Asalto: Lupus

Cuarto Expediente: Testigo

Las fantasías de Janeth, lejos de salir de su cabeza, la tenían atrapada en un extraño limbo que dejaba pasar el tiempo de manera no muy rápida a su perspectiva, mas sí en la de los demás. Tanto así que, de momento, Albus se presentó a la escena al notar que la mujer había ya tardado, cosa que le provocó un pequeño susto a la chica al tenerlo ya a su lado.

–¿Todo bien, JJ? –preguntó el lobuno, cosa que casi le ocasiona un paro cardiaco a la pobre Janeth.

–¡Por el creador! ¡Detective Albus! Perdone, es que yo… –La mujer trataba de excusarse, pero su cara roja, su respiración continua y su mirada perdida la estaban delatando, y ella lo sabía, sobre todo al ver el rostro confiado y coqueto de su jefe, además de su traviesa cola.

–Ya veo, conque la situación es así –mencionó el hombre, con una sonrisa juguetona y una mirada penetrante que escaneaba a la mujer de arriba abajo, misma que fue puesta sobre Robbie–. Es en verdad un joven bastante apuesto –explicó el hombre, dados pasos por él para acercarse a la cama–. Muy guapo, sin dudas. Lindo cuerpo y pelaje. Ha de ser muy popular entre las personas que lo frecuentan.

–¿D-detective? –preguntaba sonrojada la mujer, cuya respiración estaba muy agitada.

–¿Lo hueles? –Albus jaló una fuerte cantidad de aire por su nariz, levantada su cabeza y cerrados sus ojos al hacerlo, llenados sus pulmones por completo para luego dejar salir el aire con un suspiro lleno de placer. –Esa deliciosa fragancia que está inundando el aire, es más que relajante para mí. Y también me es… enticing. –Justo en ese momento, aquel muchacho que se espantó al ver que había dos desconocidos en la habitación, mas luego vio a Albus y su sonrisa, lo que lo tranquilizó.

–¿Quiénes son ustedes? –preguntó soñoliento el joven, escuchado un largo y aparatoso bostezo que mostró sus numerosos colmillos y larga lengua.

–Somos el detective Albus y mi asistente JJ. –Al decir eso, el hombre mostró su placa al abrir un poco su abrigo, colocada aquella en un bolsillo dentro de la prenda para ser avistada fácil al él hacer esto.

–¡Oh! Este… No he hecho nada malo… Creo. ¿Hice algo malo? –preguntó el joven un tanto confundido y asustado.

–No lo creo, hijo. Ayer se nos informó que le diste dinero a Eliazar Keeves para sustituirte en la guardia de la casa abandonada. ¿Qué dices de eso?

–¡Ah! Sí, Eli me dijo que no habría problema si… ¡Oh! Bueno, sé que es propiedad privada, pero hacemos guardias para cuidar la zona. Pueden preguntar al señor Henn. Él fue quien nos pidió hacerlo por la comunidad –explicó el chico, lo que sin dudas extrañó un poco a Janeth, mas no a Albus.

–Ya entiendo. Eliazar nos mencionó que tienes una pandilla. ¿De qué clase? –Esa pregunta hizo reír a Robbie, mismo que miró a los oficiales con una tonta sonrisa en el rostro, notada la seriedad en ambos, sobre todo en Albus, aunque le estaba sonriendo de momento, sus ojos decían otra cosa.

–Eli es un exagerado. No somos una pandilla, sólo amigos que se juntan a patinar en la madrugada. Oigan, sé que va a sonar tonto, y no quiero quemar a mi ex, pero les habló de mí para molestarme –confesó el chico entre risotadas y vergüenza, cosa que hizo a Albus levantar una ceja y mirar a Janeth, algo que ella también hizo.

–¿Fueron novios? No parecen mucho del tipo –comentó el detective al regresar sus ojos al joven.

–Sí, ¿verdad? ¿Qué puedo decir? Me gustan los chicos lindos y nerdos como él. A Eli le gustan «malotes» y atrevidos, como un servidor. Es un muchacho bastante precioso, me encantaba morderle sus lindas orejas, pero la diferencia de horarios, y mis amigos, terminaron con esa relación –confesó el chico medio lamentado, suspiró y se acercó a los detectives un poco ahí sentado para susurrarles algo–. Además, era muy celoso y creo que le gustaba mi padrastro. –Eso provocó que Albus y Janeth pusiera una cara de sorpresa y confusión, regresado el cruce de sus miradas, ahora impresionados.

–Entonces, Robbie, ¿crees que Eliazar quería sólo molestar? ¿Por qué tan seguro?

–Porque hoy es el cumpleaños de mi novia y seguro quiere joderme. Si mi padrastro sabe que estuvieron aquí, me van a castigar y no podré verla. Así que, por favor, ¿pueden decirle a mi madre que todo esto fue un gigantesco mal entendido? ¡Es la verdad! –pidió el chico de momento, cosa que hizo reír al lobo, para luego caminar hacia la puerta y recargarse en el marco de ésta, cruzado de brazos.

–Está bien, le diremos eso.

–¡Sí!

–¡Con una condición! –replicó el detective, algo que extrañó a Janeth–. Desnúdate. –Lo dicho por el hombre casi provoca que su asistente se desmaye, a la par que el murciélago, con una mirada coqueta, se notaba listo para acatar la orden. –¡Espera! –mencionó el lobo, palabra que confundió a los presentes–. Así que estás dispuesto a hacer lo que sea.

–Usted es el alfa, detective. Sólo obedezco –aclaró Robbie, lo que extrañó a Janeth, pues no era como creía que debían ser las cosas, como se suponía que funcionaban.

–De las personas que vigilaban la casa. ¿Algún sospechoso?

–No, pero sí hay alguien que se porta raro, don Hermet. Siempre está al pendiente de quién está en la casa. Ni siquiera vive cerca –explicó el joven con una mirada coqueta hacia el lobuno.

–Hermet es el hombre que encontró a Carlos drogándose, ¿cierto? –El murciélago asintió, por lo que el lobo sonrió complacido. –¡Perfecto! Eso sería todo, Robbie. Muchas gracias, y puedes volver a dormir –concluyó el detective, se dio la vuelta y salió de la habitación. Aquello confundió a Janeth, la cual se quedó parada viendo cómo su jefe se iba.

–¿No sé irá con él? –Al escuchar esto, Janeth notó que el chico se notaba confundido al ver a la mujer paralizada en medio de su pequeña habitación.

–Yo… ¡Claro! Disculpa, joven y gracias. –La asistente, apenada, abandonó el lugar de inmediato, para toparse con su jefe a la vuelta del pasillo, mismo que se notaba muy serio. –Detect…




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