"I've never heard silence quite this loud."
El castillo no tardó en encontrar una nueva forma de tensarse.
Después del anuncio del cuarto campeón, Hogwarts se había convertido en un organismo nervioso, hecho de miradas sobre el hombro, pasillos demasiado llenos y silencios que duraban un segundo más de lo normal. Las conversaciones se apagaban cuando alguien importante pasaba. Las risas sonaban forzadas. Y hasta los retratos parecían discutir en voz baja, como si el chisme hubiera adquirido un peso diferente.
Fred Weasley, por supuesto, seguía riéndose.
Era parte del hábito. Parte del escudo. Parte del acuerdo no verbal que llevaba años sosteniendo con el mundo: si él hacía ruido, otros no tenían que escuchar lo que les daba miedo.
El problema era que esa semana el miedo se colaba igual.
Esa mañana, en la mesa de Gryffindor, Fred estaba de pie sobre el banco, haciendo una imitación exagerada de Viktor Krum que arrancaba carcajadas en cadena. George acompañaba la escena desde abajo, comentando con una seriedad absurda que hacía el cuadro todavía peor.
—Y entonces el gran campeón —decía Fred, con acento impostado— lanza una mirada dramática al Cáliz y piensa, yo, Viktor Krum, definitivamente necesito un mejor corte de pelo para sobrevivir a esto
Angelina Johnson le lanzó una servilleta, riéndose a medias.
—Bájate, Weasley
—No puedo —respondió él— el arte requiere altura
A su lado, George levantó una taza como si brindara.
—Por el arte
Fred se inclinó para aceptar el aplauso improvisado, y por un instante sintió que lo había logrado. Había arrancado risas reales. Había desplazado la tensión al menos unos minutos.
Entonces Percy apareció detrás de ellos.
Fred lo sintió antes de verlo. Percy tenía una manera particular de ocupar espacio que lo hacía imposible de ignorar, incluso cuando intentaba pasar desapercibido.
—Fred —dijo Percy, con ese tono de autoridad prestada que usaba desde que era prefecto— George
George dejó la taza sobre la mesa con lentitud.
—Uh oh
Fred sonrió con exagerada inocencia.
—Buenos días, hermano mayor. ¿Vienes a celebrar mi contribución cultural a Hogwarts
Percy no se rió.
—Los profesores quieren verlos
La sonrisa de Fred no se movió, pero algo en su estómago se apretó.
—¿A los dos?
—A los dos —repitió Percy, más seco— ahora
Fred bajó del banco y se ajustó la túnica como si fuera una cuestión de etiqueta. George caminó a su lado, su expresión más relajada que la de Fred, pero con ese brillo particular de alerta en los ojos que compartían desde niños.
—¿Crees que es por las orejas extensibles —murmuró George
—No —respondió Fred, sin dejar de caminar— no tendría sentido. Nadie puede demostrar nada
—Podría ser por el intento de venderle un toffee a un alumno de Durmstrang
—Eso fue investigación internacional —dijo Fred— y además, él lo pidió
Percy los llevó por una serie de pasillos y escaleras hasta el tercer piso. No al despacho de Dumbledore, lo cual habría sido aterrador, sino a una sala más pequeña, una de esas que se usaban para reuniones serias y castigos discretos.
Fred reconoció la puerta antes de llegar.
Cuando entraron, se encontró con dos presencias que no esperaba ver juntas.
Una era el profesor Moody, apoyado contra la pared, con ese ojo mágico girando en círculos inquietantes.
La otra estaba sentada en una mesa, con la espalda recta, las manos ordenadas sobre el regazo, mirando al frente como si estuviera en un juicio.
Rowena Rosier.
Fred se quedó quieto un segundo. George también.
Rowena alzó la vista lentamente y sus ojos se encontraron con los de Fred. No rodó los ojos esta vez. No sonrió. Tampoco pareció sorprendida.
Parecía... resignada.
Eso, de alguna forma, lo irritó más que cualquier gesto.
—Perfecto —murmuró Fred, apenas audible— esto es exactamente lo que necesitaba hoy
George lo miró de reojo.
—Me siento bendecido
Moody carraspeó.
—Siéntense
No sonó como una sugerencia.
Fred se dejó caer en una silla, cruzándose de brazos, mientras George se acomodaba a su lado con un aire más casual. Rowena no se movió. Seguía mirando al frente, como si estuviera lista para recibir un veredicto.
Percy permaneció cerca de la puerta, claramente incómodo. Fred casi sintió pena por él. Casi.
—El Torneo no es un juego —gruñó Moody— y hay demasiadas cosas pasando en este castillo que no me gustan
George inclinó la cabeza.
—A nosotros tampoco nos gusta Percy, profesor
Percy frunció el ceño.
—No era necesario, George
Moody ignoró el intercambio. Su ojo mágico giró hacia Fred, fijándose en él con una intensidad desagradable.
—Tú —dijo— te metes donde no debes
Fred levantó las cejas.
—Eso es una acusación general o una observación específica
El ojo mágico se movió hacia Rowena.
—Y tú —continuó Moody— ya estás metida
Rowena apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
Fred sintió la curiosidad encenderse como una chispa. Quiso mirarla, pero se obligó a mantener la vista en Moody.
No era momento de provocaciones fáciles. No cuando el aire olía a amenaza.
—No tengo paciencia para su rivalidad de casas —dijo Moody— ni para sus dramas adolescentes. Necesito ojos y oídos en lugares donde los profesores no pueden estar todo el tiempo
George se acomodó en la silla.
—¿Está diciendo que somos...?
—Útiles —interrumpió Moody
Fred abrió la boca para reírse, pero algo en el tono del profesor lo detuvo.
—Han visto cosas —continuó Moody— han estado cerca de cosas. Y eso significa que, les guste o no, están involucrados. Así que van a colaborar
Rowena alzó por fin la mirada.
—¿Colaborar —repitió— con ellos
Fred sonrió, cargado de veneno dulce.
—La emoción es mutua