El tropiezo
Elías descubrió algo incómodo: avanzar no significaba dejar de fallar.
Ese día llegó tarde al trabajo. Otra vez. El jefe lo miró con esa mezcla de cansancio y decepción que ya conocía demasiado bien.
—Vilar, ¿algún problema personal que quiera compartir con todos? —dijo con sarcasmo.
Elías abrió la boca… y la cerró.
Antes, habría respondido con enojo o excusas. Ahora sintió algo distinto: vergüenza. No por llegar tarde, sino por saber que podía haber hecho mejor las cosas.
Advertencia interna: negligencia detectada.
—No —respondió al final—. Fue culpa mía.
El jefe parpadeó, sorprendido.
—…Bien. Siéntese.
Elías lo hizo, con el corazón acelerado. No había pasado nada grave, pero por dentro sentía que había tropezado.
Esa noche, caminando a casa, murmuró:
—¿Eso cuenta como fallar?
No hubo respuesta inmediata.
Solo una sensación clara: el proceso no se detenía por un mal día, pero tampoco fingía que no había ocurrido.