As De Corazones

CAPITULO 5

HOSEOK

El sol se alzaba sobre Seúl cuando Hoseok finalmente salió del club. La luz del amanecer pintaba el cielo de tonos rosados y dorados, un espectáculo de belleza que contrastaba brutalmente con la oscuridad que habitaba en su interior. Llevaba horas sin dormir, su mente girando en un torbellino de preguntas sin respuesta, y sabía que no podría descansar hasta encontrar algunas de ellas.

Había dejado a sus hermanos en la sala de juntas, discutiendo estrategias, analizando la información que Mina había proporcionado. Pero él necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba alejarse de la mirada de acero de esa mujer que había llegado para desestabilizar todo lo que conocían.

El distrito de Gangnam amanecía con su ritmo frenético de siempre. Los coches de lujo comenzaban a circular, los cafés abrían sus puertas, y los primeros ejecutivos con trajes impecables caminaban hacia sus oficinas con el rostro tenso de quienes viven bajo presión constante. Hoseok se mezclaba entre ellos con la facilidad de un camaleón, su sonrisa deslumbrante ocultando el lobo que llevaba dentro.

Pero esa mañana, la sonrisa no llegaba a sus ojos.

— Hoseok —

La voz lo detuvo en seco. Se giró lentamente, y ahí, apoyada contra la pared de un café con una taza humeante en la mano, estaba Mina. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta blanca, y unos jeans ajustados que acentuaban la curva de sus caderas. A la luz del día, sin las sombras del club para ocultarla, era aún más imponente.

— ¿Me seguiste? — preguntó Hoseok, su voz perdiendo toda su calidez habitual.

— Te observé — corrigió ella, dando un paso adelante.

— Hay una diferencia—

— No para mí —

Mina sonrió, esa sonrisa enigmática que parecía saber más de lo que decía.

— ¿Siempre eres tan desconfiado, Hoseok? ¿O es solo conmigo? —

— Con todos — respondió él, acercándose.

— Pero especialmente con la gente que aparece de la nada con historias que suenan demasiado perfectas —

— ¿Crees que mi historia es perfecta? —

— Creo que es demasiado conveniente — dijo Hoseok, sus ojos fijos en los de ella.

— Apareces justo cuando el imperio que construimos comienza a tambalearse. Tienes información que nadie más tiene. Y tienes a Jungkook comiendo de tu mano como un cachorro hambriento. Eso no es coincidencia. Eso es estrategia —

Mina lo miró durante un largo momento, sus ojos de acero escudriñando su rostro como si buscara algo oculto bajo la superficie.

— Tienes razón — dijo finalmente.

— No es coincidencia. He estado esperando el momento adecuado para acercarme a ustedes. Pero no por las razones que crees —

— Entonces explícamelo —

— Mi padre me enseñó que el mundo está gobernado por dos fuerzas — dijo Mina, su voz haciéndose más suave.

— El miedo y la lealtad. El miedo mantiene a la gente en línea, pero la lealtad es lo que construye imperios. Ustedes tienen miedo, Hoseok. Todos ustedes. Y el miedo está empezando a pudrir su imperio desde dentro —

Hoseok sintió un escalofrío recorrer su espalda. Ella había dado en el clavo, en el centro exacto de la herida que todos ellos llevaban dentro.

— ¿Y tú qué ofreces? — preguntó, su voz apenas un susurro.

— Lealtad — respondió Mina.

— Pero no a su imperio. A ustedes. A los siete hombres que han luchado y sangrado para llegar a donde están. Y si quieren sobrevivir a lo que viene, necesitarán algo más que miedo —

El silencio se extendió entre ellos, pesado y eléctrico. Hoseok sintió que el mundo se reducía a la mujer que tenía frente a él, a la intensidad de su mirada y a la verdad que parecía emanar de cada una de sus palabras.

— ¿Por qué debería confiar en ti? — preguntó finalmente.

— Porque no tengo nada que ganar mintiéndote — respondió Mina.

— Y todo que perder si lo hago —

Hoseok la observó durante un largo minuto, su mente analizando cada detalle, cada gesto. Y luego, sin saber muy bien por qué, tomó una decisión.

— Está bien — dijo.

— Te daré el beneficio de la duda. Pero te estaré vigilando —

— Eso espero — respondió Mina, una sonrisa curvando sus labios.

— Sería aburrido si no lo hicieras —

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JIMIN

El gimnasio privado del club olía a sudor y a acero. Jimin se movía entre las sombras con la gracia de un felino, su cuerpo esculpido por años de entrenamiento como bailarín y como luchador. Cada golpe que asestaba al saco de boxeo era una liberación, una forma de canalizar la tensión que llevaba acumulando desde la noche anterior.

Pero esa mañana, ni los golpes más violentos lograban calmar su mente.

— ¿Siempre golpeas así cuando estás confundido? — preguntó una voz desde la entrada.



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Editado: 20.09.2026

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