Ascenso Y Descenso

NO LO VI VENIR

‎Con el tiempo empecé a entrenar distinto.

‎Ya no iba por obligación ni porque mis viejos me decían que era bueno para la salud. Ahora iba porque quería estar ahí. Porque me gustaba. Porque la cancha ya era parte de mi vida, como si siempre hubiera estado ahí, esperándome.

‎Le metía disciplina, ganas… y algo que antes no tenía: pasión.

‎En ese proceso también cambié de posición. Dejé de ser extremo, porque apareció un pibe que era mejor que yo en la banda. Más rápido con la pelota, más desequilibrante.

‎Entonces el profe me miró y me dijo:

‎—Vos andá al medio.

‎Y fui.

‎Y ahí entendí algo importante: yo me podía adaptar.

‎Empecé a jugar de mediocampista, más tirado a contención. A veces me mandaban de lateral, otras de central. No era el más talentoso del equipo, pero tenía algo que me hizo ganar mi lugar:

‎cumplía.

‎Era de esos jugadores que no brillan siempre, pero que están donde tienen que estar. Que corren, marcan, pasan la pelota y no se esconden.

‎Ese año jugamos muchas copitas, torneos chicos.

‎No hacía muchos goles. Lo mío era más asistir, recuperar, ordenar. Seguía jugando con mi primo, que era un año menor, pero los dos estábamos en sub 14 aunque yo tenía 12.

‎No logré cosas grandes.

‎Pero cumplía.

‎Y a veces eso ya era suficiente.

‎El tiempo fue pasando entre entrenamientos, partidos y derrotas que dolían más de lo que uno quiere admitir. Nunca salí campeón. Esa era una espina que siempre estaba ahí.

‎A veces jugaba bien.

‎A veces cometía errores que me hacían querer desaparecer.

‎Pero seguía.

‎El club también cambió. El proyecto con Real Santa Cruz se terminó después de un momento duro en el club profesional. Todo se desarmó un poco.

‎Y ahí apareció una nueva oportunidad.

‎Un equipo de ascenso llamado Huracán de Santa Cruz nos tomó como su sub 14.

‎Yo tenía dos años menos.

‎Pero igual era titular.

‎Era un buen momento. Tranquilo. Sin tanta presión. Yo era uno más del equipo, haciendo lo mío.

‎Hasta que jugamos contra Nueva Santa Cruz.

‎Nos pasaron por encima.

‎12 a 0.

‎Un golpe duro. De esos que te dejan pensando si de verdad estás a la altura.

‎Pero el fútbol es así. Te golpea… y después te da otra oportunidad.

‎Y esa oportunidad llegó en 2024.

‎Ese año fue distinto.

‎Arranqué en uno de los mejores momentos de mi corta carrera. Ya no era el mismo pibe inseguro. Me sentía importante. Sentía que aportaba al equipo.

‎Jugaba de mediocampista, más de contención. Recuperaba, distribuía, metía pases que a veces terminaban en gol.

‎Por primera vez sentía que marcaba diferencia.

‎Subimos a sub 15.

‎Yo tenía 13.

‎Y aun así jugaba.

‎Ese año incluso contraté un fotógrafo. Un amigo me lo recomendó y mis padres aceptaron. Me sacaron fotos jugando, corriendo, metido en el partido.

‎Cuando las vi… no lo podía creer.

‎Pasé horas mirándolas.

‎Era como verme desde afuera. Como confirmar que todo el esfuerzo valía algo.

‎Abrí un Instagram para subirlas.

‎Aunque al final… me olvidé.

‎Pero igual, en ese momento, me sentía feliz.

‎Hasta que llegó octubre.

‎Un mes antes de mi cumpleaños.

‎Jugábamos contra el equipo de Torito García.

‎El partido estaba parejo.

‎Íbamos empate en el primer tiempo y el equipo jugaba bien. Yo estaba cómodo, metido, concentrado. Había dado un pase de gol y el mediocampo estaba ordenado.

‎Sentía que el equipo funcionaba.

‎Que todo iba bien.

‎Hasta que en una pelota dividida fui a chocar contra un jugador más grande.

‎Fuimos los dos con todo.

‎Y en ese instante… cambió todo.

‎Su pie cayó sobre el mío.

‎Los tapones me clavaron en el empeine.

‎El dolor fue inmediato.

‎Seco.

‎Fuerte.

‎De esos que no te dejan ni respirar.

‎Intenté caminar… pero no pude.

‎Me tuvieron que sacar.

‎Y desde afuera vi algo que me dolió casi tanto como la lesión:

‎el equipo se cayó.

‎El mediocampo se desordenó. Ya no había la misma marca, ni la misma salida. Todo empezó a desarmarse.

‎El partido que estaba empatado terminó 5-1.

‎Yo estaba sentado, con el pie latiendo, mirando cómo todo se iba… sin poder hacer nada.

‎Esa sensación… de no poder ayudar… fue horrible.

‎Después vino el hospital.

‎Al principio pensé que era la uña.

‎Pero no.

‎Era una fractura en el empeine y en dos dedos.

‎Ese día lloré.

‎Lloré con mis padres.

‎El doctor dijo algo que me quedó grabado:

‎Si se movía apenas un centímetro más… era operación.

‎Y eso podía cambiar todo.

‎Pero hubo suerte.

‎La fractura estaba justo en el lugar exacto para evitar eso.

‎Así que me pusieron yeso.

‎Y empezó lo peor:

‎dos meses afuera.

‎Dos meses sin fútbol.

‎Dos meses viendo a los demás jugar mientras yo estaba quieto.

‎Pasé mi cumpleaños así.

‎Pasé año nuevo así.

‎Triste.

‎Callado.

‎Pensando.

‎Pero nunca pensé en rendirme.

‎Nunca pensé en dejar el fútbol.

‎Hasta que pasó algo en el club…

‎Algo que no me rompió el pie.

‎Me rompió el corazón.



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En el texto hay: historia deportiva

Editado: 17.03.2026

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