Arzhvael (libro 11. La ira de los Dioses)

Cap. 41 De la misma sangre

 

En la habitación de Ioan, Levka invertía sus conocimientos en restablecer la salud de su soberano.

  • ¿No se supone que a un vampiro no le suceden estas cosas? – preguntó Nat
  • Los vampiros no enfermamos como lo hace un arzhvael, pero somos seres vivos con un organismo que ciertamente puede sufrir trastornos, mínimos, pero trastornos al fin. Sabes, por ejemplo, lo que nos produce el espino – le dijo y el chico asintió – Y la sangre, así como es nuestra fortaleza, también es nuestra debilidad, porque, así como nos es necesaria para vivir, también es la responsable de nuestros males, porque puede desde ocasionarnos lo que estás viendo, hasta matarnos, dependiendo de qué sangre se trate

Nathaniel entendió el punto y de hecho recordó lo que le habían contado de cómo había estado Iván en oportunidad del secuestro, de modo que esperaba que la impresión que había sufrido Ioan al ver a Eve, no le reportase los mismos daños que a Iván, pues ciertamente Ioan no tenía un padre que hiciese por él, lo que él había hecho por Iván.

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Como en toda organización grande o pequeña, ordenada o decididamente anárquica como era la de los vampiros, no solo existía la natural filtración de noticias, sino que había individuos que vivían de vender información, de modo que unos minutos después de los hechos, ya Sindre lo sabía al igual que Egor.

  • ¿Cómo has dicho? – preguntó al vampiro que había llevado la noticia – ¿Evarig? – dijo en tono pensativo
  • Pero eso es…
  • Por supuesto no es ella, Egor
  • Iertare en dasiré [1] - dijo el individuo – pero yo la vi
  • Ya sabíamos que eras estúpido, pero acabas de demostrarlo, Yipso

El tal Yipso miró a Sindre con odio. Aunque no era que los lazos afectivos fueran una moneda de uso común en aquella sociedad, en realidad nadie habría podido querer a aquella mujer y eso incluía a sus propios hijos, de modo que Sindre no prestaba atención a algo que en principio no le interesaba. A diferencia de Ruslam, que hacía sus deberes y si era necesario podía esforzarse en ser amable con aquellos que le servían, a quienes utilizaba, o que podían reportarle algún beneficio, Sindre trataba mal a todo el mundo y los servicios de cualquiera le costaban diez veces más que a Ruslam.

Yipso era y había sido siempre un mercenario al servicio de quien pagase mejor, situación que no cambió con su transformación, de manera que luego de superado el difícil período  de adaptación a su nueva condición, le llevó muy poco tiempo notar que aquellas criaturas no diferían en mucho de los que habían sido sus congéneres y estaban tan dispuestos como los anteriores, a pagar por saber cualquier cosa que les interesase y que no pudiesen averiguar por sus propios medios, lo que variaba en este caso era la peligrosidad. Sin embargo, por lo antes expuesto y siendo que la información tenía el mismo valor para cualquier raza, él pudo continuar haciendo lo que sabía hacer mejor.

Siendo que él no era un vampiro puro, tuvo que aprender a controlar su mal carácter para soportar las burlas de los que sí lo eran con relación a su escaso tamaño, pero una vez controlado eso, comenzó a hacer encargos para quienes eran muy antiguos o fuertes, pero que no poseían ningún talento para recabar información importante. No obstante, aunque Sindre pagaba groseramente bien, era francamente insoportable tanto si se estaba en posesión de sentimientos como si no, así que, como ya había llevado su informe, estaba por marcharse cuando Sindre lo detuvo.

  • ¿Qué hicieron con ella?
  • Nada, solo fue conducida a una habitación por órdenes del príncipe Nathaniel

Yipso dijo aquello con el único fin de fastidiarla, pues, aunque a él le importaba poco, a los vampiros de la secta de Sindre parecía enfermarlos y no aceptaban de ninguna manera que se calificase a Nathaniel como príncipe de su raza.

  • ¡Fuera de mi vista, basura! – exclamó la vampiresa

Yipso se marchó con una sonrisa en los labios y pensando que cualquier cosa valía la pena por causarle aquel nivel de ira a aquella perra desgraciada.

Sindre por su parte, y de haber sido posible, en verdad habría muerto intoxicada con su propio veneno.

  • Como no era suficiente con un príncipe, ahora tendremos dos
  • Cuando salga de aquí, voy a cortarte la lengua, Vladik
  • Madre, puede no gustarnos, pero eso no impedirá que Ioan haga lo que se le pegue la gana con su colección de bastardos
  • Una chica puede conducir a una corona – escucharon la voz de Virt

Posiblemente si Sindre no hubiese estado tan furiosa habría llegado a la misma conclusión, pero, aunque lo hubiese hecho, pronto recordaría dos cosas importantes. La primera, que ya lo había intentado por ese camino y no había resultado, y la segunda, que Vladik no era Varinka y nadie podía obligarlo a nada, de modo que ya podía ella matarlo, y muerto no le servía de nada. Pero otra preocupación se formaría con rapidez, pues notó que Virt con seguridad no se estaba refiriendo a Vladik, sino a él mismo.




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