Un pibe de once años. No le gustaba el deporte, estaba medio pasado de peso y correr le parecía lo peor del mundo.
Mientras otros chicos pasaban la tarde pateando una pelota o corriendo por una cancha, él prefería cualquier otra cosa antes que eso. El ejercicio le aburría, lo cansaba rápido y, si era sincero, tampoco le encontraba sentido.
Pero sus viejos sí estaban preocupados.
No era solo que no le gustara moverse. En su familia había una historia pesada: su abuelo y su abuela habían fallecido por diabetes, y ese recuerdo hacía que sus padres miraran su salud con otros ojos.
Una noche cualquiera, de esas normales donde uno vuelve a casa sin pensar demasiado, pasaron por una escuelita chica de futsal. Nada del otro mundo: una cancha sencilla, luces medio amarillas iluminando el piso y un grupo de chicos corriendo atrás de una pelota como si fuera lo más importante del planeta.
Yo ni bola le di.
Para mí era solo otro lugar donde la gente corría y se cansaba al pedo.
Pero mi viejo frenó el auto y me dijo algo simple:
—¿Por qué no probás?
Yo no quería saber nada. La idea de entrar a una cancha, correr, transpirar y cansarme no me llamaba para nada la atención.
Pero mi viejo insistió.
Y viste cómo es a veces… cuando un padre insiste, uno termina dudando.
Así que acepté.
Sin ganas.
Sin ilusión.
Sin imaginar que ese momento tan chico iba a marcar algo importante en mi vida.
Porque hay cosas en la vida que empiezan de una forma rara: las empezás odiando… y terminás amándolas.
Era enero de 2022.
El primer día fue exactamente como lo había imaginado: pesado, cansador y medio incómodo. Cada ejercicio parecía eterno y el calor pegaba fuerte en la cancha. Mis piernas no estaban acostumbradas a correr así, y el cuerpo me lo hacía saber a cada rato.
Pero lo más difícil no fue el cansancio.
Fue sentir que no encajaba.
Los chicos que supuestamente iban a ser mis compañeros no me cayeron muy bien al principio. Todo era medio raro, medio frío. Me acuerdo que ese primer día intenté tirar un chiste, como para aflojar el ambiente.
Uno se terminó riendo.
Pero no conmigo.
Se rió de mí.
Fue una pavada, una cosa chica, pero en ese momento me hizo sentir bastante fuera de lugar.
Igual seguí yendo.
No porque me gustara el fútbol.
Ni porque tuviera alguna pasión escondida.
Sino porque mis viejos me decían que me iba a hacer bien, que era bueno para mi salud.
El equipo recién tenía un año de existir, y ese mismo año iban a empezar a jugar en la Asociación Cruceña de Fútbol.
Yo no tenía ni idea de qué era eso.
De hecho, si soy sincero, no sabía nada de fútbol. No conocía los reglamentos básicos, no entendía bien las posiciones, y muchas veces ni sabía por qué el árbitro cobraba falta.
Encima estaba bastante gordo.
En el equipo era, siendo generoso, la tercera opción. Y cuando me tocaba entrar a la cancha, entraba sin ganas.
Sin garra.
Sin esa pasión que se necesita para jugar de verdad.
Muchas veces, mientras corría bajo el sol de la una de la tarde, con el calor pegando fuerte contra la cancha, pensaba algo bastante simple:
"Cuando termine esto me voy a comer un helado… hace demasiado calor."
Y así fueron pasando los meses.
Entrenamiento tras entrenamiento.
Cansancio.
Rutina.
Pero con el tiempo empezó a pasar algo curioso.
De a poco fui conociendo mejor a mis compañeros. Ya no eran solo chicos corriendo atrás de una pelota: tenían sus bromas, sus historias, sus formas de ver el fútbol.
Y todos tenían algo en común.
Pasión.
Una pasión que al principio yo no entendía.
No me entraba en la cabeza por qué se esforzaban tanto por patear un pedazo de cuero. Corrían como si cada jugada fuera la última, se enojaban cuando perdían la pelota, gritaban los goles como si hubieran ganado un mundial.
Yo los miraba y pensaba:
"¿Por qué tanto lío por una pelota?"
Pero con el tiempo… algo empezó a cambiar.
Sin que nadie me lo explicara.
Sin discursos.
Sin palabras.
Empecé a entender que el fútbol tenía algo especial.
Y entonces empecé a mirar fútbol profesional. Partidos en la tele, jugadas, goles, momentos que antes ni me interesaban.
Y ahí sentí algo raro.
Algo nuevo.
La emoción de ver a esos “veintidós millonarios pateando una pelota”… como dicen algunos.
Pero cuando los mirabas bien, te dabas cuenta de que no era solo eso.
Había belleza en cada pase.
En cada jugada.
En cada gol.
Ahí entendí algo que nunca había imaginado cuando entré por primera vez a esa cancha:
El fútbol no era solo un deporte.
Era algo que se sentía.
Y sin darme cuenta…
yo también estaba empezando a sentirlo.