Asesina

El Derrumbe -Fátima-

EL DERRUMBE

—Fátima—

 

 

 

 

 

 

—¿Estás lista, Fátima?

No, no lo estoy…

Afirmé con la cabeza pese a mi negativa mental. Me acomodé en la camilla moviéndome ligeramente a un lado y a otro y di una honda bocanada de aire para prepararme tanto como pudiese. No puedo explicar exactamente cómo me sentía en aquel momento habiendo sido despojada de la mayoría de mis recuerdos pero comprendiendo que estaba por enfrentarme a algo que me iba a marcar tan profundamente, que difícilmente volvería a tener una noche de sueño reparador. Me temblaban las manos y no lograba relajarme del todo. No importaba cuánto intentase comprenderlo, me era muy duro admitirme que iba a revivir aquello que tanto temía: El día de mi cumpleaños. El día que no era una premonición, sino que un suceso grabado a fuego e imposible de evitar.

La psicóloga puso música para que me relajara. Las ondas sonaban como olas en el mar y sentía que podría sumergirme en una cálida playa y olvidarlo todo por un instante. Las aguas turquesas se presentaron a mi alrededor y el sol bañó mi piel. El calor picaba, pero eso no me molestaba: Estaba cómoda flotando a la deriva, oyendo las olas y la brisa acariciando las grandes hojas de las palmeras.

—Ahora vas a concentrarte en mi voz y vas a relatarme lo que ves —susurró la psicóloga con una voz suave y armoniosa que debía de haber sido creada por los dioses con aquella finalidad: Sumergir a las personas en sus propias mentes. —Quiero que escuches las olas y sientas cómo tu cuerpo flota en un gran cuerpo de agua… ¿Dónde estás?

—En Cancún —respondí automáticamente.

Sabía que era así, había realizado aquel viaje hacía poco tiempo atrás. Mi cuerpo se tensó ligeramente al recordar, pero me concentré en las olas y en el vaivén en que estaba sumergida para que las imágenes no se tambalearan.

—¿Por qué estás en Cancún? —inquirió la psicóloga con su suavidad innata.

—Vinimos a vacacionar con mis padres… —Tragué con dificultad. Un nudo se había producido en mi garganta, aunque no recordaba por qué ese dolor empañaba aquella imagen. —Tienen una mala noticia que darme.

—¿Qué noticia?

—Van a divorciarse.

Quise alzar una de mis manos hasta mi rostro para secar las lágrimas, pero me detuve a tiempo: Si hacía movimientos bruscos iba a hundirme. Respiré hondo una vez más en un intento de calmarme y prepararme, porque sabía que eso no estaba siquiera cerca de ser lo peor que vería.

—Avancemos hasta tu fiesta de cumpleaños, Fátima —me indicó la psicóloga—. Vamos cuatro días antes. Lunes 27 de octubre.

Sus solas palabras funcionaron como un gancho que me arrancó de aquellas cálidas aguas que me mecían con suavidad y me ayudaban a olvidar el inminente desastre en que mi vida se estaba por convertir y me depositaron en un lugar más frío, con luces artificiales y sin agua que se llevara mi furia.

—¿Sabés dónde estás?

—Sí —respondí sin titubear.

Estaba en el pasillo del colegio donde había despertado una veintena de veces estando internada en aquel hospital, oyendo los pasos de Federico y pensando en cuánto desearía arruinar el hermoso cabello de la maldita Pía.

—Muy bien —susurró la psicóloga—. Llevame entonces.

 

.      .      .

 

Lunes 27 de octubre.

Hacía frío en mi ciudad sureña natal, por lo que me había enfundado mis más ajustados vaqueros negros, mi saco de paño favorito con detalles en blanco y unas botas que había adquirido en la última semana por un capricho: Le quedaba muy poco tiempo a aquel frío en Rawson. Muchos de mis compañeros pasaban con sus mochilas colgadas al hombro, pero yo prefería los bolsos. Aguardaba ahí de pie, cruzando los brazos y torciendo los labios en un incontenible gesto de rabia. Estaba esperando a que Federico Scheider se dignara a aparecer.

El timbre sonaba y reverberaba en las paredes del pasillo. Todos los estudiantes que plagaban el lugar se dirigían velozmente a sus cursos, y yo seguía ahí, esperando. La impaciencia me ganaba, golpeaba el suelo con un pie ansioso y soltaba un bufido cargado de rabia. Entonces escuchaba pasos a mis espaldas y ni siquiera necesitaba volverme para saber que era él. Hijo de puta, todo el fin de semana llamándolo y mandándole mensajes, si siquiera se atrevía a darme un beso…




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