El café estaba frío cuando Verónica decidió beberlo.
No hizo ninguna mueca. No le importaba el sabor. Lo único que necesitaba era mantenerse despierta.
Frente a ella, la mesa estaba cubierta de fotografías, notas y reportes a medio leer. Cuatro casos. Cuatro escenas distintas. Cuatro vidas que no tenían nada en común... excepto una cosa.
Medianoche.
Verónica tomó una de las fotos y la observó en silencio. Luego otra. Y otra más.
Nada.
—Tiene que haber algo... —murmuró.
No era posible que fuera perfecto. Nadie era perfecto. Siempre había un error, un detalle fuera de lugar, algo que se escapaba.
Pero él no.
O al menos, no todavía.
Un leve golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió despacio y una mujer asomó la cabeza.
—¿Vero?
Verónica levantó la vista. Por un segundo, su expresión cambió.
—Emma.
Emma Corvin entró con una bolsa de papel en la mano y una sonrisa que contrastaba completamente con el ambiente.
—Traje comida —dijo, levantando la bolsa—. Porque sé que cuando te obsesionas con algo, se te olvida que eres humana.
Verónica dejó la foto sobre la mesa.
—No estoy obsesionada.
Emma arqueó una ceja mientras dejaba la bolsa frente a ella.
—Claro. Y yo no doy tareas los viernes.
Un pequeño silencio. Luego, casi sin querer, Verónica soltó una leve sonrisa.
—Gracias.
Emma miró la mesa, las fotos, el desorden.
La sonrisa desapareció un poco.
—¿Es él?
Verónica asintió.
—Cuatro.
Emma tragó saliva, procesando.
—¿Todos iguales?
—Demasiado.
Emma se sentó frente a ella, más seria ahora.
—Vero... eso no es normal.
—Lo sé.
—No, me refiero a que... —Emma dudó—. Ni siquiera suena real.
Verónica tomó otra foto, sin mirarla realmente.
—Lo es.
El silencio volvió, más pesado esta vez.
Emma apoyó los codos en la mesa, inclinándose un poco hacia ella.
—¿Has dormido?
Verónica no respondió.
—Eso pensé —dijo Emma en voz baja.
—No tengo tiempo para dormir.
—Siempre dices eso.
Verónica finalmente la miró.
—Porque siempre es cierto.
Emma sostuvo su mirada unos segundos, como buscando algo.
—Antes no eras así.
Verónica no respondió de inmediato. Sus ojos volvieron a las fotos.
—Antes no tenía esto.
Emma suspiró suavemente.
—Sigo sin entender por qué tú.
Verónica frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que siempre te asignan los casos... más pesados —respondió Emma—. Como si esperaran que tú cargues con todo.
Verónica se recostó en la silla.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Sí, pero ese alguien no siempre tienes que ser tú.
Un segundo de silencio.
—No es una elección —dijo Verónica—. Es lo que soy buena haciendo.
Emma la miró con atención.
—¿Y a qué costo?
Verónica no respondió.
El reloj en la pared marcaba las 2:17 a.m.
El tiempo avanzaba... pero en su cabeza, todo seguía detenido en el mismo punto.
00:00.
Emma siguió su mirada.
—¿Otra vez la hora?
Verónica asintió.
—Siempre vuelve ahí.
Emma cruzó los brazos.
—Entonces deja de mirarla como si fuera un misterio imposible. Es una hora, Vero. Todos los días llega.
—No así.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Verónica se inclinó hacia adelante, más enfocada ahora.
—No es solo que ocurra a medianoche. Es cómo ocurre.
—Explícate.
Verónica tomó una de las fotos y la deslizó hacia ella.
—No hay señales de prisa. No hay errores. No hay ruido suficiente como para alertar a alguien antes.
Emma miró la imagen con incomodidad.
—Entonces... ¿qué?
Verónica bajó la voz, casi como si decirlo en voz alta lo hiciera más real.
—Es como si las víctimas... no vieran venir lo que pasa.
Emma levantó la mirada de golpe.
—¿Eso es posible?
Verónica la sostuvo.
—No lo sé.
El silencio volvió a instalarse.
Pero esta vez, algo cambió.
Emma dejó la foto a un lado, pensativa.
—En la escuela... —empezó— a veces hay niños que no reaccionan cuando algo pasa. No porque no puedan... sino porque confían.
Verónica la miró con atención.
—¿Confían?
Emma asintió.
—Sí. Si creen que están a salvo, no sienten peligro. No gritan, no corren.
Verónica se quedó inmóvil unos segundos.
Luego, lentamente, volvió a mirar las fotos.
—Confianza... —repitió.
Su mente empezó a moverse otra vez.
Rápido.
—La puerta no estaba forzada... —murmuró.
—Vero...
—Y no hay señales de lucha...
—Verónica.
Ella levantó la vista de golpe.
—Lo dejan entrar.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Estás diciendo que lo conocen?
Verónica negó lentamente.
—O creen conocerlo.
El ambiente en la habitación cambió.
Ya no era solo un caso imposible.
Era algo más cercano.
Más peligroso.
Emma se levantó despacio.
—Eso es peor.
Verónica no respondió.
Solo tomó su chaqueta sin apartar la vista de la mesa.
—¿A dónde vas? —preguntó Emma.
—A revisar las víctimas otra vez.
—Son las dos de la mañana.
—Lo sé.
Emma dudó un segundo.
—Vero... ten cuidado.
Verónica se detuvo en la puerta.
Por un instante, pareció querer decir algo más.
Pero no lo hizo.
—Siempre —respondió.
Y salió.
Emma se quedó sola en la habitación, rodeada de fotos que no quería volver a mirar.
El reloj seguía avanzando.
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La morgue siempre olía igual.
Fría. Limpia. Silenciosa.
Verónica empujó la puerta con una mano mientras con la otra sostenía su chaqueta. El contraste con el exterior era inmediato; ahí dentro, el tiempo no corría... se quedaba.