Dorian Petrov:
A mí el teatro siempre me ha parecido una soberana pérdida de tiempo, a menos que haya fuego, sangre o una cubana con suficiente audacia como para robarle el reloj de oro al Pakhan de la Bratva en su propia cara.
Todavía me duele el estómago de tanto reírme.
Estaba sentado en el sillón de cuero de la oficina de seguridad de la mansión Petrov, balanceando mi navaja táctica entre los dedos con un ritmo hipnótico. A través de los monitores de alta definición, podía ver las tres esquinas del perímetro cubiertas de nieve siberiana y, en la pantalla principal, la entrada de la suite médica donde Draco seguía jugando a ser el guardaespaldas del año.
—Vaya cara de pocos amigos que se carga el Terminator —mencioné en voz alta, dándole un mordisco a otra manzana verde—. Oye, Nikolay, ¿crees que si le compramos un peluche de pera se le quite lo amargado? ¿O es que el frío ya le congeló las únicas dos neuronas simpáticas que le quedaban?
Nikolay, que estaba sentado al otro lado del panel de control aplicándose una pomada transparente en su oreja izquierda —que todavía lucía un sospechoso tono rojo brillante por el tirón que le había dado Derek—, me lanzó una mirada que pretendía ser asesina.
—No te burles, Dorian —gruñó Nikolay, acomodándose los lentes con fastidio—. Tu hermano mediano está a un paso de colgarme del puente del río Moscova por culpa del cubano que bajó del techo. Y el jefe... el jefe me ha dejado claro que si vuelvo a parpadear durante un truco de cartas, terminaré limpiando la cocina de Galina por el resto del invierno.
—¡Pero si fue una obra de arte, hombre! —solté una carcajada, guardando la navaja de un golpe seco—. Elisa Cleaver tiene más agallas que la mitad de los soldados que tenemos en la frontera norte. Desarmar a Derek usando un imán, tu bendita torpeza sirviendo vodka y un juego de manos de nivel Hollywood... Eso no se ve todos los días en la fría Rusia.
Me puse de pie, estirando los brazos y caminando hacia el gran ventanal que daba al patio trasero. Abajo, Vulkan, el mastín de ochenta kilos, trotaba alegremente detrás de un trozo de madera, completamente ajeno al hecho de que la organización estaba al borde de una guerra territorial con los chechenos y un tirador fantasma internacional.
La situación se estaba poniendo deliciosamente complicada.
Por un lado, Derek estaba furioso porque el atentado en el teatro arruinó una negociación clave, dejando en evidencia que nuestro territorio no era tan impenetrable como vendíamos al exterior. Por el otro, Draco estaba sufriendo una especie de cortocircuito cerebral. Mi hermano mediano, el hombre que ejecuta traidores sin que le tiemble el pulso, había pasado las últimas veinticuatro horas en vela, controlando la dieta de una civil, confiscando hamburguesas callejeras y asegurándose personalmente de que nadie tocara un solo rizo de la maga cubana.
"Custodia de la Bratva", lo había llamado. Sí, claro. A otro perro con ese hueso.
—¿Qué sabemos del mánager dramático y del Spiderman caribeño? —le pregunté a Nikolay, girando sobre mis talones con una sonrisa divertida.
—Están abajo, en la sala de estar de la zona de invitados —suspiró Nikolay, revisando los informes en su tableta—. El tal Dante ha estado quejándose de que la calefacción de la mansión "le reseca la piel" y le exigió a Anatoly un té de manzanilla con tres gotas de limón orgánico. El otro, Fabián, está en el patio intentando convencer a los guardias de que si le permiten usar un poco de su pólvora especial, puede limpiar la nieve del camino en tres segundos.
—Me cae bien ese Fabián. Tiene iniciativa —comenté, frotándome las manos—. Creo que voy a bajar a verlos. La suite de hospital ya se estaba poniendo aburrida, y ahora que Derek ordenó el traslado de Elisa a la mansión, este lugar va a dejar de parecer un monasterio de la mafia para convertirse en un circo de alta seguridad.
Caminé hacia la puerta de la oficina, pero antes de salir, me detuve y miré a Nikolay por encima del hombro.
—Ah, por cierto... si Draco regresa y pregunta por mí, dile que fui a revisar que el stock de yogur de pera de la cocina esté completo. No vaya a ser que el Terminator nos ejecute a todos porque la invitada de honor no tiene su postre favorito a tiempo.
Salí al pasillo silbando una melodía alegre. Los chechenos podían estar escondiéndose en la frontera, el tirador corporativo podía tener cuentas en Suiza y el peligro andaba sueltito por Moscú, pero mientras Elisa Cleaver siguiera usando su impertinencia caribeña para desquiciar a Draco, yo me iba a encargar de que el espectáculo continuara en primera fila.
Al bajar las majestuosas escaleras de mármol de la mansión, el eco de una discusión melodramática me guió directo hacia la sala de estar principal. Anatoly estaba de pie junto al sofá de terciopelo, sosteniendo una bandeja de plata con una rigidez que rozaba el estoicismo militar, mientras Dante caminaba en círculos agitando una bufanda de seda color fucsia.
—¡Es que tú no lo entiendes, mi amor! —exclamaba Dante, ignorando por completo que le estaba hablando al mayordomo de una de las familias más peligrosas de Europa—. La piel de Elisa es de porcelana tropical. Si la meten en una habitación con calefacción seca de Siberia, para el viernes va a parecer una pasa. ¡Una pasa! Y mi porcentaje de mánager no acepta arrugas.
Fabián, sentado con las botas sucias apoyadas descaradamente sobre una mesa de centro que costaba más que su presupuesto anual de pólvora, le daba sorbos a un café mientras miraba un plano de la casa.
—Cálmate, Dantito. Preocúpate mejor por los hombres de negro que hay en el patio. Tienen unos rifles que limpian el paisaje que da gusto. Estaba pensando que si acoplamos un eyector de gas propano en la chimenea principal, podríamos crear un efecto de distracción por si los chechenos esos se cansan de esconderse en la frontera.