Arzhvael (libro 11. La ira de los Dioses)

Cap. 34 Compañía

 

Una vez que Jud se marchó con los arzhaelíes, Elijah se acercó a Aria mientras los chicos eran urgidos y hasta empujados por sus hermanas o novias para que salieran, y aunque ninguno de ellos quería perderse aquel round, igual fueron arrastrados fuera.

  • ¿Aria?
  • ¿Qué? – preguntó ella en forma distraída, pues aún miraba por donde se habían marchado los arzhaelíes
  • ¿Aria… podemos hablar un momento?
  • Claro – dijo ella aun sin mirarlo, lo que descompuso mucho el ya muy maltrecho orgullo del berserker
  • Olvídalo – dijo en tono molesto girándose
  • No puedo olvidar lo que aún no me dices – dijo ella en tono divertido repitiendo lo mismo que le dijese Eri en forma reciente
  • Da lo mismo, porque en cualquier caso pareces muy poco interesada en escucharme

Por muy preocupada que Aria estuviese por causa de Jud, y en realidad no había motivos para que así fuese, lo hizo rápidamente a un lado. Aria había crecido al lado de Elijah, por tanto, si había alguien que conociese cada uno de los tonos de aquella voz, era ella, así que se dio mucha prisa en obstruirle el paso.

  • ¿Vas a algún lugar, señor Berserker?
  • No creo que eso te importe
  • ¿De veras? Porque de lo que tú no sabes, podríamos escribir varios libros
  • Escucha muchachita…
  • Eh, eh – lo detuvo colocando una mano en su pecho y la otra en su boca dificultándole mucho las cosas a Elijah – Ya te dije que cuando hablas lo fastidias todo, y aunque me encanta escucharte así me estés largando un pesadísimo discurso por mi mal comportamiento, porque igual te ves lindo, no quiero que fastidies las cosas de nuevo

A pesar de que Elijah se había pasado casi toda su vida lidiando con los diversos estados de ánimo de Arianell, en aquel momento sintió la cosa más extraña del mundo, o al menos lo era en su opinión y no tenía idea de cómo manejarlo, pues la ira que había estado sintiendo apenas unos segundos antes, parecía haberse diluido, sentía que una soga apretaba su garganta, y de haber sido un vampiro, habría estado bastante seguro de haber sido envenenado con espino, pues según lo que sabía, éstos experimentaban la sensación de estar quemándose por dentro y era exactamente lo que él estaba sintiendo. No obstante, sus brazos lograron moverse y presionó a Aria contra su pecho, después de lo cual, su voz pudo abrirse camino, aunque con poca coherencia según pensaría después.

  • ¿Por qué me estás haciendo esto, Aria?

Si ella sintió alguna curiosidad por la pregunta, y seguramente así era, no tuvo ocasión para plantearlo, porque un segundo después ambos estaban fundidos en uno de esos besos que suelen alejar todo pensamiento y razón. Como suele suceder en casos como el descrito, aunque Elijah ya tenía una amplia experiencia en aquella materia, esta era su chica, lo que hacía prácticamente imposible que pudiese ejercer algún control sobre sí mismo, como había quedado demostrado la última vez que la había tenido cerca, de manera que un momento después, la mitad de sus ropas habían desaparecido. Por supuesto aquel era un lugar y momento sumamente inconvenientes ambos, pues estaban en el salón principal y fueron interrumpidos por la llegada de Eowaz y Armel.

  • ¡Demonios! – exclamó el segundo

A pesar de que Armel era uno de los sujetos más ecuánime de la orden, no pudo evitar reaccionar de aquel modo al encontrarse con un espectáculo que ciertamente no esperaba aun cuando todos los que visitaban Averdeen se habían acostumbrado a encontrarse con las más diversas situaciones. Eowaz estaba igualmente sorprendido, y aunque se había controlado un poco mejor, estaba tan paralizado como Armel, algo esto último que habría sido posible que les costase sus equilibradas cabezas, porque si bien quizá otra pareja ni siquiera se habría dado por enterada, el fino oído de Elijah registró con enorme desagrado la exclamación de sorpresa de Armel, y separándose de Aria, clavó su enfurecida mirada en el agresor.

  • ¡Largo de mi casa!

No obstante, de no haber sido por Jorvik y Jarle, quienes estaban más claros que los demás en cómo podía terminar la conversación entre la pareja, y se mantenían atentos, las cosas podrían haberse tornado trágicas para los arzhaelíes, porque Elijah no estaba pensando con mucha coherencia, así que sacaron de escena a los recién llegados. Aquello le dio ocasión a Arianell de recuperar algo de sentido común, aunque le serviría más bien de poco.

  • Eli, creo que…
  • Si no me dejas hablar, a mí me asiste el mismo derecho – le dijo suavizando el tono – Y, a decir verdad, tengo muchos otros, señorita McKenzie

Dicho esto, retomó lo que hacía con la entusiasta participación de Arianell.

Si la primera vez que aquello había ocurrido, Elijah no estaba muy consciente de lo que hacía, o más bien con quién, no era el caso actual, y así como sentía una urgencia que no había sentido nunca antes, había otra variante, y era que en verdad aquel recién descubierto sentimiento era casi doloroso, pero al mismo tiempo lo más maravilloso que hubiese sentido jamás en su vida; de modo que cada beso y cada caricia, iban cargados del mencionado sentimiento. En esta oportunidad Elijah no cayó desplomado como la primera vez, quizá porque en esta oportunidad no estaba siendo víctima de la ira, la confusión y el horror de la vez anterior, de modo que tomó el rostro de Aria entre sus manos y ella se sintió traspasada por las brillantes esmeraldas.

  • Eli no…
  • Sí, ahora sí voy a hablar y tú vas a escucharme – dijo sin soltarla y mientras sus pulgares acariciaban las sonrosadas mejillas – No sé cómo o cuándo sucedió y tú sabes que no quería que sucediera, pero lo cierto es que ahora tienes mi vida en tus manos
  • ¿Y eso es malo por…?
  • No dije que lo fuera y no me estoy justificando, pero crecí viendo e interpretando la forma de amar de mi raza como algo perjudicial para nosotros y trágico para las criaturas que se hacían acreedoras de nuestro amor, así que la última cosa que habría podido querer era pasar por ello
  • ¿Y ahora…? – comenzó Aria, aunque no pudo continuar, pues Elijah rozó sus labios con los suyos
  • Aunque pude comprobar lo doloroso que puede ser, pues creí haberte perdido, acabo de comprobar también lo afortunado que soy, porque no fue así y jamás me he sentido tan feliz en toda mi vida, y si aún tienes alguna duda, te juro que te amo y no podría vivir sin ti, mi loquita, y que haré cualquier cosa no solo para mantenerte a mi lado, sino para hacerte la criatura más feliz del universo cada día de nuestras vidas.




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