Draco Petrov:
Mi casa era el único lugar en toda Rusia donde esperaba encontrar un maldito segundo de paz. O al menos, esa era la teoría.
Al cruzar el umbral de la residencia Petrov, una enorme mansión de piedra oscura a las afueras de Moscú, colgué mi abrigo en el recibidor y solté un suspiro pesado. La reunión con los chechenos había sido un éxito, pero el posterior "encuentro" con la ilusionista en el Metropol me había dejado con un extraño dolor de cabeza. Todavía sentía el aroma dulce de esa rosa roja rondándome los sentidos.
Un crujido pesado sobre el suelo de mármol me hizo mirar hacia abajo. De la penumbra del pasillo emergió Vulkan, mi mastín tibetano de ochenta kilos. Era una bestia negra y peluda que parecía un león prehistórico. Cualquiera se habría congelado del terror, pero al verme, el perro se sentó rígidamente, esperando.
—Vulkan. Firmes —ordené en voz baja.
El perro enderezó la espalda de inmediato, pegando las orejas a la cabeza con disciplina militar.
—Estatua.
Vulkan dejó de parpadear. Podía quedarse así tres horas si yo se lo pedía. Era el único ser vivo en esta casa que entendía el concepto de obedecer sin cuestionar.
—¡Oh, gracias al cielo que llegó, señor Draco! —un grito agudo rompió mi santuario.
Por el pasillo apareció Anatoly, mi mayordomo de sesenta años. Vestía su impecable frac, pero llevaba el cabello canoso extrañamente alborotado y sostenía un rodillo de cocina como si fuera un arma de defensa personal. Detrás de él, corriendo en círculos, venía Galina, la jefa de cocina, una mujer ucraniana de complexión robusta que llevaba un pavo crudo gigante entre las manos.
—Anatoly, baja eso. ¿Qué demonios está pasando aquí? —gruñí, sintiendo que mi ojo herido palpitaba.
—¡Es la señora Galina, señor! —delató Anatoly, jadeando dramáticamente—. Insiste en que el pavo para la cena de los señores Derek y Dorian debe ser marinado con vodka premium de su reserva personal. ¡El que guardó para la negociación con los italianos! Dice que si no es con ese, la carne quedará "tan dura como el carácter de su jefe". ¡Es un sacrilegio!
—¡El vodka barato es para los débiles, Anatoly! —gritó Galina con su fuerte acento, agitando el pavo—. ¡Los Petrov merecen un ave que haya muerto con dignidad y sabor!
Miré a los dos sirvientes. Estaba a un milímetro de sacar mi arma solo para conseguir silencio.
—Galina —dije, mi voz resonando con una frialdad que hizo que el rodillo de Anatoly temblara—. Usa el vodka de la cocina. Si tocas mi reserva, mañana estarás cocinando para los osos en Siberia.
Galina abrió mucho los ojos, abrazó al pavo contra su pecho como si fuera un bebé y dio un paso atrás.
—Entendido, señor Draco. El pavo llevará vodka comercial. Con su permiso —y se retiró a la cocina a paso de carga.
—Y tú, Anatoly —miré al mayordomo—. Péinate. Pareces un loco de manicomio.
—De inmediato, señor. El estrés de la alta cocina me supera —murmuró, acomodándose el frac con dignidad herida antes de desaparecer.
Solté un gruñido exasperado y caminé hacia la sala principal, donde una gran chimenea ya estaba encendida. Vulkan me siguió a paso lento, manteniéndose exactamente a dos centímetros de mi bota izquierda. Al entrar a la sala, me detuve en seco.
Sentados en mi sofá de piel, con un par de vasos de whisky en las manos, estaban Derek y Dorian. Mi hermano menor se estaba riendo a carcajadas, mientras Derek miraba la pantalla de su teléfono con una ceja alzada.
—Vaya, el hombre de la casa ha regresado de su cita romántica —se burló Dorian, dándole un trago a su vaso—. Nikolay nos llamó. Dice que fuiste al Metropol a confrontar a la maga. ¿Qué pasó, hermano? ¿Te hizo desaparecer la billetera o te convirtió en sapo?
—Dorian, cierra la boca si no quieres que te rompa la mandíbula —respondí, sentándome en el sillón individual. Vulkan se echó de inmediato a mis pies, convirtiéndose en una alfombra negra—. Fue una visita de control. Quería dejarle claro que en Rusia no se juega con la Bratva.
—Pues parece que a ella no le quedó muy claro —intervino Derek con su habitual tono profundo e imperturbable. Giró la pantalla de su teléfono hacia mí—. Tasha Volkov acaba de enviar el reporte de la gala privada del viernes. ¿Adivina quién exigió que nuestra mesa estuviera en primera fila, justo al lado del escenario?
Miré el documento electrónico. El nombre de Elisa Cleaver resaltaba en los detalles de producción, con una nota explícita de "asiento VIP reservado para el señor Draco Petrov".
Dorian soltó una carcajada tan fuerte que Vulkan gruñó levemente.
—¡Esa mujer tiene unas pelotas más grandes que las tuyas, Draco! —exclamó mi hermano menor, limpiándose una lágrima de la risa—. Te está desafiando en tu propia cara. Sabe quién eres y aun así te pone en primera fila para que veas sus trucos. Hermano, te han tomado la medida.
Sentí una oleada de calor recorrer mi pecho, una mezcla de irritación pura y una extraña y oscura fascinación. La imagen de Elisa, con sus rizos castaños rebeldes, sus curvas abundantes y esa mirada verde llena de impertinencia, volvió a mi mente. Me había llamado "Terminator amargado" en mi cara y ahora me invitaba a su terreno de juego.
—No me ha tomado nada —dije, mi voz bajando un octavo, volviéndose peligrosa—. Quiere un espectáculo. Quiere ver hasta dónde llega mi paciencia.
—¿Y qué vas a hacer, Draco? —preguntó Derek, observándome con sus ojos oscuros, evaluando mi reacción—. Te advertí que no quería distracciones. Los chechenos firmaron hoy, pero la seguridad de la gala del viernes es crucial. Habrá muchos ojos puestos en nosotros.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas. Pasé la mano por el bolsillo de mi saco y saqué el As de Espadas que, por alguna razón, Nikolay había vuelto a meter en mi auto. Lo deslicé entre mis dedos, sintiendo el desafío grabado en el papel.