Una ráfaga caoba serpenteaba con agilidad vertiginosa a través de los inmensos árboles. Su paso veloz hacía que las flores se agitaran, y un par de pétalos se adherian a su pelaje, como si le suplicaran, un respiro.
Él, absorto en su labor, solo detenía la marcha para tareas puntuales: Agacharse. Cortar un tallo. Escalar el tronco y una vez en la cima, apartar con cautela al arácnido que retosaba en su telaraña. Enrollo todo en una rama y salto al suelo. Busco su siguiente objetivo y repitió hasta formar un carrete de seda blanca e impecable.
—Vaya, es hermoso... —
La blancura de la hilaza, le recordo el nevado día, cuando se despidió de su mentora. No obstante, se puso de pie y estiró, para cumplir la encomienda. Pero sus pezuñas abandonaron todo sigilo, cuando advirtió un par de iniciales talladas en un tocón. Sacudió la cola con alegría y sonrió. Pese a los años, aún encontraba rastros dispersos de sus adorados estudiantes, en los rincones más inesperados de Arcadia: el legendario bosque cambiante que lo vio nacer.
Mientras tanto, en la cabaña, Afrodita se aseguró de cerrar bien las cortinas, para evitar cualquier indiscreción divina.
Buscó algunos utensilios y regresó a la mesa. Tomó las uvas del frutero, retiró las semillas y las depositó en un cuenco con agua. Colocó los frutos en un paño y exprimió hasta la última gota de jugo dentro del cántaro. Sopló el interior, lo tapó con una tela y sonrió, orgullosa.
—No será ambrosía, pero no estará nada mal. Bien, veamos qué otra cosa puedo hacer aquí…
La rústica y sombría cabaña de madera distaba mucho del fino y deslumbrante mármol de sus aposentos dentro del Olimpo. Más se dejó guiar por un exquisto aroma, que contrastaba con el dulzor frutal de la habitación.
La diosa abrió despacio la despensa de su anfitrión. El interior guardaba un delicioso tesoro que Deméter aprobaría: pan de corteza crujiente pero miga suave, de sabor neutro. Rió para sus adentros, traviesa.
«Identico al dueño de este sitio, bueno, pero bastante simple para mi gusto…»
Observó el resto de frutos en la mesa. Y colocó su mano temblorosa sobre el pecho. El frío matinal, sumado al vacío que dejo cierta ausencia, mermaban sus fuerzas estando en soledad.
Subió despacio las escaleras a la habitación donde las mantas y telas quedaron dispersas. Doblo y guardo casi todas las telas, a excepción de la última, que tenía bordadas anémonas blancas. Los ojos de la diosa se tornaron cristalinos. El peso de su corazón era insostenible. Dolía tanto.
—Con mesura, diosa nacida de la espuma… — musitó — tampoco deseo ser una carga para el...
Solo un par de días bastarían para que su mente repusiera fuerzas; no podía regresar al Olimpo en ese estado...
Por lo que se dejó caer sobre la cama de Stelios, el fauno que lograba distraerla de sus penas.
Mientras tanto, lejos de la cabaña, las pezuñas de Stelios apenas rozaban el suelo. Su velocidad cortaba el viento, pero no la flora.
Al terminar de recolectar los encargos, sintió cierta prisa por volver, hacía tiempo que nadie esperaba su regreso a casa.
—Todo listo. —se dijo a sí mismo, ajustando el carrete de seda en su hombro.
Pero a medio trayecto, sintió una mirada clavada sobre él.
Stelios apretó el agarre sobre el cordel. Disimuló seguir recolectando materiales, arrancó un par de hierbas y se sentó un momento. La presencia se mantenía a raya, oculta entre las sombras del bosque. No era ni instinto predador, ni curiosidad, y no poder descifrarlo le inquietaba más.
Al llegar a un riachuelo, dejó de lado los encargos con cuidado aparente. Fingió agacharse a beber, pero en un movimiento "accidental", tiró una rama al agua.
El chapoteo rompió la quietud del agua en ondas. Como esperaba, la ninfa del riachuelo respondió furiosa, disparando rocas en su dirección. Stelios las esquivó de un salto ágil, de esta trampa no se libraría el ente.
Por un instante, el observador reaccionó ante el estruendo. La sombra se movió entre los árboles, rápida como el pensamiento. Stelios giró para perseguirla, se impulsó con velocidad, pero solo halló un rastro de hollín donde había estado la presencia.
Y algo más.
Stelios tomó entre sus dedos parte de la ceniza y frunció el ceño. El olor que despedía era inconfundible.
—Esto es incienso de azufre.
Se dio media vuelta hacia el riachuelo, guardando una pizca entre sus ropas.
—Perdona las molestias, doncella del agua, pero quisiera saber si conoces a esa entidad.
Las aguas burbujearon con indignación antes de que emergiera la pequeña figura, delicada y menuda. Esta hizo de lado los negros cabellos que cubrían su rostro, revelando ojos oscuros. Negó con la cabeza, pero luego, señaló los materiales junto a la orilla: la seda, la miel y el laurel.
Él se sorprendió un poco ante la duda, pero aclaró:
—¿Eso? No son para mí.
La ninfa se cruzó de brazos y frunció el ceño con escepticismo. Stelios elevó las palmas, antes de que ella tratase de llevárselos.
—¡Son encargos para una olímpica! —explicó, sorprendido por elevar la voz más allá de lo usual.
La pequeña dio un respingo. Sin mediar palabra, se sumergió en las aguas con un chapoteo apresurado que apenas disimuló su miedo.
Stelios agachó las orejas. Parecía una muy mala excusa e ingratitud suya. Exhaló con pesar.
—Me olvidé agradecerte, lo siento. ¡La próxima vez que vaya a la aldea, te traeré los dátiles que tanto te gustan!
Contempló su reflejo en el agua, distorsionado por las ondas que la ninfa dejó. Al poco, un par de peces saltaron a la orilla en respuesta; ver sus brillantes colores al sol, le trajo un alivio que aligeró la tensión en su ceño.
—Iré antes de la próxima luna, te lo prometo. Cuídate.
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Editado: 16.03.2026