Ashes of the Epic

7.- Señuelo

Pasaron diez primaveras, pero aun así, no me pude integrar del todo con el resto: me consideraban un bicho raro.

Cada día, tras finalizar mis labores, me apartaba en un claro para practicar con un arco muy burdo y una vara por espada. De vez en cuando, mis dos primos se escabullían para molestarme: Licaón derribaba mis blancos y Solón se burlaba de mi mal tino.

En cierta ocasión, un grupo de cazadores estableció un campamento en el bosque. Padre nos ordenó mantener distancia y, a los más jóvenes, vigilar el ganado hasta el anochecer.

Una noche, después de regresar las ovejas al establo, tomé algo de pan, llené mi cuerno con agua y me retiré al claro. Recuerdo que no podía concentrarme; sentía algo extraño en el ambiente. De pronto, escuché un ruido en los arbustos.

«Seguro es Licaón, pero esta vez se las voy a cobrar todas juntas...»

Agarré con firmeza mi arco y me acerqué despacio. Pero al asomarme entre las hojas, no vi nada. Antes de girarme, alguien saltó detrás de mí. Cuando cayó el gran peso de su mano en mi hombro y su sombra me cubrió por completo, mi pelaje se erizó. Entonces, una voz severa susurró:

—Quieto...

Conforme la persona avanzaba, sus pisadas hacían crujir las hojas del suelo. Esta se plantó frente a mí, escrutándome de cabeza a pezuñas. Esa imponente presencia me paralizó. Se cruzó de brazos y, con voz tan punzante como daga, expresó:

—Dime... ¿acaso estás ebrio?

Negué de forma enérgica con las manos y respondí:

—Yo aún no puedo tomar vino...

Una risa estruendosa y vibrante, cual rugido, resonó por todo el sitio. Entre risas, añadió:

—Venga ya, pero si solo eres un crío.

Toqué los diminutos bultos en mi cabeza y le reproché nervioso:

—¿Lo dice por mis cuernitos?

Me dio una fuerte palmada en la espalda, dejándome una marca roja en la piel, mas reprimí cualquier quejido. Creo que de alguna forma se compadeció de mí y explicó:

—Tus ojos delatan tu juventud...

Tomó mi cuerno con agua, bebió un gran sorbo y añadió:

—...es extraño ver a un sátiro usando armas.

Me regresó el cuerno y agregó:

—Dime, ¿acaso las alimañas molestan tu rebaño?

Negué con el rostro.

—No, no es eso, yo solo...

Elevé mi arco para mostrárselo.

—...¡quiero aprender a usar esto! Deseo ser... más que solo un pastor.

—No podrás...

Sacó un cuchillo de su cinto y me apuntó al pecho. Mas no retrocedí un palmo ni moví un músculo; miré fijamente a la persona, quien agregó con una sonrisa:

—...no con esa ramita ridícula.

Guardó el cuchillo y me estudió en silencio unos instantes. Luego asintió. Se bajó la capucha y hasta ese momento caí en cuenta de que se trataba de una mujer: alta, hombros anchos como los de un guerrero y cabello oscuro recogido en una trenza gruesa. Sus ojos castaños me evaluaron una vez más; afilados, pero no cortantes, antes de ordenar:

—Trae mañana al anochecer un tronco del grosor de tus patas. Te enseñaré a tallar algo decente.

Mi cola se agitó y exclamé con alegría:

—¡Como ordene!

No pude ocultar mi sorpresa. Esa cazadora era más formidable que cualquier guerrero del séquito de padre. Se dio media vuelta y me dijo antes de desaparecer:

—Ya estarías muerto si fuera un ladrón. Cuídate, niño...

Al quedarme solo en el claro, inhalé profundo. Observé mi arco, luego mis patas y después el suelo. Me percaté de que en un punto su rastro desapareció por completo y exclamé:

—¡Es como si tuviera alas en los pies! ¿Cómo es siquiera posible?

«Si algún día lograba moverme así, nadie volvería a tratarme como un bicho raro. ¡Yo también quería aprender a hacer eso!»

Por un instante pensé en ir a su campamento, pero me detuve en seco al recordar sus palabras.

"Ya estarías muerto si fuera un ladrón."

Tenía razón. Debía usar más la cabeza; que ella sea amable conmigo no garantizaba que sus compañeros también lo fueran.

—Muchas gracias, gran cazadora...

Musité. Podría decirse que a partir de ese día me convertí en su aprendiz.

Stelios tomó una pausa para refrescar su garganta. En el caso de Afrodita, balanceó de forma sutil las gotas restantes de vino. Su anfitrión le ofreció llenar su copa. La olímpica agradeció, expresando con alegría:

—Brindo por aquellos con la tenacidad suficiente para alcanzar su cenit. ¡Salud!

La deidad y el fauno chocaron copas; tras un gran sorbo, ella añadió:

—Seguro debiste parecerle un adorable cordero.

Stelios se cruzó de brazos, agachó las orejas y expresó apenado:

—De hecho... caí redondo ante su señuelo. Un cordero sensato hubiese huido en mi lugar.

La olímpica rio por lo bajo. Después, observó con atención el prominente cuerno del fauno.

—Desde entonces tu cornamenta y prudencia crecieron. No obstante, tal virtud no es solo regalo del tiempo.

La deidad degustó un sorbo de vino y agregó:

—Todo lo bello requiere esfuerzo. O bueno, así lo considero.

Stelios se cruzó de brazos y asintió. Afrodita apoyó su mentón en las palmas y preguntó:

—Siento curiosidad por el nombre de la cazadora que te cultivo. Dime, ¿acaso era imponente, o quizá delicado?

Pero el fauno negó con el rostro y respondió:

—Me apena no tener respuesta, pues ella nunca me lo reveló.

La diosa enarcó la ceja:

—Asi que una cazadora sin nombre. Pero, eso no le resta valor a su encuentro. ¿No es así?

Una risa suave escapó de Stelios, quien prosiguío con su relato.

Recuerdo que esa noche no pude dormir por la emoción y tan pronto como el sol iluminó lo suficiente el campamento, me dirigí a la tienda de Talos, el maestro herrero del séquito. Pese a su avanzada edad, poseía enormes y fuertes brazos. Aunque el mismo desconocía si su pelaje era cenizo natural o se tiznó de forma permanente por el hollín. Dentro de su carpa, los estridentes martilleos contra el acero no cesaban, pero aun así, él volteó a verme en el instante que levanté la cortina.




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