As De Corazones

PROLOGO

TRES AÑOS ANTES...

El olor a gasolina y a victoria era el perfume más dulce que Jungkook conocía. Se mezclaba con el sudor y el cuero de su asiento, con el rugido ensordecedor del motor que aún vibraba en sus huesos. Acababa de dejar atrás la línea de meta, una bocanada de humo y un destello de luces de neón que se reflejaban en el asfalto mojado. Su Lamborghini, una bestia negra como la noche, se deslizaba hasta detenerse en el punto de encuentro, rodeado por un mar de gente que gritaba su nombre.

"¡Jeon Jungkook! ¡El más rápido!"

Las luces de los teléfonos móviles parpadeaban como estrellas caídas. Pero él no les prestaba atención. Su mirada, fría y de acero, se posó en el coche que acababa de humillar, un Bugatti Veyron que ahora parecía un juguete roto. Sacudiendo la cabeza con una sonrisa burlona, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo, la brasa iluminando sus rasgos perfectos y juveniles, una máscara de hielo que ocultaba un fuego voraz.

A su alrededor, el caos era controlado. Su hermano mayor, Jin, el líder del grupo, se encargaba de la logística, de asegurarse de que los pagos se hicieran en silencio y que ningún policía curioso se acercara demasiado. A su lado, Namjoon, el cerebro, revisaba una tableta, sus ojos profundos escudriñando las apuestas y los movimientos de los rivales, calculando siempre el siguiente paso.

Yoongi, el estratega, estaba recostado contra el capó de su propio coche, un Mercedes-AMG GT de un gris plateado que parecía una bala, con los brazos cruzados y una sonrisa cínica en el rostro. Su mirada, siempre calculadora, seguía el rastro de los fajos de billetes que cambiaban de manos.

Hoseok, el más alegre y sociable de los siete, se movía entre la multitud como un pez en el agua, repartiendo palmadas en la espalda y sonrisas deslumbrantes que no llegaban a sus ojos. Era su mejor cara, la que usaba para que el mundo subestimara al lobo que llevaba dentro.

Jimin, en un rincón más oscuro, observaba todo con una intensidad felina. Su cuerpo de bailarín, esculpido para el movimiento, era una promesa de violencia contenida. Jugueteaba con un mechero de plata, encendiéndolo y apagándolo al ritmo de su propia respiración.

Y Taehyung, el más impredecible de todos, se paseaba por el borde del caos, con su andar pausado y su mirada que parecía ver más allá de lo tangible. Llevaba un abrigo largo que se movía con el viento, y en su mano, una copa de whisky que nunca bebía. Solo observaba, como un espectador en el teatro de su propia creación.

Eran siete. Siete almas atadas por la sangre, no de la familia que los había visto nacer, sino de la que ellos mismos habían forjado en el fuego de las calles. Eran dueños de EL ÚLTIMO AS, el club que se alzaba majestuoso a solo unas manzanas de ahí, su fachada de cristal y acero un monumento a su poder. Debajo, en el sótano, no se jugaba a las cartas por diversión. Se jugaba por imperios, por favores de por vida, por información que valía más que el oro.

Y en las noches como aquella, cuando el asfalto se convertía en su arena y el rugido de los motores en su música, eran invencibles. Campeones invictos. Los dioses del inframundo de Seúl.

Jungkook dio una larga calada a su cigarrillo y arrojó la colilla al suelo, aplastándola con la suela de su bota. Se ajustó la chaqueta de cuero y se preparó para salir del coche y recibir la adoración de la multitud. Era su momento, su recompensa por la velocidad y la sangre fría.

Pero al levantar la vista, por un instante, el bullicio se desvaneció. Entre el mar de rostros anónimos y luces de neón, una figura destacó. Una mujer, con el cabello largo y oscuro ondeando como una bandera de guerra, con la espalda recta y una mirada que atravesaba la distancia y parecía posarse directamente sobre él. No sonreía. No gritaba. Solo miraba, con una intensidad que le provocó un escalofrío que no sabía si era de advertencia... o de deseo.

Era solo una sombra, un espejismo que se perdió entre la multitud tan rápido como había aparecido. Jungkook parpadeó, y la visión se desvaneció.

Sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo. Estaba cansado, eso era todo.

Pero mientras bajaba del coche y el rugido de la multitud lo envolvía, no pudo sacudirse la sensación de que, en aquella mirada, había visto el presagio de una tormenta. Una que cambiaría sus vidas para siempre.

TRES AÑOS DESPUÉS...

La noche en que Mina cruzó la puerta del club EL ÚLTIMO AS, el destino, el juego y la lujuria se sentaron a la misma mesa. Y todo lo que los siete reyes habían construido, todos sus secretos y todas sus victorias, se tambalearon al borde del abismo.



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Editado: 31.08.2026

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