Asesina

Reconstrucción -Fátima-

RECONSTRUCCIÓN

—Fátima—

 

 

 

 

 

 

—¿Cómo te sentís?

—Mal…

—¿Podés decirme tu nombre?

Dos minutos de silencio.

—¿Eso no es algo que usted debería saber? —Mi respuesta no lo dejó conforme y pude notarlo, pero es lo único que acudió a mi cabeza.

Ese hombre vestido de blanco se puso de pie luego de lanzarme una comprensiva mirada de circunstancias y aferró mi hombro por unos pocos segundos.

—Descansá un poco —sugirió.

Sólo cuando lo vi alejarse comprendí que ese hombre era un doctor y que yo estaba internada en el hospital. No sabía qué situación era la que me había llevado hasta aquel lugar, pero ¿qué podía importar eso? No tenía nombre ni identidad, por lo que, ¿qué tenía que perder? Tampoco sentía dolor y estaba segura de que sobreviviría a aquello. No, no importaba qué me había llevado hasta aquel lugar, aunque me hubiese gustado saber quién era yo en aquel momento.

El doctor me había dicho que descansara. Cuando uno se encuentra en una situación tan confusa y vulnerable, tiene la sensación de que cualquier otra persona posee la verdad absoluta y se aferra a sus órdenes como si éstas fuesen a regresarlo todo a la normalidad. Por eso me obligué a descansar para obedecer a aquel hombre con la esperanza de que eso me diese las respuestas que no tenía porque era lo único que necesitaba estando allí, acostada en una camilla y sin poder ser consciente de mi cuerpo ni mi pasado.

Cerré los ojos y esperé a que el cansancio hiciera lo suyo. Dios sabía cuánto tiempo había estado dormida, porque entrar y salir de la inconsciencia era una transición veloz y casi imperceptible para mí. En otras palabras, me sería imposible distinguir qué era real y qué estaba sucediendo dentro de mi cabeza. Me era imposible saber qué voces estaba percibiendo mi cuerpo físico y cuáles eran sólo ecos de mis recuerdos. Daba igual si despertaba y veía las luces blancas y deprimentes sobre mí o el pasillo de un colegio: Todo estaba pasando al mismo tiempo y en el mismo nivel. El concepto de realidad no tenía valor alguno en mi estado, era real aquello que lograse sentir y ver. Todo lo demás tan sólo eran etiquetas.

Desperté una decena de veces en el pasillo de aquel colegio. La visión duraba unos pocos segundos, apenas un suspiro contenido durante el cual lograba distinguir muchos afiches, uno de los cuales anunciaba una fiesta, y pasos a mis espaldas. Tenía la sensación de que alguien estaba yendo hacia mí, mi corazón latía como si eso estuviese pasando. ¿Era real? A estas alturas ya lo he explicado: ¿Qué importa eso? Para mí lo era.

En ese estado de descanso en el cual era consciente de mí misma aún sin poder recuperar mi memoria y mi identidad, me obligué a quedarme en el pasillo del colegio para poder saber quién se aproximaba hacia mí. Quién era esa persona que hacía latir mi corazón con fuerza, aunque me encontraba furiosa y estaba deseando golpear a alguien. Algo me prohibía ser violenta. Algo me recomendaba que no diese rienda suelta a mi enojo.

“No desees el mal a nadie, porque volverá por duplicado” decía en mi cabeza una voz de mujer que no lograba reconocer.

Esa voz me despertaba algo. Me despertaba un mundo de emociones encontradas que iban desde la tristeza a la furia absoluta, pasando por una amplia gama de dolores, amor y nostalgia. Fue todo eso lo que me hizo suponer que esa voz tenía que pertenecer a mi madre. Que esa frase había sido pronunciada por ella alguna vez. Quizá muchas veces.

No desees el mal a nadie, porque volverá por duplicado.

Me parecía ver a una mujer rubia con un enorme libro siendo devorado página por página cuando escuchaba aquello.

Pero volvía al pasillo del colegio, porque allí había una información vital, una información que yo necesitaba tener. Miraba al final, donde había muchas puertas y yo debía entrar a alguna de ellas para la siguiente clase, pero no avanzaba: Estaba esperando a que los pasos se acercaran más, estaba esperando que esa persona llegara a mí. Y estaba furiosa.

—¿Cómo te encontrás hoy?

El pasillo perdió color hasta que dejó de ser real. Ahora me encontraba en la camilla de nuevo. Al lado mío se había sentado el doctor y su pregunta me alarmaba un poco. Me llevaba a preguntarme cuánto tiempo había pasado entre una conversación y otra.




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