Ninguna guerra ha perpetuado lo eterno. Excepto, quizá, la que todo corazón libra en su interior, sea divino o mortal.
Durante la Guerra de Troya, la influencia de un único par de seres transformó la naturaleza del conflicto por más de una década. Concebida por el ego divino, la batalla encontró su fin gracias al legado de uno ellos.
Diez años después de que las cenizas de Troya disiparan la épica, da inicio esta historia.
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Unas alas cortan los cúmulos en picado. Las garras se abren hacia un lecho de anémonas rojas. Allí, una paloma clava la mirada en el predador. No es miedo. Es otro instinto ancestral.
Antes de que sus garras se contraigan, un silbido corta el aire.
El último trinar de la rapaz estremece el claro. Unas pezuñas se abren paso entre la hierba. Y él cae de rodillas frente a su presa. El enorme arco se desliza de su hombro. Con manos temblorosas, toma el cuerpo del predador. La cabeza del ave se balancea, inerte.
Un sollozo se desgarra en su garganta.
—Perdóname… Tú solo seguías tu instinto. Yo no quería arrebatarte la vida. Lo siento tanto.
La avecilla blanca ladea la cabeza. Mira con curiosidad al arquero que llora, como si hubiera perdido a un viejo amigo.
La paloma aparta los pétalos de su refugio. Extiende, con trabajo, el ala derecha. Sacude su plumaje y se acerca, cautelosa, al extraño. Ulula por lo bajo. Él, eleva las orejas ante aquel trino lastimero y la mira. La paloma, confiada, se aproxima. Pero tras unos pasos, cojea.
Él deposita el cadáver entre las flores y se acerca con mesura. El ave lo observa, atenta, y levanta su ala temblorosa. Él comprende al instante. Seca sus lágrimas con el dorso de la mano y asiente.
Analiza al frágil ser: sus patas rosadas, el plumaje desordenado. La carga con sumo cuidado entre sus manos. Inhala profundo, recuperando algo de paz con tan simple acto. El agarre se vuelve seguro.
Retoma el arco y se lo echa al hombro. Se pone de pie y avanza, cuidando de no aplastar las flores con sus pezuñas. Observa alrededor. No hay nidos cerca.
—¿Cómo llegaste aquí en ese estado? — observa al ave, que solo le devuelve la mirada y suspira. Sigue avanzando. Nada. Los nidos que divisa tienen ocupantes que no se le parecen.
De pronto, una gota de agua cae sobre su cornamenta rota. Un estremecimiento recorre su lomo. La fina lluvia comienza a caer, cálida y delicada. El fauno, preocupado por su preciada carga, corta un par de hojas amplias e improvisa un manto para cubrir al ave.
—Parece que estás muy lejos de tu hogar. Ven. Te llevaré al mío. Cuidaré de ti hasta que sanes.
La paloma oculta el rostro entre sus alas y se hace un ovillo. El fauno sonríe con alivio. A su manera, parecía que el ave aceptaba la ayuda.
Al llegar a su humilde cabaña, él estaba empapado. Pero no el ave. Usualmente, el fauno no tardaba en llegar a su hogar; su velocidad rozaba la de Hermes. Pero en esta ocasión, un mal paso podría lastimar a su nueva amiga. O eso quería pensar. Tal vez tanto tiempo solo, lo acercaba más a la locura.
El fauno buscó un sitio para su huésped, alegrándose al encontrar el indicado: ¡el canasto con manzanas! Lo vació y forró el fondo con lino suave. La paloma observó los frutos con tal intensidad, que un escalofrío recorrió su columna
—Entiendo. Alejaré esto de tu vista.
Cargó el canasto con cuidado. Un sutil estornudo de su huésped lo hizo volver la mirada. El fauno sonrió con ternura y le dio un toque sutil a la cabecita del ave. El plumífero se esponjó y cerró los ojos.
—No tardo. Solo permíteme secarme, o seremos dos los enfermos. Eso no sería bueno.
Colgó el arco en su sitio y salió de la habitación. Mientras la paloma esperaba en su improvisado nido, escrutó con curiosidad aquel refugio. Modesto, algo polvoriento. Pero su atención se fijó en el arco, demasiado grande y pesado para un ser de su tamaño, sumado al forro de piel de león.
Siguió curioseando: la estantería exhibía diversas piezas bélicas, tan pulidas que brillaban con una luz fría. El ave esponjó sus plumas. «Las apariencias engañan. Este ser es amante de la guerra». Bufó.
Volvió la espalda a ese rincón. Al continuar su exploración, encontró algo de su agrado: un hermoso tapiz con flores blancas que bordaban el nombre de "Stelios". Al girar, se estremeció. Su plumaje se erizó y emitió un gorgojeo de sorpresa. El fauno estaba tras ella.
«No escuché sus pezuñas... ¿Cómo es posible?»
Él se sobresaltó ante la reacción. Se agachó a su nivel y elevó las palmas, tratando de calmar al huésped. Los nervios lo inundaron de vergüenza.
«Cómo pude asustar así a un animal lastimado. Casi es devorado y ahora su corazón podría detenerse del susto. Atenea, ¿cómo fue que me tuviste tanta paciencia?»
—Tranquila, pequeña. No pretendía asustarte. Perdona mi torpeza.
El ave recompuso sus plumas y volvió la mirada al tapiz.
—¿Eso? —su voz se suavizó—. Es un regalo de mi madre. Mi padre no comprende la razón por la que me nombró así. Ni yo mismo, para ser honesto. —Se rascó la nuca con cierta pena—. ¿Me permites examinarte?
El ave se dejó hacer. Las manos de Stelios, callosas por la empuñadura de las armas, trazaron su contorno con la meticulosidad de un artesano.
—Tus ojos y plumaje delatan tu juventud. —El fauno sintió una opresión en el pecho; su sonrisa se apagó—. Igual que las suyas... —Miró por la ventana el caer de la lluvia, el aroma a tierra mojada—. Al menos el agua lavará la sangre de su cuerpo... —Con la cabeza baja, exhaló. Miró a la paloma—. No. Era muy injusto. Tú estás herida y tan sola.
La paloma trinó por lo bajo; ella parecía entenderlo, y prosiguió.
—Eres tan pequeña y valiente. No lloraste, ni pediste ayuda. Pero aun así, no eres nadie...
Ambos cruzaron miradas. En ese instante, el fauno cayó en la cuenta: ese diálogo era para sí mismo.
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Editado: 16.02.2026