El fauno miró de soslayo a la paloma. El ave ladeó la cabeza y dio un par de saltos. Stelios frunció los ojos. La paloma sacudió la cola, extendió las alas y saltó a la silla, donde retomó su forma divina.
Cruzó las piernas con una elegancia que era un decreto, y declaró:
—Tal parece que tus ojos son deslumbrados ante la encarnación de los sueños de miles.
Afrodita tomó el frutero y seleccionó una uva, depositándola entre sus labios como una ofrenda a sí misma.
—Ahora, tu huésped, gentil Stelios…
Con un gesto, instó al fauno a acercarse. Él avanzó, cada paso medido. Al terminar la fruta, y ante la rigidez perpetua de su anfitrión, preguntó:
—Dime, ¿acaso no te complace la bendición que se te ha concedido?
Tomó otra uva y la aprisionó con fuerza en su puño. Stelios contuvo el aliento. Ella abrió la palma con suavidad: donde hubo fruta, ahora una gema púrpura latía.
El fauno cruzó la mirada con ella. Elevó una mano, pidiendo un momento. La diosa asintió con una sonrisa, apoyando su rostro en las palmas: a la par estudiaba cada tic y alteración en la respiración del arquero.
Tras siglos, reconocía hasta el menor gesto: tanto de devoción como deseo. Pero aquel fauno de cornamenta rota era una intriga total. Y a ella le complacía descifrarlo.
«Qué adorable ser.»
Stelios se dio media vuelta con total rigidez y se dirigió a la estantería. Del cajón sacó una correa de cuero de la que pendía una lupa, regalo de su abuelo. Tomó un banco y lo colocó frente a la diosa.
Limpió el lente y examinó el obsequio. Su color tan distinto despertó mil preguntas en él. Mientras admiraba los destellos internos de la gema, la curiosidad de la diosa por el artefacto creció hasta ser tangible. Extendió la mano al frente para solicitar la lupa. Stelios asintió y se la entregó.
La calidez de los dedos divinos, así como su sed de respuestas, le recordaron a sus jóvenes pupilos. Sin darse cuenta, la tensión en sus hombros cedió.
La diosa observó primero las palmas callosas. Después, las cicatrices en el contorno de esos ojos, de pupilas únicas.
—Vaya. El detalle que se aprecia es magnífico —murmuró, absorta en el mundo que la lente revelaba.
Al aproximarse más, notó de nuevo ese gesto en Stelios, ese fruncir de ojos. Ya que su anfitrión se adaptaba a su estadía, parecía tener otra razón. Así que le preguntó en susurro:
—Dime, ¿no eres capaz de admirar con claridad el esplendor del todo?
El fauno asintió con un suspiro, su respuesta fluyó con mayor confianza.
—Así es, mi señora. No es que desprecie su compañía. Para mí es un honor inmerecido. —Unió ambas palmas en ruego e inclinó levemente la cabeza—. Pero le pido paciencia. Valorar los detalles me exige usar la lente. —Elevó la visión, que despedía una chispa de alegría—. Le agradezco de corazón. Es… muy amable conmigo, mi señora.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Afrodita, realzando su esplendor olímpico. El fauno aceptó su gratitud, y con ello, su estadía.
—La manera en que diriges tu verbo sería aplaudida por la mismísima encarnación de la sabiduría. —Desvió la mirada y un suspiro escapó de sus sedosos labios—. Mas mi afinidad con esa deidad es… escasa. —Balanceó una uva entre sus dedos y añadió—. Tu caso es distinto.
Depositó la uva en los labios de su anfitrión, quien la recibió con una leve inclinación.
—¿Es mérito propio, o acaso ella te brindó parte de su conocimiento?
Stelios esbozó una sonrisa y, sonrojado, desvió la mirada, musitando:
—Tendrá su respuesta después de su baño, mi señora. Es algo digno de contarse con un buen pan, queso suave y algo de vino.
Los ojos de la diosa brillaron con un fulgor dorado ante la pícara respuesta. Su anfitrión era un cofre de sorpresas gratas, a diferencia del de Pandora. Stelios devolvió la mirada a su huésped, y señaló al norte.
—En esa dirección hay un lago cristalino que podría ser de su agrado, mi señora.
Su visión recorrió de pies a cabeza la figura divina. Consideró que esa piel de mármol podría dañarse aún con la más suave de sus toallas. Se cruzó de brazos, miró al techo y analizó diversas opciones para tal dilema. Se puso de pie y se dirigió a buscar algo digno en su cofre, descartando tela a tela.
La diosa, al principio, se sintió desconcertada por el pequeño caos. Pero, al caer en cuenta sobre la causa y ver cómo el fauno se ocupaba tanto en resolver por su cuenta tal trivialidad, le resultó profundamente tierno.
—¡Stelios!
Lo llamó con suavidad mientras apoyaba su palma en el hombro del fauno. Este elevó las orejas ante el tacto y regresó a la realidad.
—Ven, requiero unos favores de tu parte. Cúmplelos al pie de la letra y te otorgaré… una porción de mi favor.
El fauno ladeó la cabeza, dubitativo.
—Prometo que te divertirás, son pequeñas hazañas que no requieren que salgas más allá de tus dominios.
Su anfitrión asintió, la curiosidad venció su precaución.
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Editado: 02.03.2026