El peso de mirar demasiado
Elías no recordó en qué momento exacto dejó de dormir bien.
Solo supo que ya no descansaba.
Soñar se había vuelto peligroso. No por pesadillas, sino por claridad. En sus sueños veía lo mismo que al despertar: estructuras invisibles sosteniendo la ciudad, tensiones espirituales acumulándose como grietas internas aún no abiertas.
Se levantó agotado, con la sensación de haber trabajado toda la noche sin moverse de la cama.
—Esto no es normal —murmuró frente al espejo.
Sus ojos parecían más hundidos. No enfermos. Cansados de comprender.
Durante el día, la percepción no se apagó. Escuchaba conversaciones triviales mientras notaba cargas ocultas detrás de cada persona. Culpa no confesada. Orgullo endurecido. Miedo disfrazado de risa.
No podía intervenir.
No todavía.
Y esa impotencia comenzó a doler más que el miedo.