As de Espadas

Capítulo 6

Elisa Cleaver:

Lo primero que registré no fue el dolor, sino un olor penetrante a desinfectante industrial que borró de golpe el dulce aroma de la rosa roja de mi show. Intenté estirarme, pero un tirón agudo en el costado izquierdo del abdomen me hizo soltar un quejido que sonó más como el llanto de un cachorrito abandonado que como la voz de una ilusionista internacional.

​Abrí los ojos parpadeando con pesadez, topándome con un techo blanco e impecable.

​—¡Alabado sea el mismísimo San Lázaro! ¡Despertó la reina de la noche! —el grito dramático de Dante rompió el silencio de la habitación.

​Mi mánager se abalanzó sobre el borde de la cama, luciendo un atuendo completamente negro que parecía de luto high-fashion, con unas ojeras que ni el mejor corrector de Beverly Hills podría ocultar. Detrás de él, Fabián sostenía un vaso de plástico con café y me miraba con una mezcla de alivio y ganas de regañarme.

​—Dante... baja la voz, que siento que me atropelló un camión de mudanzas —susurré, con la garganta más seca que el desierto de Arizona.

​—No te atropelló un camión, mija, te metieron un plomazo —intervino Fabián, acercándose para pasarme un sorbo de agua con un popote—. Pero oye, la mala yerba no muere. El médico dice que la bala solo te raspó la pintura por el ladito del estómago. Tuviste una suerte más grande que el Capitolio de La Habana. Te vas a recuperar completica en unos días, aunque te vas a tener que quedar quietecita.

​—¿Quietecita ella? ¡Por favor! —Dante dramatizó, lanzando las manos al aire—. ¡Si esta mujer no puede estar en paz ni dormida! Elisa, casi me dejas viudo de carrera. ¡Mi porcentaje de mánager pasó ante mis ojos! Tuvimos que cancelar la rueda de prensa de mañana, y el diseñador ruso está histérico porque la sangre arruinó el vestido esmeralda. ¡Seda pura, Elisa! ¡Seda pura!

​—Oye, prioridades, Dantito... —logré sonreír, aunque el esfuerzo me hizo hacer una mueca—. Al menos el truco del reloj salió bien, ¿no?

​—¿Bien? ¡Casi nos mandan a fusilar a todos! —chilló Dante, ganándose un codazo de Fabián.

​—Ya, dejen el melodrama, que la muchacha necesita descansar —una voz tosca y profunda, pero con un marcado acento cubano, llegó desde la puerta. Era uno de mis tíos que andaba de viaje por Europa y se había enterado de la noticia. Entró a la habitación cargando una bolsa gigante—. Elisita, te traje unos plátanos maduros y un poco de arroz que conseguí en un mercado aquí en Moscú. Estos rusos lo que toman es sopa de remolacha, eso no sana a nadie.

​—¡Tío, por Dios, esto es un hospital de alta seguridad, no una bodega! —reprochó Dante, tapándose la cara—. ¡Saca esos plátanos de aquí antes de que el director del hospital nos corra a patadas!

​La habitación se convirtió en el habitual torbellino caribeño: Dante quejándose de los contratos cancelados, Fabián discutiendo sobre los cables del teatro y mi tío intentando pelar un plátano con un cuchillo de plástico. Una visita verdaderamente ladillosa para alguien que acababa de sobrevivir a un atentado.

​Sin embargo, el ruido se extinguió de golpe cuando la puerta de la habitación se abrió por completo.

​El ambiente se enfrió unos diez grados en un segundo. Mis familiares y amigos se hicieron a un lado de inmediato, adoptando una postura rígida. En el umbral de la puerta, bloqueando toda la luz del pasillo con su imponente y musculoso cuerpo, se encontraba Draco Petrov.

​Ya no vestía el traje de gala de la noche anterior. Llevaba una camisa negra de seda con los primeros botones abiertos y un abrigo oscuro de corte militar sobre los hombros. Su rostro estaba más malhumorado que de costumbre, envuelto en una seriedad sombría. Pero lo que me llamó la atención fue su mirada. Su ojo izquierdo, el de la cicatriz, brillaba con ese azul translúcido y fantasmal, fijo por completo en mí. Tenía unas sutiles sombras bajo los ojos que delataban que no había pegado el ojo en toda la noche.

​—Fuera —ordenó Draco.

​Su voz áspera y baja no necesitó un tono alto para hacer temblar a Dante. Mi mánager tomó su tableta, agarró a Fabián por el brazo y arrastró a mi tío (con todo y plátanos) hacia la salida en menos de tres segundos.

​—Nosotros... esperamos en la cafetería. Con permiso, señor Terminator —alcanzó a murmurar Dante antes de cerrar la puerta tras de sí.

​La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Draco caminó con paso lento y firme hasta quedar al lado de mi cama. Se cruzó de brazos, mirándome desde su enorme estatura.

​—Tienes la boca muy grande para alguien que casi termina en la morgue, niña —dijo finalmente, con una rigidez que intentaba ocultar algo que mi ojo clínico de ilusionista detectó al instante: tensión pura. Estaba preocupado.

​—Hola a ti también, Terminator —le dediqué una sonrisa débil, acomodándome en las almohadas—. Admitamos que mi gran escape fue un poco más... accidentado de lo que planeé. Pero sigo aquí. No es tan fácil deshacerse de la magia caribeña.

​Draco dio un paso más, apoyando una de sus manos enguantadas en el barandal de la cama. Se inclinó un poco hacia mí, permitiendo que la asimetría de sus ojos quedara a mi nivel.

​—No fue un truco, Elisa. Fue un rifle .308 —susurró, y por primera vez noté un deje de ronquera en su tono, una vibración de furia contenida—. Alguien te quería muerta en mi territorio. El checheno Aslanov escapó y el tirador no dejó rastro. Esto ya no es un escenario con luces estroboscópicas. Esto es una guerra real.

​—Lo sé —respondí, perdiendo por un momento el tono de broma al ver la intensidad de su mirada—. Dante me dijo quiénes son ustedes... los Petrov.

​Draco guardó silencio, observando cómo mi mano subía inconscientemente hacia mi abdomen vendado. De repente, de su bolsillo, sacó el As de Espadas. Estaba limpio, pero una de las esquinas se veía ligeramente doblada. La dejó sobre la mesa de noche, justo al lado de los plátanos de mi tío.



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En el texto hay: 20 capitulos

Editado: 29.05.2026

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