Tan inaudita visión descolocó al fauno de la cornamenta a las pezuñas, robándole el aliento. Tras mirar su reflejo en la mirada ajena, tamborileó la superficie con sus dedos: confirmó que sus ojos no le engañaban. No se trataba de áspera lana, sino de la seda carmesí que envolvía los delicados costados de la diosa.
Ella se deslizaba con fluidez felina. Los instintos primordiales de Stelios le gritaban que huyera, pero el peso divino sobre su regazo lo inmovilizó por completo. Sentía el palpitar de su corazón en la garganta.
Apartó las manos con cautela. No pasó por alto que la dulce esencia de rosas ocultara un vaho a muerte. Cuanto más se acercaba la divinidad, más fruncía los ojos, limitando su mundo a una rendija. Sus latidos resonaban con fuerza. Se negaba a cerrar los ojos; temía que, si se sumía en la oscuridad total, jamás volvería a ver la luz.
Afrodita se detuvo. Retrocedió un palmo. Stelios abrió los párpados, despacio. Ella sonrió ante su descubrimiento. Observó al fauno petrificado, segura de que la embriagaba su imagen de ensueño.
Con un gesto sutil, tomó el mentón de Stelios. Se acercó hasta que su cálido aliento acarició la piel del arquero. Sus ojos de jade advirtieron las delgadas cicatrices que enmarcaban los ojos del fauno. Pero no se detuvo, y siguió escudriñando el peculiar color lavanda de su anfitrión.
Fueron instantes de un silencio total, en los que la diosa parecía querer desentrañar el rincón más recóndito de su alma. Él solo apretó los puños con fuerza, esperando el golpe que no llegó.
Luego, Afrodita se distanció con la misma delicadeza letal. Para Stelios, esos segundos fueron una eternidad. Recuperó el aliento y relajó las manos.
La diosa se irguió por completo. Las patas del fauno temblaban. Ella le dedicó una mirada que no era compasión, sino el interés de una coleccionista por una pieza rara, y su voz resonó con una dulzura cortante.
—Tu piel es un mapa de batallas, mas tus ojos no tienen la mirada de un guerrero.
Stelios abrió de par en par los ojos, desprevenido. Afrodita se cruzó de brazos, impaciente.
—Y no solo eso. Tu cuerpo parece actuar por cuenta propia. —Señaló sus patas. Stelios posó sus manos en las rodillas; el temblor disminuyó. Ella asintió complacida; su obediencia le agradaba—. Un reflejo, ¿no es así?
Se acercó a la estantería. Delineó con un dedo perfecto los vértices de un yelmo, dejando un surco en el polvo.
—Dime, ¿tienes alguna razón para conservar esto? No pareces tener el temple para derramar sangre ajena. Tú, que lloras al fulminar para salvar…
Ante la pregunta, el rostro del fauno se ensombreció. Pese al temblor de sus patas, se puso de pie y se dirigió a la estantería. Afrodita analizaba con avidez cada uno de sus movimientos.
Al llegar, Stelios tomó el yelmo entre sus manos, sonriendo con una amargura que le agrió la voz.
—Su atención al detalle es formidable, mi señora. Mi devoción era hacia mis pupilos. No obstante, ellos... se encaminaron por los senderos de la guerra.
El fauno regresó el yelmo a su sitio y, de un cajón oculto, extrajo un pequeño pergamino.
—Esto podría ser de su agrado. Son los primeros versos que mi estudiante le dedicó a su amor.
La diosa desenrolló el papiro con una curiosidad genuina. Sus ojos recorrieron los trazos torpes, y una sonrisa de compasión auténtica se dibujó en sus labios.
—No está mal. Reconozco el ingenio para crear versos con "fuego abrasador" y "fuerza implacable", aunque dudo mucho cautiven genuinamente a una doncella... No negaré que el amor profesado es tierno, a su modo.
Afrodita dejó el rollo a un lado, prefería no ahondar en esos temas, pero no quería ser descortés con Stelios, cuya mirada se perdió en el vacío unos instantes, antes de añadir:
—Sus nobles sentimientos le fueron correspondidos y, al madurar, concibieron un hijo. Sin embargo, tras cumplir su misión, se desconoce su paradero...
La diosa advirtió entonces cómo los ojos del fauno retenían un mar de lágrimas, y su boca, un centenar de historias por contar. Se acercó entonces, con un contoneo que era un arma en sí mismo. Colocó su índice sobre los labios del fauno, sellando cualquier palabra.
—Cuéntame más... mañana. ¿Te parece bien?
Stelios asintió con la cabeza, incapaz de articular sonido. Ella le dedicó una sonrisa que no era apacible, sino una promesa. Se dio media vuelta. Cada paso sonaba cual verso de seducción. Al llegar a la mesa, se giró para mirarlo y le guiñó un ojo. La espuma de mar envolvió su cuerpo, devolviéndola a su humilde forma plumífera.
Se recostó en el canasto y trinó con suavidad. Stelios se levantó de la silla con torpeza. Hizo una reverencia y apenas atinó a musitar:
—Que Orfeo cuide también de sus sueños, mi señora.
El ave cerró los ojos y se hizo un ovillo. El fauno salió de la habitación sin hacer el menor ruido, preguntándose si todo había sido un sueño.
«Quizás esas moras estaban fermentadas... sabía que comer algo tan dulce no sería nada bueno. Seguro todo volverá a la normalidad mañana.»
Pero, al despertar, notó un montón de manzanas sobre su mesita. Y en la mesa central, el canasto con la tela de lino. No fue un sueño. Fue real.
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Editado: 02.03.2026