Él se dirigió a su habitación a echar la siesta porque su cabeza estaba dando vueltas. Paula marcó el teléfono de la policía con la idea de avisarles. A pesar de las amenazas, trató de convencerla para asistir a la universidad, pero no estaba segura. Por esta razón, habló con él sobre el tema y discutieron bastante.
—¿Por qué tengo que permanecer en casa sin hacer nada? —gritó Miguel a Paula enfadado porque no le dejaba hacer su camino.
—Alguien de la calle te podría perseguir y matarte. ¿No te das cuenta? —sentenció Paula.
—Sí, pero prefiero ser valiente y no cobarde como pretendes —echó la bronca a su madre por no dejarle ir a la universidad.
—Haz lo que quieras —dijo con una voz elevada.
Tras este episodio, se echó las manos a la cabeza con la intención de olvidarse de la bronca.
Cuando estaba en su dormitorio, cogió una camiseta azul y unos pantalones negros y se los puso. Se miró en el espejo y pensó que algo le ocurría tanto en el aspecto positivo como negativo. También, preparó su maleta para no olvidarse de sus pertenencias. Se despidió de Antonio y de Elena. Salió cerrando poco a poco la puerta.
—Me voy a la facultad, querido papá y hermanita —dijo levantando la mano derecha para despedirse.
—Ve con cuidado; yo confío plenamente en ti —elogió Antonio a su hijo.
—Yo también —dijo. Él puso rumbo al metro del Paseo de la Castellana.
En Madrid, hacía un tiempo inestable con lluvia, pero no con tormenta. Miró el reloj para comprobar que tenía tiempo para disfrutar del paisaje y caminar paso a paso hasta la estación. Estaba situada a unos tres minutos.
Sin embargo, cuando la idea de la discusión con Paula apareció en su mente, esta tranquilidad se transformó en nerviosismo, aunque supo controlarlo, pensando en otras situaciones o decirse a si mismo: ya le pediré perdón. De hecho, él quería y apoyaba a su madre más que nunca. Había cometido un grave error con ella.
Llegó a la estación. Eran las ocho de la mañana. De repente, observó a unos estudiantes dispuestos a coger el metro para la Complutense. Sin embargo, prefirió obedecer a Paula y regresar a casa antes de que fuera tarde.
Cuando se giró para salir de la estación de metro, tenía un mal pensamiento y se confirmó la peor de las noticias. Observó a Eusebio, juntamente con un grupo de gente horrible. El líder Eusebio se acercó.
—¡Hola Miguel! —dijo con las manos en los bolsillos.
—Ho-la... —tartamudeó Miguel al ver a su enemigo del pasado.
—Te veo inseguro y muerto de miedo. Ya sé el motivo porque das asco y nadie te va a apoyar —insultó Eusebio a Miguel.
Poco después, le pegó una patada en el abdomen y otro a la altura del corazón, perdió el conocimiento y cayó poco a poco al suelo.
De repente, apareció una joven hermosa que había entrado en la estación. Se quedó sin aliento cuando vio a su antiguo compañero del colegio: inconsciente y sin respiración.
Sin perder el tiempo, llamó a la ambulancia y a la policía. De hecho, abrazó a Miguel.
—¿Estás bien? —le preguntó esta muchacha a Miguel.
—Un poco mejor sí —respondió Miguel con cierto arrepentimiento de lo ocurrido con su madre.
—¿Me conoces Miguel? —gritó la joven—. Soy Mar, la antigua estudiante de secundaria ¿Te acuerdas?
—¡Claro que sí! —respondió Miguel alegre y satisfecho de ver de vuelta a una verdadera amiga.
—¿Quieres que te lleve la ambulancia al hospital? —propuso Mar a Miguel—. He recibido la llamada de Paula, tu madre, diciéndome que te ayudara que tenía un mal presagio —sentenció Mar.
—¿Os habéis discutido por algo? —preguntó Mar.
—Sí, ya te lo contaré cuando esté mejor —contestó Miguel.
De esta manera, la policía y la ambulancia llegaron al lugar de los hechos. El grupo, que había pegado a Miguel, prefirió escapar en un coche de color negro. Los servicios de Emergencia llevaron a Miguel a la Ruber de Madrid con diagnóstico estable, fuera de la gravedad, por suerte.
Cuando llegaron, Mar recibió una llamada de Paula, la madre de Miguel.
—Hola Paula... Miguel está bien. A pesar del incidente con estos extraños individuos, se encuentra bien. Ahora lo verá el médico. No te preocupes —comunicó Mar a Paula.
—¡Hola Mar! Gracias por todo lo que has hecho por nuestro hijo, aunque vendremos a verlo dentro de una hora ¿De acuerdo? —avisó Paula a Mar—. Se lo dirás a Miguel cuando esté mejor —dijo Paula.
Paula, Elena y Antonio bajaron por el ascensor para coger el coche del aparcamiento de su piso. Antonio fue el encargado de conducir; encendió el coche y salieron destino a la Ruber de Madrid. A las diez menos cuarto, la situación meteológica había mejorado, por lo facilitó su llegada al hospital.
Eran las diez de la mañana, cuando aparcaron el coche en la Ruber, dos horas más tarde del horrible episodio ocurrido a Miguel. En cambio, a Miguel le realizaron pruebas y descartaron cualquier situación grave.
Miguel estaba descansando en la cama de la habitación 412 de la Clínica Ruber de Madrid, con buenas sensaciones, pese a los golpes recibidos en el abdomen por parte de la banda liderada por Eusebio en la estación de metro del Paseo de la Castellana. De repente, abrió los ojos y se sentía solo, sin la presencia de su querida familia. Sin embargo, pensó que era mejor que se habituase a estar a solas por su bienestar.
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Editado: 16.01.2026