As de Espadas

Capítulo 2

Draco Petrov:

El As de Espadas se sentía extrañamente pesado entre mis dedos.

​Estaba sentado detrás del imponente escritorio de caoba de mi oficina privada, en el piso superior del club nocturno que la Bratva utilizaba como fachada en el centro de Moscú. Las luces estaban bajas, y el humo de mi cigarrillo flotaba perezosamente hacia el techo. Frente a mí, la rosa roja que esa maldita ilusionista me había entregado descansaba dentro de un vaso con agua. Su color resaltaba de forma insultante contra la sobriedad oscura de la habitación.

​Hacía dos horas que había regresado del parque Sokolniki, y todavía no procesaba el hecho de que una mocosa de veinte años me hubiera tomado por estúpido en mi propia cara.

​—Es una obra de arte, hermano —dijo Dorian, mi hermano menor, rompiendo el silencio desde el sofá de cuero. Estaba limpiando distraídamente una navaja táctica, con esa sonrisa fría y desquiciada que ponía antes de un interrogatorio—. Nikolay me contó lo que pasó. Que una mujer te metió la mano en el bolsillo sin que te dieras cuenta... Eso es casi un milagro. O una total humillación para alguien que se supone que detecta una amenaza a un kilómetro de distancia.

​Le clavé la mirada fija de mi ojo izquierdo, el más claro. Dorian ni parpadeó. A sus treinta años, su trabajo en la organización consistía en sacarle información a los traidores, por lo que estaba más que acostumbrado a la oscuridad y a las miradas gélidas.

​—No fue un milagro, Dorian —respondí, mi voz rasgando el aire con un tono rudo y pausado—. Fue un maldito juego de manos. Una distracción. Aprovechó el momento en que encendió el fuego en esa caja para deslizar el naipe en mi abrigo.

​—Aun así, Draco —intervino una voz profunda y rasposa desde la entrada.

​Derek, nuestro hermano mayor y el Pakhan de la mafia rusa, entró a la oficina. Con treinta y seis años, su sola presencia imponía un respeto absoluto. Se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la puerta, observando la carta y la rosa sobre mi escritorio.

​—Nadie se acerca tanto a un Petrov sin pagar un precio —continuó Derek, entornando los ojos—. Esa mujer, Elisa Cleaver, no es una civil cualquiera. Nikolay me dio su informe. Es una ilusionista famosa a nivel mundial, cubana de nacimiento pero residente en Los Ángeles. Se la pasa viajando y haciendo estos espectáculos sorpresa en lugares públicos. Pero Moscú no es Los Ángeles. Aquí, la gente que aparece de la nada suele trabajar para alguien.

​—No trabaja para nadie, Derek —dije, apagando el cigarrillo en el cenicero de cristal—. La observé con atención. No había malicia en sus movimientos, solo una insoportable arrogancia y ganas de llamar la atención. Es una artista que busca aplausos, no una espía.

​—¿Y vas a dejarlo así? —Dorian alzó una ceja, guardando su navaja con un clic seco—. ¿Vas a dejar que una niña morena de rizos bonitos se burle de ti en público y se marche como si nada?

​Me levanté de la silla de golpe, acomodándome el saco. Mis músculos se tensaron bajo la tela. Sentir que había perdido el control de la situación, aunque fuera por un maldito segundo en un truco de magia, me revolvía el estómago. A mí no me gustaba perder el tiempo, y mucho menos me gustaba perder el control.

​—No —respondí con frialdad—. Mañana tengo que cerrar la negociación de las rutas del este con los chechenos. Eso es lo primero. Pero en cuanto termine... voy a averiguar en qué hotel se hospeda esa ilusionista.

​Caminé hacia el ventanal que daba a las calles iluminadas de Moscú. Saqué el As de Espadas de mi bolsillo una vez más, contemplando el diseño detallado del naipe. En el mundo de las apuestas y de la mafia, el As de Espadas representa la muerte, el destino inevitable. Ella me había dicho que la conservara, que la iba a necesitar.

​Una sonrisa carente de calidez se dibujó en mi rostro. Elisa Cleaver creía que el tiempo se transformaba y que la magia lo controlaba todo. Pero estaba a punto de aprender que en las calles de Rusia, las únicas reglas que se respetaban eran las de la Bratva.

​—Si le gusta tanto jugar con fuego —susurré para mí mismo, mirando mi reflejo en el vidrio—, voy a asegurarme de que se queme de verdad.

Dorian soltó una carcajada ronca, dejando la navaja sobre la mesa ratona.

​—Me gusta cómo suena eso. Avísame si necesitas que mis muchachos vigilen las salidas de los hoteles de cinco estrellas. Una mujer con ese perfil no se hospeda en cualquier hostal de mala muerte.

​—No será necesario —dictaminé, dándole la espalda a la ventana—. No quiero levantar sospechas ni alarmar a su seguridad, si es que la tiene. Nikolay se encargará de rastrear discretamente los registros de entrada con nuestro contacto en el Ministerio de Turismo. Sabremos dónde duerme antes de que termine la noche.

​Derek se despegó del marco de la puerta, con su habitual semblante serio e imperturbable que lo convertía en el Pakhan perfecto. Caminó hacia el escritorio y, sin pedir permiso, tomó la rosa roja entre sus dedos, examinando el tallo limpio.

​—Concéntrate en la reunión de mañana, Draco —sentenció Derek, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Los chechenos están inquietos. Creen que porque el invierno mantiene las calles vacías, nuestra guardia ha bajado. Demuéstrales que la Bratva controla cada rincón de este país. Lo de la chica... maneja la situación como prefieras, pero que no se convierta en una distracción. No tolero cabos sueltos, y mucho menos por una civil que juega a ser Dios en los parques.

​—Está bajo control, Derek. Mañana los chechenos firmarán el acuerdo bajo nuestras condiciones, o Dorian tendrá trabajo extra por la tarde —respondí con una frialdad absoluta.

​Derek asintió levemente, dejó la rosa de vuelta en el vaso de agua y salió de la oficina sin decir una palabra más. Dorian se levantó del sofá, estirando su imponente y musculoso cuerpo, y me dio una palmada en el hombro al pasar a mi lado.



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En el texto hay: 20 capitulos

Editado: 29.05.2026

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