JIN
El silencio en la nave industrial era tan absoluto que Jin podía escuchar el latido de su propio corazón. Y eso era algo que odiaba. El silencio era el preludio del caos, el respiro antes del golpe, y él había sobrevivido demasiado tiempo como para subestimar su poder.
Frente a él, la mujer de la mirada de acero se mantenía erguida, sin inmutarse ante la presencia de cinco de los hombres más peligrosos de Seúl. Eso, por sí solo, era preocupante. La gente normal temblaba cuando se enfrentaba a los siete jinetes del inframundo. Los que no temblaban eran los que sabían algo que los otros ignoraban.
— ¿Taehyung? — repitió Jin, su voz un filo de acero envuelto en terciopelo.
— ¿Dónde está? —
Mina inclinó la cabeza, una sonrisa enigmática curvando sus labios.
— Hace unos minutos, mientras ustedes seguían el rastro de Jungkook, Taehyung decidió tomar un camino diferente. Uno que lo llevó a un lugar muy interesante. Un almacén en el puerto de Incheon. Un lugar que ninguno de ustedes conocía, pero que ha estado operando bajo sus narices durante meses —
— ¿Qué clase de lugar? — preguntó Namjoon, dando un paso adelante. Su mano se movió instintivamente hacia la tableta que siempre llevaba consigo, como si buscara datos que aún no poseía.
— Un almacén de armas — dijo Mina, su voz cayendo como una bomba en el centro de la mesa.
— Armamento pesado. Explosivos. Munición de alto calibre. Todo destinado a un solo objetivo: Ustedes —
El aire se volvió irrespirable. Yoongi, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un paso al frente con la lentitud de un depredador que ha olfateado a su presa.
— ¿Cómo sabes eso? — preguntó, su voz apenas un susurro que cortaba el silencio más que un grito.
— Porque yo estaba ahí cuando Taehyung llegó — respondió Mina, sosteniendo la mirada del más letal de los siete.
— Lo vi todo. Los contenedores sellados con el logo de una empresa fantasma. Los registros de envíos que se remontan a dos años. Las órdenes de compra firmadas por alguien que ustedes consideran de confianza —
— ¿Quién? — preguntó Jungkook, su voz un gruñido apenas contenido.
Mina los miró a todos, sus ojos acero barriendo cada rostro antes de detenerse en Jin.
— Eso es lo que Taehyung está descubriendo ahora mismo. Mientras estamos aquí, él está desenmascarando al topo. Y cuando regrese, traerá la verdad con él —
Jin sintió que su mandíbula se tensaba. La situación se escapaba de su control, y eso era inaceptable. Durante años, había dirigido a los siete con mano de hierro, anticipando cada movimiento de sus enemigos, cada amenaza que surgía en el horizonte. Pero esto... esto había estado creciendo bajo sus narices sin que él lo viera.
Y eso lo enfurecía.
— ¿Quién eres realmente? — preguntó Jin, dando un paso adelante y colocándose frente a Mina. Su altura y su presencia llenaban el espacio, un muro de autoridad que pocos se atrevían a desafiar.
— No me digas que eres una simple informante. Las informantes no usan ases de corazones como tarjetas de presentación. No citan a mis hombres en almacenes abandonados. No tienen acceso a información que ni siquiera yo poseo —
Mina sostuvo su mirada sin titubear. Y por un momento, Jin vio algo en sus ojos que lo desconcertó: No era miedo, no era desafío. Era algo más profundo, algo que resonó en el interior de su propio pecho como un eco olvidado.
— Soy la hija del hombre al que asesinaron hace dos años — dijo Mina, su voz clara y firme.
— El hombre que fundó el primer club de póquer clandestino de Seúl. El hombre que ustedes conocían como "El Rey de los Ases" —
El nombre cayó como un golpe en el estómago de todos los presentes. Jin sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El Rey de los Ases. Un nombre que no habían escuchado en años, pero que ninguno de ellos había olvidado.
— Eso es imposible — dijo Namjoon, su voz titubeando por primera vez.
— El Rey de los Ases no tenía familia. Eso lo sabíamos todos. Era un hombre solitario, sin ataduras, sin herederos. Por eso cuando murió, su imperio se desmoronó —
— Eso es lo que él quería que todos creyeran — respondió Mina, su voz cargada de una emoción que apenas contenía.
— Mi padre sabía que el mundo en el que vivía era demasiado peligroso para exponer a su familia. Así que nos escondió. Me envió al extranjero, me cambió el nombre, borró todos los registros de mi existencia. Durante años, estuve en el exilio, esperando el día en que pudiera regresar —
— ¿Y por qué regresaste ahora? — preguntó Yoongi, su voz un cuchillo afilado.
Mina lo miró, y en sus ojos brilló algo que no era vulnerabilidad, sino ira contenida.
— Porque él no murió por causas naturales. Fue asesinado. Y los mismos hombres que lo mataron ahora están detrás de ustedes —
El silencio que siguió fue ensordecedor. Jin procesó la información en milésimas de segundo, su mente calculadora trazando conexiones, buscando patrones. Si lo que ella decía era cierto, entonces todo lo que habían construido estaba en peligro. Y lo peor era que no sabía si podía confiar en ella.
Editado: 20.09.2026