Draco Petrov:
Moscú en invierno no perdona a los débiles, y yo no tengo tiempo para la debilidad.
El frío calaba hasta los huesos, pero el abrigo de piel sobre mis hombros hacía su trabajo mientras caminaba a paso firme por los senderos pavimentados del parque Sokolniki. Acabábamos de salir de una reunión insoportablemente larga con unos malditos proveedores del mercado negro que pretendían subir sus tarifas de distribución en la zona norte. Una pérdida de tiempo. Mi hermano Derek, el Pakhan de la Bratva, me había encargado cerrar el trato, y aunque lo conseguí bajo nuestros propios términos, mi paciencia se había agotado hacía horas.
A mi lado, Nikolay, mi mejor amigo y mano derecha en las negociaciones, fumaba un cigarrillo, soltando el humo gris que se mezclaba con el vaho de la tarde.
—Deberías relajarte, Draco —dijo Nikolay, acomodándose el cuello del saco—. Tienes esa maldita cara de querer asesinar a alguien. Más de lo normal.
—No me gusta perder el tiempo, Nikolay. Esa escoria intentó jugar con nosotros. Si Derek no me hubiera pedido diplomacia, ya le habría ordenado a Dorian que se encargara de sacarles la información de sus rutas de la manera difícil.
Me acomodé el guante de cuero, sintiendo la tensión en mis hombros. Automáticamente, pasé los dedos cerca de mi ojo izquierdo. La cicatriz que lo cruzaba de arriba abajo seguía siendo un recordatorio constante de que en nuestro mundo un milímetro de error te cuesta la vida. La herida había aclarado la pigmentación de mi iris, dejando ese ojo de un azul casi translúcido, fantasmal, en comparación con el azul oscuro del derecho. A la gente le incomodaba mirarme de frente; a mí me importaba una mierda.
De pronto, un estallido de risas y aplausos rompió la monotonía del parque. Fruncí el ceño. Más adelante, una multitud considerable se agolpaba en un círculo perfecto en medio de la plaza helada.
—¿Qué demonios es eso? —gruñí, deteniendo el paso—. Bloquean el camino hacia los autos.
Nikolay se estiró un poco para mirar por encima de las cabezas de los civiles.
—Parece un espectáculo callejero. Vamos, Draco, no nos cuesta nada rodearlos.
—No rodeo a nadie en mi propia ciudad. Muévete.
Caminé con paso pesado, apartando a un par de hombres que, al darse cuenta de mi porte y de la mirada de mi ojo cicatrizado, retrocedieron de inmediato murmurando disculpas. Me abrí paso hasta la primera fila de la multitud, listo para dispersar el alboroto, pero las palabras se me atoraron en la garganta.
En el centro de la plaza, desafiando el frío invernal de Rusia, había una mujer.
No era una mujer común, al menos no para estos lados. Su piel era de un tono moreno cálido que evocaba tierras lejanas, y una cascada de rizos castaños caía con rebeldía alrededor de su rostro. Tenía unas curvas abundantes que habrían hecho perder la cabeza a cualquier hombre, pero lo que realmente hipnotizaba era su energía. Sus ojos, de un verde brillante y astuto, chispeaban con pura diversión.
—¡Señoras y señores! —anunció ella en un ruso con un acento extranjero, arrastrado y melodioso que supe identificar al instante: caribeño—. ¡Sé que el frío de Moscú les congela hasta las pestañas, pero juro por mi abuela que lo que tengo aquí dentro está más caliente que el mismísimo infierno!
Sostenía una pequeña caja de madera negra entre sus manos. La multitud rió ante su comentario. Un humor ligero, magnético.
—Mira eso... —susurró Nikolay a mi lado, visiblemente interesado—. Es Elisa Cleaver. La ilusionista de la que todo el mundo habla. Es cubana, pero vive en Los Ángeles. Se volvió famosa a nivel mundial desde los cinco años. Gana premios, llena teatros... y a veces le da por aparecer de la nada en parques públicos para hacer estas locuras.
No respondí. Me quedé inmóvil, observándola con mi ojo claro fijo en cada uno de sus movimientos corporales. Buscaba el truco, la falla. Detestaba el engaño.
—Necesito un voluntario —dijo ella, paseando su mirada verde por la multitud—. Alguien que tenga cara de que la vida le debe dinero. Alguien... como usted, el señor gigante del abrigo caro.
Se detuvo justo frente a mí. Me estaba apuntando con una varita mágica de punta dorada, sosteniéndome la mirada sin un solo rizo de temor.
—¿Yo? —mi voz sonó como un trueno de advertencia. Nikolay soltó una risita ahogada.
—Sí, usted, Terminator —respondió ella con una sonrisa impertinente, haciéndome reír a la mitad de los presentes—. Dígame, ¿guarda algún secreto debajo de ese abrigo? ¿O solo una billetera gorda?
—Estás perdiendo el tiempo, niña —le dije en tono frío—. Y a mí no me gusta perderlo.
—El tiempo no se pierde, señor, se transforma —replicó con un guiño rápido.
Con una agilidad teatral, Elisa Cleaver deslizó sus dedos sobre la caja de madera. Mostró que estaba completamente vacía. Luego, sopló sobre ella, pronunciando unas palabras en español que no alcancé a descifrar por el eco de la plaza. Al dar un giro rápido sobre sus talones, la caja comenzó a arder en llamas controladas. La gente exclamó asombrada.
Ella clavó sus ojos verdes en los míos y, con una sonrisa de absoluta confianza, metió la mano directamente en el fuego.
Cuando la sacó, las llamas se apagaron de golpe, dejando en su mano una rosa roja, perfecta, fresca y con el tallo libre de espinas, cuyo aroma dulce cortó instantáneamente el olor a pólvora de los fuegos artificiales y el humo de tabaco del ambiente.
La multitud estalló en aplausos y vitoreos. Elisa hizo una reverencia teatral, pero no apartó sus ojos de mí. Se acercó un paso, extendiendo la mano para ofrecerme la flor.
—Un toque de color para su gris existencia, señor amargado —dijo en voz baja, lo suficiente para que solo yo la escuchara, manteniendo esa sonrisa humorística que parecía burlarse de mi rigidez.