funcionaba el terreno allí, si estaba arriba o abajo. Pero al menos me acercaba a aquella fuente de luz.

Bufaba cada vez que el frío se volvía insoportable. Enfermar iba a ser seguro.

No me percaté de cuándo llegué al camino del pueblo. Algo más había llamado mi atención: no había asfalto. Todo era como los caminos del campo, poco transitados. No veía personas. Aquello me daba miedo.

Pero eso no era todo.

"Amarat."

En una construcción rocosa, similar a un arco junto al camino, estaba grabado aquel nombre. Solo entendí eso; el resto eran letras, o más bien símbolos, sin sentido para mí. La piel se me erizó y clavé mis uñas en mi propia piel.

¿Qué había pasado antes de caer?

Recordaba haber tomado mis llaves, salir de casa... gritar por última vez tras aquella discusión. Salí, corrí y luego...

¿El piso se rompió?

Miré mis manos: los raspones en los nudillos y brazos seguían frescos. Revisé mis piernas; las rodillas estaban heridas donde los shorts no cubrían. Ardían. También había un raspón en mi rostro. Pasé los dedos por él y sentí el dolor.

Sí, me había caído. Y había sido profundo. Parecía como si me hubieran atropellado, pero no recordaba ningún automóvil. Y por suerte no tenía ningún hueso roto... o no podría moverme, ¿cierto?

El sonido de voces me sacó de observar el suelo. Había entrado al pueblo sin notarlo. Las pocas personas a mi alrededor estaban absortas en sus asuntos, no parecían interesadas en la chica empapada.

Avancé un poco más. Las casas eran de piedra, de esa que parece de río, combinada con madera, como cabañas rústicas. Fruncí la nariz.

Las luces que había visto no provenían de electricidad. Eran lámparas con una llama flotante dentro. Sin vela. Sin gasolina. Sin algodón.

El suelo ya no era pastoso; ahora era adoquín rojo mate, cada pieza marcada con letras o símbolos que no entendía.

Con cada paso comprendía menos. Y entonces comenzaron los murmullos. Quise creer que era mi imaginación, pero cuando mi mirada se cruzó con la de una mujer supe que no lo era.

Me observó con temor y bajó la mirada hacia una chica a su lado. Ambas vestían ropa sencilla, antigua, como de libros de historia: faldas largas y blusas holgadas.




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