Ashes of the Epic

6.- Senda

Cuando era pequeño, el ritmo del séquito de padre solía abrumarme, ya que no dormíamos en el mismo sitio por tres días seguidos. No obstante, durante cierto otoño, establecimos un campamento cerca del lago.

En las noches, nos reuníamos en torno a la fogata y contábamos historias. Jamás olvidaré la de un joven pastor quien, cansado de que su aldea fuera atacada por las temibles arpías, llevó su rebaño a la pradera como carnada. Afiló bien la punta de su cayado y lo escondió entre las hierbas. Se cubrió por completo con lana de oveja y las esperó paciente.

Tras un rato, una arpía se abalanzó hacia él, elevó con firmeza el cayado entre sus manos; este se clavó en el corazón de la rapaz, matándola al instante. El resto huyeron aterradas ante la caída de su líder.

Sin pensarlo, tomé una vara del suelo y la agité con energía. Recuerdo cómo la sonrisa de mi madre resplandecía aquella noche; se puso de pie y fingió ser una oveja que balaba de alegría tras ser salvada por su pastor. A partir de esa ocasión, cada vez que narraban historias sobre héroes, yo los imitaba y ella me seguía el juego.

Cada vez que salía a explorar el bosque, recolectaba todo tipo de tesoros: me sumergía al fondo del lago para buscar las mejores caracolas. En otras ocasiones hacía coronas de anémonas blancas, sus favoritas, además de buscar los mejores frutos.

Mi madre solía retozar en su cama, concentrada en su bordado. Al llegar a su tienda, saltaba por todas partes para llamar su atención. Ella dejaba de lado su labor y me escuchaba atenta.

Un día, logré llenar un cuenco con frambuesas, aunque me herí un poco las manos. Regresé al campamento más temprano de lo usual. La voz de padre resonaba en la tienda de mi madre, quien lo escuchaba cabizbaja en silencio.

"Tú conoces bien el destino que les aguarda a esos ilusos. ¡Deja de instarlo a ser un héroe, o si no él también...!".

Entré de inmediato y me interpuse, pero cuando padre notó las llagas en mis manos, sostuvo con firmeza mi brazo. Su mirada era filosa cual puñal, pero su voz se quebraba con cada palabra:

"Stelios ¿No pensaras en jugarte la vida por los insignificantes humanos? Ellos son efímeros, y es por algo..."

Tras escuchar esas palabras, aparté su mano y le grité: "Eres muy malo, padre". Salí corriendo y ella fue tras de mí. Me quedé sin aliento al llegar a la entrada de la gruta, donde mi madre me alcanzó y abrazó. Cuando me calmé, ella me pidió que la acompañara un momento, a lo cual accedí.

Bajamos al río; ella metió sus manos en el agua y sacó un puñado de rocas. Entre ellas destacaba una turquesa, y me pidió probar suerte. En mi primer intento, no saqué alguna roca en especial, ni al segundo. Sin decir una palabra, seguí intentando, hasta el punto en que mis dedos se arrugaron y el agua calaba hasta mis huesos. Tras un largo silencio, preguntó la razón por la que seguía buscando.

—Yo también quiero hacerlo, madre.

Ella asintió y esperó, hasta que finalmente hallé una tornasol y se la mostré. Felicitó mi tenacidad y me pidió que también fuera paciente con padre. De cierta forma él tenía razón, pero no por ello debía rendirme. A su tiempo, confiaba en que yo hallaría mi manera. Pese a todo, recuerdo con mucho cariño esos días.

Stelios se tomó un momento para refrescar su garganta. Por su parte, el corazón de la deidad quedó conmovido ante la anécdota. Además, la tierna imagen de su hijo alado recién nacido vino a su memoria. No obstante, el aire reflexivo del fauno se vio interrumpido por la curiosidad de la olímpica, quien expresó:

—El amor que profesaba tu madre es admirable en muchos sentidos. —Stelios elevó las orejas y devolvió su atención a la deidad, que tras un sorbo de vino, añadió— Pero ¿y después? —Apoyó su mentón en la palma y emitió un suspiro—. Me parece que algo no encaja. ¿Me equivoco?

Stelios asintió; la melancolía se vislumbraba en sus ojos, mas prosiguió. La diosa cayó en cuenta de esa cierta omisión y estaba dispuesta a escucharlo. Se aclaró la garganta y prosiguió con su relato:

En la víspera de invierno, mi madre nos pidió a padre y a mí que la acompañásemos a presenciar cada amanecer. Ella solía abrazarme y cubrirme con cálidas pieles, mientras padre entonaba una apacible melodía con su flauta.

Pero, durante la primera nevada, no fue la voz de mi madre lo que me despertó, sino una gélida corriente.

Tanto silencio en el ambiente me dio un mal presentimiento. Al salir, vi al séquito aglomerado en torno a la tienda de mi madre. Cuando advirtieron mi presencia, todos me abrieron paso; sabía que algo iba mal.

Por primera vez en toda mi vida, observé a padre de rodillas, sollozando al lado del lecho de mamá. Me acerqué para tratar de despertar a mi madre, pero su mano estaba helada y sus párpados cerrados. Por más que la llamé, no hubo respuesta. Miré a mi padre a los ojos, pero él, sin fuerzas para pronunciar palabra alguna, negó con el rostro y... me abrazó de tal forma que creía que si me soltaba, mi corazón se quebraría. Mas rompí en llanto; ella se había ido para siempre...

Pese al inclemente tiempo, todo el séquito participó en la construcción del sepulcro. A falta de flores, fui por todos los tesoros que recolecté para ella. Padre tomó cierta distancia mientras yo decoraba; él se ocupó de terminar el bordado de mi madre.

Tras un rato, padre entró y posó su mano en mi hombro. Yo giré la vista. Él se agachó y me entregó la tela. Yo la tomé; era notoria la diferencia entre las puntadas de cada uno: las de ella delicadas y finas, las de él toscas y torcidas. Pero lejos de ser algo que me calmara, por alguna razón que no entendía, mis patas temblaron. Él me cargó con suavidad entre sus brazos, me miró a los ojos y musitó:

—Stelios, vive mucho; ella no pudo...

Durante 14 noches se guardó silencio total. La pesadumbre y tristeza del ambiente me parecieron una eternidad.




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