As de Espadas

Capítulo 5

Elisa Cleaver:

Mantener la compostura sobre unos tacones de aguja de doce centímetros mientras tres mafiosos rusos te miran como si estuvieran planeando tu funeral es, sin duda, el mayor truco de mi carrera.

​Desde el escenario, la vista de la mesa número uno era sencillamente espectacular. En el centro, Derek Petrov emanaba el aura de un emperador de la vieja escuela, imperturbable y letal. A su izquierda, el hermano menor, Dorian, parecía un niño en una tienda de dulces, disfrutando del espectáculo con una sonrisa descarada. Y justo frente a mí, con su ojo azul translúcido brillando bajo el foco que mi querido Dimitri le había plantado encima, estaba Draco. Su rostro malhumorado era un poema de rigidez. No se había movido ni un milímetro.

​"Paciencia, Terminator", pensé, haciendo girar la baraja entre mis dedos. "La noche apenas empieza".

​—Para este truco —anuncié al público, paseándome por el borde del escenario—, necesito que entiendan que el ojo humano es lento, pero la mente es codiciosa. Queremos ver lo que no está ahí.

​Me detuve exactamente frente a la mesa de los Petrov. Con un movimiento fluido, deslicé la baraja y mostré que todas las cartas eran, efectivamente, el As de Espadas. La misma carta que Draco Petrov guardaba en su bolsillo.

​—Señor Petrov, el mediano, por supuesto —le sonreí, bajando un poco el tono de voz para que el micrófono captara el matiz pícaro—. Sé que no cree en los milagros, así que hagamos algo de ciencia. Sostenga esto.

​Le extendí la baraja completa. Draco, tras una breve mirada de reojo a su hermano mayor, levantó su mano enguantada y tomó los naipes. Su agarre fue firme, sus dedos rozando los míos por un breve segundo.

​—No parpadee —le advertí con un guiño.

​Di un paso atrás, aplaudí una sola vez y apunté a su mano con mi bastón.

​—¡Ahora! Abra la mano, señor Petrov.

​Draco abrió la palma. La multitud ahogó un grito de asombro. La baraja de cartas ya no estaba allí. En su lugar, el peso que sostenía se había transformado en un fajo de rublos auténticos atados con una cinta elástica, y justo encima del dinero, brillaba un reloj de pulsera de oro.

​Dorian soltó una carcajada limpia y miró de inmediato la muñeca de su hermano mayor.

​—¡Por los clavos de Cristo, Derek! ¡Te quitó el reloj! —exclamó Dorian, señalando la muñeca desnuda del Pakhan.

​Efectivamente, el reloj de oro que Derek Petrov llevaba puesto hacía dos minutos estaba ahora en la mano de Draco, encima del dinero. Incluso el rostro de piedra de Derek mostró una sutil grieta de desconcierto. Se miró la muñeca y luego me miró a mí, por primera vez con un destello de genuino respeto (o de peligro inminente, con los Petrov nunca se sabe).

​Draco entornó los ojos, analizando el reloj en su mano. ¿Cómo lo había hecho? Sencillo. El fajo de billetes tenía un imán de neodimio de alta potencia oculto; cuando le entregué la baraja, Nikolay se había movido sutilmente a mi señal detrás de Derek para servirle más vodka, creando la distracción perfecta. Con un sutilísimo juego de manos que practico desde los siete años en La Habana, liberé el broche del reloj de Derek mientras fingía tropezar ligeramente con el borde del escenario, y lo deslicé hacia la mano de Draco usando la fuerza de atracción del imán. Psicología pura y manipulación del espacio.

​—Un Petrov nunca pierde sus finanzas, así que se los devuelvo —dije con humor, mientras el público estallaba en aplausos—. Y ahora, el gran final.

​Caminé hacia el centro del escenario, donde Fabián ya había activado la base de presión.

​—Moscú, han sido un público maravilloso. Recuerden: la magia no está en lo que ven, sino en lo que eligen creer. ¡Hasta la próxima!

​Di una voltereta teatral, mi vestido esmeralda brillando con intensidad, y caí de rodillas en el centro. En ese instante exacto, una cortina de fuego frío y humo denso de propano se elevó desde el suelo, ocultándome por completo de la vista de todos. El plan era simple: activar el resorte de la trampilla, bajar al sótano del teatro donde Dante me esperaba con mi abrigo, y desaparecer en la noche rusa.

​Pero la magia tiene un enemigo mortal: la realidad. Y en mi mundo, la fama internacional no solo trae premios y contratos en Las Vegas; también trae una envidia corrosiva. Había demasiados ilusionistas mediocres en el circuito europeo que odiaban que una cubana de veinte años les robara los mejores contratos de la alta sociedad.

​¡BANG!

​El sonido no fue parte de la pirotecnia de Fabián. No hubo chispas doradas, solo el eco seco, ensordecedor y metálico de un arma de fuego de alto calibre rompiendo el aire del teatro.

​Antes de que pudiera activar la trampilla, sentí un impacto brutal en el costado izquierdo de mi abdomen. Fue como si un camión de carga me hubiera golpeado a toda velocidad, seguido instantáneamente por un ardor líquido y abrasador que me robó por completo el aire de los pulmones.

​Mi cuerpo no respondió. Los tacones de aguja cedieron y caí de lado sobre las maderas pulidas del escenario, justo cuando la cortina de humo comenzaba a disiparse.

​—¡Elisa! —el grito de Dante desde el intercomunicador de mi oído sonó lleno de un pánico absoluto.

​Me presioné el estómago con ambas manos. El tejido esmeralda de mi vestido comenzó a teñirse rápidamente de un rojo oscuro, húmedo y espeso. El dolor era insoportable, una ola de calor que me nublaba la vista, pero mi instinto de supervivencia me obligó a mantener los ojos abiertos. A través de la neblina que empezaba a invadir mi mente, alcancé a escuchar el caos que se desataba en el auditorio: gritos de pánico, mesas volcándose y el sonido de varias armas desasegurándose al mismo tiempo.

​Lo último que vi antes de que la oscuridad amenazara con tragarme por completo fue una silueta masiva saltando directamente sobre el escenario, rompiendo la distancia con una velocidad sobrehumana.



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En el texto hay: 20 capitulos

Editado: 29.05.2026

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