Ascenso Y Descenso

DECEPCIÓN

Esto es lo más reciente.

‎No pasó ni una semana.

‎Un mes después de salir campeones, jugamos otro torneo, el de Taquito. Íbamos confiados, con el pecho inflado por lo que habíamos logrado. Ya teníamos un 9 fijo, uno que estaba en racha.

‎Y se notaba.

‎Ganamos los tres partidos de fase de grupos. Él metía los goles, yo aportaba desde la banda, asistiendo, cumpliendo.

‎Todo iba bien.

‎Hasta que me enfermé.

‎Influenza.

‎Fuerte.

‎De esas que te dejan tirado, con el cuerpo pesado, la respiración corta, tos, flema… y esa sensación de no tener energía ni para levantarte.

‎Pero igual fui a entrenar.

‎Porque sentía que tenía que estar.

‎Porque quería demostrar que tenía ganas, que tenía huevo, que no iba a abandonar al equipo.

‎Pero el cuerpo no engaña.

‎Bajé el nivel.

‎Ya no encaraba igual. Me cansaba rápido. Las piernas me pesaban como si tuviera plomo. Me faltaba aire.

‎No era yo.

‎Y aun así… no abandoné.

‎Llegó la semifinal.

‎Jugué apenas 20 minutos.

‎Metí dos pases clave, uno terminó en gol.

‎Pero también perdí tres pelotas.

‎Y en una… casi nos hacen gol.

‎Entonces el profe decidió sacarme.

‎Ni siquiera había terminado el primer tiempo.

‎Metió a un pibe de sub 14, cuando nosotros ya éramos sub 15.

‎Y ese pibe… estaba en su día.

‎Terminó metiendo el gol del triunfo.

‎Ganamos 3-2.

‎Pero yo…

‎yo me sentía vacío.

‎Sentía que no había hecho lo suficiente.

‎Que me habían sacado demasiado rápido.

‎Mi viejo se calentó.

‎Se enojó con el profe y me sacó de la cancha, porque ya no iba a jugar más.

‎Y ahí empezó el problema.

‎El profe lo tomó mal.

‎Pensó que yo había abandonado.

‎Que me había ido.

‎Que no estaba comprometido.

‎Cuando en realidad… yo había hecho todo lo contrario.

‎Había ido enfermo.

‎Había dado lo que podía.

‎Pero bueno…

‎A veces no se entiende todo desde afuera.

‎Llegó la final.

‎Y para mi sorpresa… me convocó.

‎Yo pensé que no me iba a llamar.

‎Pero lo hizo.

‎Y eso me dio una pequeña esperanza.

‎Empezó el partido.

‎Yo en la banca.

‎Mirando.

‎Esperando.

‎Primer tiempo: 1-1.

‎El extremo titular estaba cansado.

‎Era mi momento.

‎El momento perfecto para entrar.

‎Pero no.

‎Metió a un mediocampista y mandó al 10 de extremo.

‎Me la banqué.

‎Pensé: “bueno, capaz entro de lateral”.

‎Pero no.

‎Minutos después metió a otro lateral.

‎Después a otro medio.

‎Y así…

‎Uno por uno…

‎fue metiendo a todos los suplentes.

‎Éramos siete.

‎Y metió a los siete.

‎A todos… menos a mí.

‎Incluso intentó meter al arquero suplente, pero no pudo porque no estaba habilitado.

‎A ese punto llegó.

‎Metió a todos menos a mí.

‎Y ahí entendí todo.

‎Perdimos la final por penales.

‎Y yo… ni siquiera había pisado la cancha.

‎Me sentí mal.

‎Triste.

‎Decepcionado.

‎Porque yo siempre estuve.

‎Siempre entré donde me ponían.

‎Siempre intenté aportar.

‎Tal vez no era el mejor del equipo.

‎Pero tampoco era para esto.

‎Vi a mi mamá llorar en la tribuna.

‎Y eso…

‎eso fue lo que más me dolió.

‎Más que no jugar.

‎Más que perder.

‎Ese día no quise saber nada.

‎No fui a recibir la medalla.

‎No saludé al profe.

‎Me fui.

‎Con lágrimas en los ojos.

‎En silencio.

‎Ahora estoy acá.

‎Escribiendo esto.

‎Tratando de sacar todo lo que tengo adentro.

‎Pensando si fue mi culpa.

‎Si fue por no jugar como él quería.

‎O por no ser el mismo de antes.

‎Y la verdad…

‎no tengo una respuesta clara.

‎Pero sí tengo algo claro:

‎esto no es el final.

‎Sé que no soy la gran cosa.

‎Sé que todavía me falta muchísimo.

‎Pero también sé que tengo historia.

‎Y si esto que estoy contando espero que le llegue aunque sea a una persona…

‎entonces ya vale la pena.

‎Porque al final, el fútbol no es solo ganar o perder.

‎Es caer, levantarse… y seguir.

‎Porque a veces el partido más importante… es el que nadie te deja jugar, pero igual decidís no abandonar.



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En el texto hay: historia deportiva

Editado: 17.03.2026

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