La noche no era silenciosa, solo parecía serlo.
Verónica apoyó los codos en el volante y miró el reloj del tablero. Faltaban dos minutos para la medianoche. Afuera, la calle estaba casi vacía, iluminada por faroles que parpadeaban como si también estuvieran cansados. No había movimiento. No había ruido. Y aun así… algo no se sentía bien.
Nunca se sentía bien.
—Dos minutos —murmuró para sí misma.
No era superstición. No era una corazonada cualquiera. Era experiencia. Las últimas veces habían sido iguales: calles tranquilas, una sensación difícil de explicar y luego… el momento exacto en que todo cambiaba.
Los dos minutos pasaron.
El sonido del radio la sacó de sus pensamientos.
—Unidad 12, ¿me copia?
Verónica tomó el aparato sin apartar la vista del frente.
—Aquí unidad 12.
Hubo un pequeño silencio antes de la respuesta, como si al otro lado alguien dudara en hablar.
—Se reporta una posible emergencia a tres calles de su ubicación. Vecinos escucharon un golpe… dicen que fue justo ahora.
Verónica no preguntó nada más. Giró la llave, el motor respondió de inmediato y el auto arrancó rompiendo la quietud de la calle.
Justo ahora.
Siempre era justo ahora.
Mientras conducía, sintió cómo esa presión conocida volvía a instalarse en su pecho. No era miedo. Era algo más frío, más claro. Como si una parte de ella ya supiera lo que iba a encontrar.
Doblando la esquina, vio la casa.
Pequeña. De una sola planta. La puerta entreabierta.
Y la luz encendida.
Frenó sin apagar el motor. Durante un segundo, se quedó ahí, observando. Todo parecía… normal. Demasiado normal.
—Claro —susurró—. Siempre parece normal.
Bajó del auto y se acercó con paso firme, aunque cada paso pesaba más que el anterior. Empujó la puerta lentamente.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Instintivamente coloco su mano en su pistola.
El aire dentro era denso. No había señales de lucha a simple vista. Solo una sala ordenada, un televisor encendido en volumen bajo y… algo más. Algo fuera de lugar.
El reloj en la pared.
Marcaba las doce en punto.
Pero no avanzaba.
Verónica frunció el ceño y dio un paso más dentro de la casa.
—Policía —dijo, esta vez más fuerte.
El sonido de sus propios pasos parecía demasiado alto. Recorrió el pasillo hasta llegar a una habitación al fondo. La puerta estaba abierta.
Y ahí lo vio.
Se detuvo en seco.
Durante un instante, no pensó. No reaccionó. Solo miró.
Otra vez.
Sintió cómo su mandíbula se tensaba. No por sorpresa… sino por confirmación.
Detrás de ella, el reloj de la sala seguía detenido.
00:00.
Verónica cerró los ojos por un segundo, respiró hondo y luego volvió a abrirlos. Esta vez, ya no había duda en su mirada.
Esto no era un caso más.
Y no iba a detenerse.
El sonido de las sirenas rompió la quietud de la calle unos minutos después.
Verónica no se movió de la puerta de la habitación. Seguía de pie, mirando hacia dentro, con los brazos cruzados y la mente trabajando más rápido de lo que su expresión dejaba ver. No apartaba la vista, como si hacerlo fuera perder algo importante.
Luces rojas y azules comenzaron a reflejarse en las paredes. Pasos apresurados. Voces.
—¡Detective!
Uno de los oficiales apareció en el pasillo, ligeramente agitado.
—Recibimos su ubicación. ¿Qué tenemos?
Verónica no respondió de inmediato. Dio un paso atrás, dejando espacio para que entraran.
—Otro —dijo al fin, con voz baja pero firme—. Mismo patrón.
El oficial dudó un segundo antes de asomarse. Su expresión cambió al instante.
—…Dios.
—Sí —respondió ella, sin emoción—. Exactamente eso dijeron la última vez.
Más agentes comenzaron a llenar la casa. Algunos acordonaban la entrada, otros hablaban por radio. El ambiente se volvió ruidoso, pero para Verónica todo sonaba distante, como si estuviera fuera de ese momento.
Un segundo agente, más joven, se acercó con una libreta en la mano.
—Detective, ¿hora de llegada?
—Justo después de medianoche.
—¿Testigos?
—Vecinos escucharon un golpe. Nada más.
El agente anotó rápido, aunque se notaba incómodo.
—¿Entrada forzada?
Verónica negó ligeramente con la cabeza.
—No. La puerta estaba entreabierta.
El agente levantó la mirada.
—¿Entonces lo conocía?
Verónica no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron hacia la sala, hacia el reloj detenido.
—O confió en él —dijo finalmente.
El murmullo dentro de la casa crecía. Un técnico pasó junto a ellos con guantes puestos, evitando tocar cualquier cosa sin cuidado. Otro tomó fotografías, el flash iluminando por segundos cada rincón.
Pero había algo que no cambiaba.
Nada parecía fuera de lugar… excepto el tiempo.
—Detective —llamó otra voz desde la sala—. Tiene que ver esto.
Verónica caminó de regreso, seguida por los dos agentes. El oficial señalaba el reloj en la pared.
—Está detenido.
—Lo sé.
—Pero no parece dañado.
Ella lo observó unos segundos más, como si esperara que se moviera.
No lo hizo.
—No es el primero —dijo.
El agente joven frunció el ceño.
—¿Cómo?
Verónica cruzó los brazos otra vez.
—En los otros casos… siempre pasa lo mismo.
—¿Qué cosa?
Ella lo miró directamente.
—El tiempo se detiene.
El agente soltó una pequeña risa nerviosa.
—Con todo respeto, detective… los relojes se detienen todo el tiempo.
—A las doce en punto —respondió ella sin cambiar el tono—. Exactamente a las doce. En todos los casos.
El silencio que siguió fue incómodo.
—Eso no puede ser coincidencia —añadió.
Antes de que alguien respondiera, otro oficial entró apresurado.
—Detective, la jefa viene en camino.
Verónica asintió, como si ya lo esperara.