Errores necesarios
Esa noche, Elías rompió una regla.
No sabía exactamente cuál, pero lo supo cuando el sistema guardó silencio prolongado.
Había regresado al lugar donde el murmullo era más fuerte: un edificio abandonado, rodeado de grafitis y ventanas rotas. El aire ahí era distinto. Espeso. Viejo.
—Solo quiero mirar —susurró—. Nada más.
La presión aumentó.
Elías dio un paso adentro.
Y entonces lo sintió: un punto de tensión, como si el espacio estuviera mal doblado. No era una grieta visible, pero sí una herida latente.
—Así que aquí empiezan —dijo.
Algo se movió.
No una criatura. Una intención.
Elías retrocedió, el corazón acelerado.
Interferencia detectada.
Retírese.
—Ya voy —respondió, respirando con dificultad.
Cuando salió, el murmullo desapareció de golpe. Demasiado rápido.
Elías entendió el mensaje.
Había tocado algo que aún no debía.
Pero ahora sabía que existía.
Y eso ya no podía olvidarse.