Asalto: Lupus

Vigésimo Expediente: Justicia

Albus conducía a toda velocidad hasta la casa del antílope, quien se supone debería estar presente en ésta según reporte de los oficiales que lo resguardaban fuera de su hogar.

Tony, quien estaba sentado en el copiloto, notó que su líder y amigo estaba bastante molesto, frustrado, por lo que se tomó la libertad de ponerle una mano sobre el hombro y hablarle con algo de tranquilidad.

–Sé que puedes hacer esto sin perder los estribos. Entiendo que estás enojado, pero debes abordar esto de la mejor manera. Si no hayas fuerza en ti, hazlo por nosotros. –Las palabras del zorro hicieron suspirar a Albus de manera profunda, una y otra vez, hasta que, por fin, consiguió tranquilizarse.

–Gracias, pero una parte de mi…

–Lo sé –interrumpió Tony, dado un suspiro de rendición por su parte–. No voy a detenerte, es tu decisión. Sólo que deberías hacer esto con más calma.

–Han pasado ya quince años, Tony –argumentó Albus, apretado el volante por ambas manos del lobo–, y sigue sintiéndose como si hubiera sido ayer. Mas con esto –explicó justo al llegar al sitio, estacionados detrás de la patrulla que resguardaba el lugar. Albus respiró hondo una vez más y, con una mirada triste, continuó–. Este caso es algo que hemos perseguido por tanto tiempo que empieza a volvernos locos. Tú no lo sabes, porque he tratado de alejarlos lo más que puedo de ello, pero la realidad, es que nunca dejamos de investigar –confesó, apenado.

–Linda y tú.

–Así es. Andando –ordenó al bajarse del vehículo, pasar al lado de la patrulla junto a Tony para saludar y de ahí proceder al hogar del profesor, mismo que no respondía al inicio.

–El policía dijo que no había salido. ¿Crees que…? –Antes de poder terminar de decir eso, la puerta se abrió, interrumpido el zorro de momento, encontrada la sirvienta del antílope frente a las bestias.

–Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles? –preguntó amable una señora de piel clara como la nueve, de estatura media baja y regordeta.

–Soy Albus Wilson. Vengo a hablar con Jaime.

–¡Oh! Mr. Wilson. Please, come in –dijo la mujer en un perfecto Angrés, algo que extrañó a los visitantes, adentrados al hogar.

La casa del hombre era hermosa, impecable y bastante elegante. No era muy grande como una mansión, pero si lo suficiente para destacar el buen posicionamiento económico del profesor.

Where is he? –preguntó Albus, serio.

–He’s at his office. Please, guide yourselves. –Sin más preámbulo, Albus y Tony caminaron hacia la puerta indicada por la mujer, a donde accedieron sin tocar, notado al profesor de pie en el lugar, detrás del escritorio y frente a la ventana que da hacia el jardín trasero del hogar, iluminado el sitio por la luz que entraba de dicho ventanal.

–Parece ser que ya lo sabes, Albus –resaltó Jaime con los brazos tras su espalda, sin voltear hacia sus invitados.

What is this all about? You clearly knew it from the very beginning.

I did, indeed –respondió el profesor, girada su cabeza para ver a Albus–. The case is mostly connected with Schrödinger crimes. Maybe the mysterious legendary machine is in here, in Mozhikon.

How do you know that?

I do not –explicó el hombre, mientras caminaba lento en su oficina–. To be honest, you just confirm what I theorized months ago. «El Cazador» is, no doubt, the missing piece of that case. He is what all of you was looking for, years ago. It is what you are looking for, my dear Albus.

Enough! –dicho eso, Albus se colocó uno de sus guantes y conjuró el hechizo de detectar magia, pero no vio mas que el aura mágica normal de una bestia alrededor del profesor, al igual que en todo su alrededor.

–Es normal sospechar de mí, pero me temo que pudiste al menos haberme dicho.

–No hay tiempo para eso. Tenía que estar seguro antes de continuar –expresó el lobo, sin quitarse su guante mágico –. ¿Por qué no nos dijiste la verdad desde un inicio?

–No creo que hubiera sido conveniente. Incluso, el traerte de allá fue un poco complicado. Si hubieras venido con la información de que, tal vez, «el cazador» tiene que ver con el caso de Schrödinger, no tendrías las pistas que tienes ahora.

–¿También lo sabías?

–Sí, las víctimas son todas personas que fueron a Angraterra, como yo. Por eso instalé cámaras por toda la casa, para atrapar al asesino con mi sacrificio si hacia falta, pero creo que estoy lejos de ser su objetivo, al menos lo estaba.

–¿Por qué tan seguro?

–Pues se sabe por todos que fui a allá a estudiar, me la he pasado solo casi todo mi tiempo libre y no ha venido. Algo de mí no le agrada, supongo –explicó el antílope, más tranquilo Albus al momento–. Hace doce años que me enteré de lo que ocurrió cuando fui a Angraterra. El caso de Schrödinger es fascinante y a la vez terrorífico. No puedo negar que me encantó el escuchar la historia y cómo tú, junto con Linda, lo descubrieron todo. Tal vez esto es algo que ya sabías, pero he notado en varias víctimas que el brillo de sus ojos está muerto por completo. Como si la luz de estos hubiera sido tomada. Era la misma mirada que las víctimas de Schrödinger tenían en las fotos que tomó la forense. Fue ahí donde vinculé ambos casos. Conformé pasó el tiempo, noté que todas las víctimas estuvieron en Angraterra, o tenían conexiones con gente de allá, por lo que comencé a temer por mi vida, sin dejar de lado mi propia investigación, mas ya han pasado 3 años de estos descubrimientos y no he llegado a nada. Era tiempo de recibir ayuda de alguien que, sin duda, podría descubrirlo.

–¡Debiste decirlo desde un inicio! ¡Cuando llegamos! –gritó Albus, molesto–. ¡No tienes idea de lo serio que es esto! ¡Ocho años el maldito ha hecho de las suyas aquí! ¡Schrödinger está suelto como lo suponíamos!




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