As de Espadas

Capítulo 7

Draco Petrov:

Verla devorar esa maldita hamburguesa grasienta con la misma intensidad con la que desafiaba a mis hombres me confirmó que Elisa Cleaver no tenía el más mínimo sentido del peligro.

​Después de que desalojé a su ruidoso séquito de la habitación, el silencio regresó al hospital, pero la tensión en mi pecho no disminuyó. Me quedé sentado en esa maldita silla de plástico que parecía quedarse pequeña ante mi cuerpo, observándola mientras el efecto de la adrenalina y el cansancio empezaba a ganarle la partida. Sus rizos castaños estaban esparcidos sobre la almohada blanca y sus ojos verdes, esos que siempre me miraban con una impertinencia insoportable, finalmente se cerraron cuando el sueño la venció.

​Me levanté sin hacer ruido. Pasé los dedos por la cicatriz de mi ojo izquierdo, sintiendo el relieve de la piel de la que Elisa se había burlado llamándome "Terminator". Nadie en toda Rusia se habría atrevido a usar ese tono conmigo, y mucho menos a sonreírme después de haber recibido un balazo en el estómago. La niña tenía una mezcla de audacia y estupidez que me resultaba desconcertante.

​Caminé hacia la puerta y salí al pasillo pulido de la clínica privada de la Bratva. Nikolay estaba apoyado contra la pared opuesta, todavía sosteniendo una compresa de hielo contra su oreja izquierda. Al verme salir, enderezó la espalda de inmediato, aunque hizo una mueca de dolor.

​—Dime que los hombres en los puntos de control no se han dormido, Nikolay —dije, mi voz raspando el silencio del pasillo con un tono rudo.

​—Están en alerta máxima, Draco. Nadie entra ni sale de este piso sin que yo revise sus identificaciones personalmente —respondió Nikolay, bajando el hielo—. El Pakhan llamó hace diez minutos. Quiere saber si la ilusionista ya aportó algún dato sobre quién podría quererla muerta.

​—No sabe nada —respondí, cruzándome de brazos mientras recordaba su rostro pálido—. Su mundo son los teatros, las luces estroboscópicas y los aplausos. Cree que esto es una envidia de circuito de magos en Europa. No entiende que el tirador usó un calibre profesional y que se camufló perfectamente con los chechenos.

​—Es una civil, Draco. Para ella, un enemigo es alguien que le roba un truco de cartas, no alguien que le vuela las entrañas con un .308 —Nikolay suspiró, mirando de reojo hacia la puerta de la habitación—. ¿Vas a quedarte aquí toda la noche?

​—No te incumbe, Nikolay. Asegúrate de que los hombres de relevo lleguen a tiempo. Si un solo extraño pone un pie en este pasillo, tu otra oreja será el menor de tus problemas.

​Nikolay tragó saliva y asintió, volviendo a su posición de guardia.

​Caminé por el pasillo hacia el ala de seguridad del hospital, donde las pantallas de monitoreo mostraban cada rincón del edificio y de las calles nevadas de Moscú. Saqué el As de Espadas de mi bolsillo, contemplando el reverso donde había anotado la fecha. El diseño del naipe parecía burlarse de mi necesidad de orden y control.

​—Vaya, miren quién sigue despierto cuidando el nido —la voz burlona de Dorian rompió la monotonía del centro de monitoreo. Mi hermano menor entró con una taza de café en una mano y su inseparable navaja táctica en la otra—. Acabo de hablar con los muchachos que revisaron el hotel Metropol. El mánager dramático, Dante, intentó regresar a la suite para recoger los vestidos de la chica, pero le dejamos claro que todas sus pertenencias van a ser trasladadas a una de nuestras casas de seguridad.

​—Bien. No quiero que se mueva de nuestro radar —dije, guardando la carta.

​—¿De nuestro radar o del tuyo, hermano? —Dorian alzó una ceja, dándole un sorbo a su café mientras se apoyaba en el panel de control—. Derek está vigilando esto de cerca, Draco. Sabes que a la Bratva no le gusta gastar recursos en proteger civiles, especialmente si Aslanov sigue suelto en la frontera norte y el tirador no tiene rostro. Si esa chica se convierte en una debilidad para ti, el Pakhan no va a dudar en mandarla de regreso a Los Ángeles en el primer avión privado que encuentre, con o sin heridas.

​Me acerqué a Dorian, permitiendo que la luz de los monitores iluminara de lleno la asimetría de mis ojos. Mi ojo claro brilló con esa frialdad translúcida que solía silenciar a mis enemigos.

​—Elisa Cleaver fue atacada en mi territorio, durante una negociación que yo estaba cerrando —sentencié, mi voz bajando a un susurro peligroso que hizo que Dorian dejara de jugar con su navaja—. Nadie me deja un cabo suelto, y nadie me dicta cuándo termina un asunto. Ella se queda bajo mi custodia hasta que yo decida que el truco ha terminado. Dile a Derek que si quiere enviarla lejos, tendrá que decírmelo a la cara.

​Dorian sostuvo mi mirada un segundo, luego levantó las manos en señal de rendición, recuperando su sonrisa descarada.

​—Tranquilo, Terminator. Solo decía. Disfruta de tu guardia nocturna.

​Regresé a la habitación de Elisa a paso lento. Al entrar, la luz de la luna moscovita se filtraba por la ventana, dibujando sombras alargadas sobre el suelo. Me acerqué a la cama y la miré una vez más. Su respiración era compasurada, y sus rizos castaños se movían levemente con cada inhalación.

​Me senté de nuevo en la silla de plástico, crucé los brazos sobre el pecho y clavé la mirada en la puerta. La tormenta de nieve seguía rugiendo con fuerza afuera, pero dentro de estas cuatro paredes, el verdadero juego de poder apenas estaba cobrando forma. Elisa Cleaver creía que podía desaparecer detrás de una cortina de humo, pero se iba a dar cuenta de que, en mi mundo, yo era el único que decidía cuándo se encendían las luces del escenario.

La noche en Moscú avanzaba con la misma lentitud pesada con la que se mueven las piezas en un tablero de ajedrez donde nadie quiere arriesgar el primer peón.

​Permanecí inmóvil en la silla, con la mirada fija en la puerta de la suite médica. El parpadeo verde del monitor que registraba los latidos de Elisa era el único sonido constante en la habitación. A veces, la niña se movía sutilmente entre las sábanas, soltando un leve quejido cuando la posición afectaba los puntos de su abdomen. En esos momentos, mi mano se tensaba inconscientemente sobre el apoyabrazos. Una debilidad fastidiosa que me obligaba a recordarme que esto era una cuestión de honor y territorio, nada más.



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En el texto hay: 20 capitulos

Editado: 29.05.2026

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