As de Espadas

Capítulo 1

Elisa Cleaver:

El frío de Moscú se sentía como mil pequeñas agujas perforando mis mejillas, pero si algo me habían enseñado mis quince años de carrera artística, era que el escenario no entiende de climas. Salí del hotel vistiendo un abrigo pesado que ocultaba mis curvas y mi vestuario de show, con mi cabello rizo castaño intentando escapar de un gorro de lana. Caminé por las calles nevadas hasta adentrarme en el parque Sokolniki, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Desde que era una niña de cinco años en Cuba, rodeada de carencias pero con la cabeza llena de sueños, descubrí que la magia no es más que atención dirigida. Cuando nos mudamos a Los Ángeles a mis catorce años, el mundo se expandió, y ahora, a mis veinte, el mundo entero era mi maldito tablero de juego. Me encantaba aparecer así, de la nada, en parques públicos de diferentes países. Sin avisar. Solo yo, mi astucia, mis chistes y un público que no sabía lo que le esperaba.

​Me despojé del abrigo grande, quedándome con un saco entallado que resaltaba mi figura y me planté en medio de la plaza helada. Con una enorme sonrisa, alcé los brazos.

​—¡Señoras y señores! ¡Sé que el frío de Moscú les congela hasta las pestañas, pero juro por mi abuela que lo que tengo aquí dentro está más caliente que el mismísimo infierno!

​La multitud no tardó en formarse. El carisma cubano y mi ruso arrastrado hicieron su magia de inmediato. Tras el truco de la caja de fuego y de regalarle la rosa roja a un hombre gigante, imponente y con una cicatriz en el ojo izquierdo que emanaba un peligro puro, decidí que era hora de subir la apuesta.

​Metí la mano en el bolsillo de mi saco y saqué una baraja de cartas.

​—Para mi próximo acto, necesito que presten mucha atención —dije, haciendo un abanico perfecto con los naipes mientras mis ojos verdes paseaban por el público—. El ilusionismo es como el amor: si parpadeas, te lo pierdes. Esta baraja tiene una carta muy especial. Una de mis favoritas. Y hoy, la suerte ha decidido que pertenecerá a uno de ustedes.

​Comencé a barajar con una velocidad cegadora, ejecutando cortes falsos y florituras que hacían que las cartas parecieran cobrar vida propia entre mis dedos. El público miraba hipnotizado.

​—A la cuenta de tres, mi amada carta viajará por el aire helado de Rusia directo al bolsillo del elegido. Una, dos... ¡tres!

​Lancé las cartas hacia arriba con un movimiento seco de muñeca. En lugar de caer, los naipes parecieron disolverse en el aire, desapareciendo por completo ante los ojos atónitos de la gente. Hubo un silencio de asombro colectivos.

​—¡Revisen sus bolsillos, mi gente! ¡El que tenga la carta será el bendecido con mi baraja de la suerte! —exclamé risueña, divirtiéndome con el alboroto mientras todos empezaban a hurgar en sus abrigos.

​A unos metros, el hombre de la cicatriz, el "Terminator amargado" al que le había dado la rosa, permanecía inmóvil, observándome con una fijeza que casi me hace perder la compostura. Vi cómo, con una lentitud calculada, metía la mano enguantada en el bolsillo de su costoso abrigo de piel. Sus cejas oscuras se juntaron.

​Cuando sacó la mano, sostenía un naipe. Lo giró hacia el frente. Era el As de Espadas.

​Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos azules —uno notablemente más claro que el otro debido a la cicatriz— se entrecerraron, fijos en mí con una intensidad que me recorrió la espina dorsal. No parecía impresionado; parecía que estaba tratando de descifrar cómo demonios lo había hecho.

​—Vaya, parece que el destino tiene un sentido del humor bastante peculiar —le dije desde la distancia, sosteniéndole la mirada con una sonrisa pícara—. Consérvela, señor amargado. La va a necesitar.

​El público aplaudió, pero yo ya estaba preparando el gran final. Me agaché rápidamente, tomé un puñado de nieve fresca del suelo y la lancé hacia el cielo con fuerza.

​—¡Y para despedirme, un último regalo!

​Alcancé el punto máximo del lanzamiento y di un fuerte aplauso. En ese instante, la nieve suspendida en el aire se derritió visualmente, convirtiéndose en densas gotas de agua relucientes. Pero lo sorprendente vino después: las gotas de agua se detuvieron por completo en el aire, flotando alrededor de nosotros como un instante congelado en el tiempo. La multitud soltó una exclamación de puro impacto.

​—Lamentablemente, el deber me llama y una artista internacional no puede hacer esperar a su mánager —dije, dando un paso hacia atrás mientras el público miraba las gotas flotantes—. ¡Gracias, Moscú! ¡Sean felices y no dejen que nadie les robe la magia!

​En el segundo exacto en que terminé la frase, mi teléfono celular vibró con insistencia en mi bolsillo con un tono de llamada específico. Era Rox. Di una palmada final. El hechizo se rompió: las gotas de agua cayeron de golpe contra el suelo y, aprovechando la distracción masiva del agua golpeando la nieve, activé el resorte de mi calzado, cayendo hacia atrás detrás del grueso pilar de piedra de la entrada del parque y mezclándome instantáneamente con la bruma antes de que nadie pudiera notar hacia dónde había corrido.

​Ya a salvo, caminando a paso apresurado de regreso a mi hotel por una calle lateral desierta, saqué el teléfono y contesté la llamada.

​—¡Rox! Justo a tiempo, mi hermana —dije, tratando de recuperar el aliento mientras me subía el cuello del abrigo.

​—¡Elisa! ¿Dónde demonios estás? —la voz de Rox, mi mejor amiga y también una de las ilusionistas más famosas de la industria, resonó al otro lado de la línea con su habitual tono enérgico—. Llevo diez minutos intentando comunicarme. Dime que no estás metida en problemas en mitad de Rusia.

​—Solo estaba dándole un poco de sabor caribeño a este refrigerador gigante —me reí, doblando la esquina—. Acabo de terminar un show relámpago en el parque. Deberías haber visto la cara de la gente. Especialmente la de un ruso gigante que parecía sacado de una película de gángsters.



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En el texto hay: 20 capitulos

Editado: 29.05.2026

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