Ascenso Y Descenso

SOL

‎El club me hizo a un lado.

‎Así, sin vueltas.

‎El club que tanto quería, el que tanto había defendido dentro de la cancha… me dejó de lado como si nada. Nadie me preguntó cómo estaba. Nadie me escribió. Ni siquiera el profe, el mismo que antes me daba confianza, se acercó a decirme si ya estaba bien.

‎Simplemente… me apartaron.

‎Y eso dolió más que la lesión.

‎Porque una cosa es que te falle el cuerpo.

‎Pero otra muy distinta es que te fallen las personas.

‎Cuando me recuperé, volví… pero ya no era el mismo.

‎Me sentía lento. Impreciso. Pesado. Ese pibe que antes era importante en el equipo, que ordenaba el medio, que cumplía… ahora era segunda opción.

‎Entraba más, sí.

‎Pero no se me daba.

‎Los minutos fueron bajando. De a poco, sin que nadie lo dijera, fui perdiendo mi lugar. Hasta que entendí algo que no quería aceptar:

‎ya no había espacio para mí ahí.

‎Así que tomé una decisión.

‎Me fui.

‎Me despedí del club. Y aunque traté de hacerme el fuerte, la verdad es que me dolió. Me dolió dejar algo que había sido tan importante para mí.

‎Pero a veces… no queda otra.

‎Estuve un tiempo sin equipo. Perdido.

‎Hasta que pasé por una escuelita que estaba vinculada al club Real América, que formaba parte de un proyecto llamado “2022”.

‎Probé de todo.

‎Lateral.

‎Extremo.

‎Mediocampo.

‎Pero nada funcionaba.

‎No rendía.

‎Era como si todo lo que había aprendido… se hubiera quedado en otro lado.

‎Y ahí fue cuando me alejé.

‎Dejé de entrenar. Dejé el fútbol por un tiempo.

‎Probé con el boxeo.

‎Me gustó, no te voy a mentir. Me ayudó con el físico, con el cardio. Me hice fanático, empecé a seguir peleas, me empezó a gustar todo ese mundo.

‎Pero no era lo mío.

‎No se me daba.

‎Era malo peleando.

‎Así que, aunque me gustaba, sabía que no era por ahí.

‎Hasta que un amigo me habló de un club.

‎Yo no estaba muy convencido. Venía con la confianza por el piso, dudando de todo.

‎Pero fui.

‎Y ese día… algo cambió.

‎Desde el primer entrenamiento me sentí incluido.

‎Los pibes eran de barrio, humildes, buena gente. El club era grande, tenía gimnasio, varias canchas… se notaba que había un proyecto serio.

‎La sub 14 recién tenía unos meses de haberse creado.

‎Y por primera vez en mucho tiempo… me sentí cómodo.

‎El profe era un personaje.

‎Un gaucho puteador, de esos que gritan todo el tiempo. Te exigía al máximo, no te dejaba pasar una. Pero era justo.

‎Y eso se notaba.

‎Había intensidad. Había pasión.

‎Algunos no aguantaban ese ritmo, los típicos “hijos de mami” que se cansaban rápido o se quejaban.

‎Pero así es el fútbol.

‎No es para cualquiera.

‎Llegó 2025 y empezó la ACF.

‎Y el destino, como si fuera una joda, nos cruzó otra vez con Nueva Santa Cruz.

‎Esta vez volví a jugar de extremo.

‎Y jugué bien.

‎Desbordé, encaré, mandé centros.

‎Perdimos 4-1, sí.

‎Pero fue un buen comienzo, teniendo en cuenta que éramos un equipo nuevo, sin experiencia.

‎Con el tiempo volví a ser ese jugador polivalente.

‎Jugaba de lateral, de extremo, donde el equipo me necesitara.

‎Y esta vez… me sentía bien.

‎De verdad.

‎La ACF fue dura. Terminamos jugando con apenas 12 jugadores. Cuatro eran sub 13. Nos quedamos sin arquero.

‎Y en un momento… tampoco teníamos un 9.

‎Así que el profe me miró y me dijo:

‎—Vas vos.

‎Y fui.

‎Y ahí pasó algo que no esperaba.

‎Respondí como nunca.

‎Me cargué el equipo al hombro. Empecé a hacer goles, a aparecer cuando más se necesitaba.

‎Jugué 9 partidos de 9… y metí 8 goles.

‎Era otra vez yo.

‎O incluso mejor.

‎Llegó un partido clave.

‎Necesitábamos empatar para clasificar a octavos.

‎Íbamos perdiendo 2-0 en el primer tiempo.

‎Parecía que todo se terminaba ahí.

‎Pero no.

‎En un córner, metí un gol de cabeza.

‎2-1.

‎Después, en una jugada por la izquierda, me fui solo. El arquero salió y, sin pensarlo mucho, le tiré una vaselina.

‎La pelota subió… bajó lento… y entró.

‎2-2.

‎Golazo.

‎Corrí y lo celebré besándome el escudo, con toda el alma.

‎Clasificamos.

‎En octavos quedamos afuera por penales. Yo metí el mío, pero algunos compañeros fallaron.

‎Y bueno… así es el fútbol.

‎A veces no alcanza.

‎Pero ese torneo nos dejó algo: confianza.

‎Entrenamos más fuerte. Llegaron nuevos pibes, buenos, con garra.

‎El equipo creció.

‎Llegó otro campeonato.

‎Yo jugaba de 9… pero estaba en un bajón.

‎No hacía goles.

‎En la clasificación a copa oro metí el empate.

‎Y después… llegó el momento.

‎El gol que teníamos que hacer para clasificar.

‎La pelota me quedó abajo del arco.

‎Era imposible fallar.

‎Y fallé.

‎Ese día lloré como nunca.

‎Sentía que por mi culpa no clasificamos.

‎Pero mis compañeros estuvieron ahí.

‎Me levantaron.

‎—Todavía queda la copa plata —me dijeron.

‎Y seguimos.

‎Llegamos a semifinales. Ganamos.

‎En la final… perdimos 1-0 por un error boludo del arquero.

‎Otra vez cerca.

‎Otra vez no se dio.

‎Pero no estaba todo mal.

‎Habíamos llegado lejos.

‎Y entonces llegó 2026.

‎El año de mi mejor momento.

‎Jugamos un campeonato organizado por el mismo equipo que me había lesionado antes: Torito García.

‎Empezamos mal. Perdimos 3-0 contra nuestro clásico rival.

‎Después empezamos a ganar.

‎Yo jugaba de 9, pero no metía goles. Participaba, ayudaba, pero no convertía.

‎Y eso me pesaba.

‎Hasta que llegó la semifinal.

‎Perdíamos 1-0.

‎Últimos minutos.

‎Todo parecía perdido.

‎Y ahí… volví.

‎Agarré un rebote en el borde del área y le tiré una vaselina al arquero.



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En el texto hay: historia deportiva

Editado: 17.03.2026

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