Ascenso Y Descenso

CUMPLEAÑITO

cuando empecé a ver partidos de fútbol, la verdad es que los miraba medio flojo. No les prestaba mucha atención. Mi viejo se sentaba conmigo y me decía que mire las jugadas, que vea cómo se movían los jugadores, cómo tocaban la pelota… pero yo ni caso le hacía.

‎Para mí era aburrido.

‎Había momentos en que los jugadores tocaban la pelota para atrás o la tenían mucho tiempo sin atacar, y yo pensaba: “qué embole esto”. Prefería mil veces ver un resumen en YouTube o en TikTok, donde en dos minutos te mostraban los goles y las mejores jugadas.

‎Mis entrenamientos eran de noche, más o menos a las siete. Con el tiempo me fui haciendo más amigo de los pibes del equipo. Ya no se sentía tan incómodo llegar a la cancha. Empezábamos a hablar, a bromear un poco más.

‎Un día, cuando llegué al entrenamiento, uno preguntó:

‎—¿Vieron el partido del Madrid?

‎Yo me quedé callado un segundo y pregunté, sin pensar mucho:

‎—¿Qué carajos es Madrid?

‎Todos me miraron raro. Como si hubiera dicho algo imposible. Como si fuera un tipo que venía de otro planeta.

‎La verdad era simple: yo no tenía ni idea de qué era el Real Madrid. Tampoco conocía otros equipos grandes. No entendía bien qué era una liga ni qué era la UEFA Champions League.

‎Mis compañeros me explicaron como pudieron. Yo escuchaba, tratando de entender, pero para mí todo era medio raro. Ellos hablaban del fútbol con una pasión que yo todavía no tenía.

‎Aun así, algo empezó a despertarse.

‎Ese año también empezó la ACF. Los partidos se jugaban en un coliseo de futsal llamado Coliseo John Píctor Blanco. Si soy sincero, no recuerdo mucho de esos primeros partidos.

‎Pero sí recuerdo uno.

‎Nos golearon 11 a 0.

‎Y para empeorar las cosas, yo metí goles… pero en mi propio arco. Me sentía terrible. Me desesperaba, me daba vergüenza, sentía que no servía para esto. Había partidos en los que terminaba llorando de la bronca.

‎Terminamos la ACF últimos, casi sin ganar partidos.

‎Pero hubo alguien que nunca dejó de creer un poquito en mí: mi profe. Siempre tuvo paciencia. Siempre me apoyó. Fue de esos entrenadores que no te gritan para destruirte, sino para que confíes en vos mismo.

‎Gran profesor, la verdad.

‎La verdadera chispa del fútbol llegó en un momento que parecía simple.

‎Un cumpleaños.

‎Era el cumpleaños de mi primo más chico, y en ese cumpleaños se armó un partido. Para ese día mis padres me compraron mis primeras chuteras. Yo estaba feliz. Tan feliz que sentía que podía usarlas hasta para salir a la calle.

‎Ese día entendí algo.

‎No era solo ese grupito de futsal al que le gustaba el fútbol.

‎A todo el mundo le gustaba.

‎Yo era el único que todavía no lo había descubierto.

‎Desde entonces empecé a interesarme más. A meterle más ganas a los entrenamientos. Mi viejo siempre estaba ahí: miraba desde afuera y me gritaba cosas.

‎—¡Corré!

‎—¡Tocá!

‎—¡Picá!

‎Si me veía haciendo un ejercicio sin ganas, me lo hacía saber.

‎Y sin darme cuenta, algo empezó a cambiar.

‎Pasé de ser uno de los últimos en ser elegido… a ser uno de los que todos querían en su equipo. Bajé bastante de peso, me movía más rápido, y empecé a ganar confianza.

‎Mi viejo me decía:

‎—Sos de los cinco mejores del equipo.

‎No sé si era verdad o si lo decía para motivarme, pero yo le creía. Y creerle me hacía sentir invencible.

‎Empecé a sentir nervios antes de los partidos oficiales. Pero ya no era el nervio del miedo. Era el nervio de querer hacerlo bien.

‎Cuando metí mi primer gol en la ACF, sentí algo difícil de explicar.

‎Me sentía como el rey del mundo.

‎Como si nadie pudiera pararme.

‎Pero el fútbol tiene esa forma rara de bajarte a la realidad. En el partido siguiente metí otro gol… pero en mi propio arco.

‎Y bueno… así era mi fútbol en ese tiempo.

‎Irregular. Caótico. A veces bueno, a veces desastroso.

‎Tenía amigos que me enseñaban cosas. Uno me enseñó a barrerme en futsal. Pero yo tenía un defecto grande: el cardio. No aguantaba ni los quince minutos de un partido. Además era lento.

‎Hasta que apareció un profe paraguayo en el club. Un tipo obsesionado con el físico. Hoy en día entrena juveniles del Club Olimpia, pero en ese tiempo empezaba en un club de barrio en Bolivia.

‎Ese profe se separó del club y creó el suyo.

‎Se llamaba Guaraní.

‎Entrenábamos en una cancha de fútbol 7 con pasto. No era la mejor cancha del mundo, pero alcanzaba. Éramos pocos: ocho o diez pibes. Algunos mayores que yo.

‎Muchas veces íbamos a lo que llamaban Villa Olímpica. Ahí corríamos un kilómetro de arena entre subidas y bajadas. Todo era físico: resistencia, velocidad, fuerza.

‎Era un infierno.

‎Pero me gustaba.

‎Había algo hermoso en correr hasta no poder más, sentir que el cuerpo se rompía y aun así seguir.

‎Poco a poco cambié.

‎Me volví más rápido, más ágil, más resistente. En la ACF ya corría todo el partido, defendía mejor, y aunque no era una estrella, cumplía con mi trabajo en el equipo.

‎El fútbol también me regaló otra cosa: amigos.

‎En el barrio empezaron a llamarme más para jugar a la pelota. Nos quedábamos jugando hasta que nuestros padres venían a buscarnos.

‎Había tardes que parecían no terminar nunca.

‎Recuerdo una vez que en el club organizaron un churrasco entre los padres. Ellos se quedaron hablando hasta las dos de la madrugada.

‎Y nosotros, los pibes, estuvimos jugando desde las cuatro de la tarde.

‎Solo paramos un rato para comer.

‎Fue uno de esos días simples… pero perfectos.

‎El fútbol se estaba volviendo parte de mi vida.

‎Pero la vida siempre tiene formas raras de cambiar las cosas.

‎Porque un día me mudé.

‎Seguía yendo al barrio, seguía viendo a mis amigos… pero frente a mi nueva casa había algo que me llamó la atención.



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En el texto hay: historia deportiva

Editado: 17.03.2026

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