Cuando fallar enseña
La noche siguiente, Elías intentó algo distinto.
Oró sin pedir poder. Sin preguntar. Sin exigir respuestas.
Solo habló.
Confesó cansancio. Confesó duda. Confesó enojo por no entender el ritmo de Dios.
No hubo voz del cielo.
No hubo revelación.
Pero algo cedió dentro de él.
Comprendió que el ascenso no era una escalera recta. Era una formación lenta, incómoda, humana.
—Si voy a fallar —dijo en voz baja—, que al menos sea aprendiendo.
El silencio fue distinto.
No vacío.
Atento.