Los que saben caminar entre grietas
Elías no durmió esa noche.
No porque tuviera miedo…
sino porque algo dentro de él ya no lo dejaba ignorar.
Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo:
una grieta invisible abriéndose en el aire, como una herida que el mundo fingía no tener.
Y lo peor no era la grieta.
Era la sensación de que alguien —o algo— estaba observándolo desde el otro lado.
[Sistema: activo]
Estado emocional: Inestable
Advertencia: Las emociones intensas debilitan los sellos espirituales.
Elías apretó los dientes.
—¿Sellos…? —susurró—. ¿Desde cuándo hay sellos?
El sistema no respondió.
Como siempre, aparecía para advertir…
pero nunca para explicar.
Eso lo estaba empezando a irritar.
A la mañana siguiente, la ciudad parecía igual.
Demasiado igual.
Gente caminando, autos pasando, risas falsas, discusiones reales.
Un mundo normal…
con un problema que solo algunos podían ver.
Y entonces lo sintió.
No fue una grieta esta vez.
Fue una presencia.
—No mires tan fijo —dijo una voz detrás de él—. Te va a doler el cuello.
Elías se giró de golpe.
Un hombre estaba sentado en el borde de la acera, como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
Ropa simple. Cara cansada. Ojos… peligrosamente tranquilos.
Demasiado tranquilos.
—¿Quién eres? —preguntó Elías, directo.
El hombre sonrió apenas.
—Alguien que ya se hizo esas preguntas… y sobrevivió.
Silencio.
Elías sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
[Sistema: detección anómala]
Individuo frente a ti: Clasificación desconocida
Nivel de amenaza: No hostil (por ahora)
Elías levantó una ceja.
—¿También ves eso? —preguntó—. Lo que no debería existir.
El hombre lo miró fijo.
Muy fijo.
—Las grietas no aparecen solas —dijo—. Alguien las abre.
A veces con odio.
A veces con miedo.
A veces creyendo que hace lo correcto.
Elías tragó saliva.
—Entonces… no estoy loco.
—No —respondió—. Solo estás despertando tarde.
Eso dolió más de lo que esperaba.
Caminaron.
No hacia un lugar específico…
sino lejos de las grietas activas.
—Hay más como tú —dijo el hombre—. Algunos nacen viendo. Otros… son empujados a ver.
—¿Y tú qué eres? —preguntó Elías.
—Un error que aprendió a pelear.
Eso no tranquilizó nada.
Elías apretó los puños.
—¿Cómo se combate eso? —preguntó—. ¿Portales, seres, lo que sea que salga de ahí?
El hombre se detuvo.
—Primera regla —dijo—: no todo se combate con fuerza.
Segunda regla: el mundo espiritual no perdona la ignorancia.
Tercera…
Lo miró directo a los ojos.
—Si sigues avanzando, ya no podrás volver a fingir que no sabes.
El sistema vibró.
[Sistema: decisión clave detectada]
Advertencia: Aceptar conocimiento aumenta exposición espiritual.
Elías respiró hondo.
—Dime dónde aprender —dijo—. No quiero ser un estorbo… ni una puerta abierta.
El hombre sonrió, esta vez con algo parecido al respeto.
—Entonces tendrás que buscar un lugar que no se hace llamar iglesia…
pero actúa como refugio.
Como hospital.
Como academia.
—¿Una secta? —ironizó Elías.
—Si fuera secta, ya estarías muerto.
Eso le sacó una risa nerviosa.
—No seguimos religiones humanas —continuó el hombre—.
Seguimos el propósito original: sanar, proteger, cerrar grietas.
Nada de títulos. Nada de banderas.
Elías sintió que algo encajaba.
—¿Y Jesús? —preguntó—.
El hombre bajó la mirada un segundo.
—Él no fundó edificios —dijo—. Fundó caminos.
Silencio otra vez.
Antes de irse, el hombre dejó una última frase:
—No eres especial, Elías.
Pero tampoco eres común.
Se alejó.
Como si supiera exactamente cuándo desaparecer.
Elías quedó solo.
Con más preguntas.
Con más peso.
Con una certeza nueva:
El mundo era más grande.
Más peligroso.
Y mucho más vivo de lo que jamás imaginó.
El sistema parpadeó una última vez.
[Sistema: nueva ruta desbloqueada]
Objetivo sugerido: Encontrar la Academia de Custodia Espiritual
Estado del protagonista: Estrella emergente (fase inicial)
Elías sonrió, cansado.
—Genial —murmuró—. Justo lo que necesitaba… más problemas.
Pero esta vez,
no dio un paso atrás.