Ashes of the Epic

8.- Colmillo

Al terminar de limpiar la tienda del herrero, me dirigí veloz al claro; la cazadora ya me esperaba, afilando su cuchillo contra una roca. Tras dar unos pasos, advertí un gran cúmulo de hojas.
«Seguro es obra suya».
Rodeé el montículo, le entregué el encargo y me senté frente a ella. Conforme más tiempo se tomaba en examinar la madera, el ligero temblor en mis patas aumentaba. Así que inhalé profundo y posé las manos en mis muslos. Cuando logré calmarme, quise romper aquel incómodo silencio presentándome:
—Me-me llamo Stelios. ¿Y usted?
La cazadora me miró de forma tan aguda que sentí mi corazón encogerse.
«Debí callarme».
Extendió su mano al frente y cerré los ojos; en ese momento creí que me castigaría por impaciente, mas solo sentí un leve tirón. Abrí despacio los ojos: solo podía ver su enorme puño. Ladeé la cabeza y agité mis orejas. Ella preguntó:
—¿Acaso tú no?
Me señalé con el índice.
—¿Yo no...?
Enarcó la ceja y me miró fijamente. No entendía a qué se refería, pero tampoco quería meter otra vez la pezuña, así que guardé silencio. Después de unos minutos, abrió el puño, me mostró su palma y expresó:
—Atento, dime: ¿qué ves aquí?
Me acerqué, observé su palma durante varios segundos, la miré a los ojos y respondí:
—Veo... muchas cicatrices y callos que, lejos de debilitar su piel, la han vuelto más fuerte.
Negó con el rostro, a lo que me encogí de hombros. Mas palmeó con suavidad mi cabeza y aclaró:
—Mmm, me refería a la diminuta araña. —Sopló con suavidad en dirección a los arbustos y sacudió sus manos—. La traías colgando del flequillo desde que llegaste.
Me levanté de un salto y sacudí con vigor mi cabello. Pero, con voz firme, ordenó:
—Cálmate.
Me sobresalté al escucharla y me senté en el acto. Mi rostro ardía de vergüenza y agaché la mirada.
«Seguro ya no querrá enseñarle a alguien tan torpe».
No obstante, permaneció serena y en silencio, avivando la fogata con un par de ramas. Una vez las llamas se mantuvieron estables, se cruzó de brazos y cerró los ojos durante varios minutos, sin mover un solo músculo. Como no sabía qué más hacer, también me crucé de brazos, cerré los ojos y esperé. En el momento en que escuché las llamas resquebrajar la leña, ella rompió el silencio preguntando:
—¿Qué oyes?
—Pues... —Inhalé profundo y elevé mis orejas. Concentré toda mi atención en el lugar y respondí—: Puedo oír el crepitar de las llamas, también las hojas sacudiéndose con el viento y... muchos otros ruidos, aunque no sé si lejanos, o de seres diminutos.
—¿Puedes indicar la dirección de la que proviene cada uno?
—Al frente, el crepitar. Desde el este, sopla el viento.
—¿Y lo demás?
—No sabría decirle con exactitud.
—Por ahora. Pero en algún punto, podrás hacerlo.
Abrí los ojos e hice a un lado el flequillo. Observé la palma de mi mano un momento y después pregunté:
—Pero, si no puedo ver una simple araña frente a mí, ¿cómo podré...?
Sacó su cuchillo y lo apuntó a mi costado derecho. Tragué saliva y guardé silencio. Acto seguido lo lanzó, asustando a una alimaña. Tras verificar que huyó del sitio, explicó:
—Refina tus sentidos. —Señaló su oído—. Las bestias sortean la adversidad con sus talentos. —Apuntó a su sien—. ¡Sé más astuto que ellas!
Se puso de pie y extrajo el cuchillo del tronco. Posó la mano sobre la marca que dejó y preguntó:
—Dime, si cortas una sola rama a un árbol, ¿muere?
—No, no lo creo.
Regresó a la fogata y se agachó para tomar la madera que traje. Partió un extremo con sus manos, me dio la parte más grande junto con su cuchillo y ordenó:
—Comienza.
Conforme fui tallando, noté que la cazadora prefería usar gestos a palabras: empujando mi hombro con sutileza o deteniendo mi muñeca para que ajustara la presión y el ángulo.
Con el paso de los días, la cazadora me señaló a qué detalles debía prestar más atención: estos ayudaban a discernir entre un buen o mal augurio del entorno.
Recuerdo que en una ocasión, vimos cómo una manada de ciervos huía y, detrás de los cervatillos, uno grande se rezagó. Este se desvió del camino, cojeando rumbo a un risco. Quise ir para ayudarlo, pero me detuvo y negó con la cabeza. Cuando regresé la atención al risco, ya no veía al ciervo por ningún lado; solo escuché un golpe seco. Mi pecho dolió mucho y muchos pensamientos cruzaron mi mente:
«¿Podría haberle ayudado? Aunque no sé si tenía cura... ¿Por qué se dejó morir sin más?»
La cazadora posó su pesada mano sobre mi cabeza, sacándome de aquel vórtice de ideas con un simple:
—Fue voluntad, no rendición... Andando.
No comprendí, hasta que escuché a la distancia un poderoso aullido. Esa noche, no dejé de pensar en el sacrificio del ciervo.
Al día siguiente, a petición mía, buscábamos hierbas medicinales. Mientras deambulábamos por el bosque, me explicó que su visión del mundo clasificaba a los distintos seres en presas y depredadores. Al detenernos, señaló un grupo de catarinas diminutas y preguntó:
—¿Qué son?
Me tomé mi tiempo para responder; desconocía de qué se alimentaban esos insectos. Tras un rato, vi cómo devoraban un cúmulo de pulgones y advertí lo marchita que se encontraba la planta.
—Predadoras que ayudan.
Cruzó los brazos y asintió, expresando:
—Todos ayudamos al balance...
Por alguna razón, sus respuestas siempre abrían más preguntas en mi mente.
Días después, encontrarnos el rastro de un faisán, la cazadora me mostró cómo poner una trampa. No obstante, en vista de que el ave no se acercaba, me enseñó a imitar su trinar. Esta se acercó y, al jalar el señuelo, la atrapé con cierta dificultad. Al mostrársela, sonrió complacida y expresó:
—Aprende también de las presas.
Luego de cenar, me dediqué a afilar la punta de mi flecha en silencio. Traté de preguntar una vez más por su nombre; pero respondió:
—Los nombres son armas de doble filo, niño. Concéntrate.
Pese a que era una persona seca, sus palabras jamás pretendían herir. Tal gentileza era... distinta.
Me atrevo a decir que durante esas seis semanas, aprendí más que nunca sobre el corazón de Arcadia. Por otra parte, Licaón y Solón dejaron de fastidiarme, limitándose a observarme cuando llegaba de mis entrenamientos. Quizá la presencia de la cazadora los intimidaba, y por eso jamás se atrevieron a acercarse.
Al final de la primavera, terminé mi arco junto a media docena de flechas con plumas rojas y punta azabache. Mientras asábamos peces en torno a la fogata, expresé:
—Disculpe... Hace tiempo quería preguntar. —Me miró, tragué saliva y proseguí—: El montículo de hojas que hizo en una ocasión junto a la fogata, ¿ocultaba algún tipo de trampa o algo así?
Ella negó con una sonrisa y respondió:
—No, pero siempre asume que podría serlo.
Asentí, tomé el arco y lo extendí frente a ella presentando una reverencia.
—Jamás habría logrado hacer esto solo, gran cazadora. —Dejé de lado el arco, cogí el cuchillo y se lo entregué—. Mu-muchas gracias por todo.
Lo guardó entre su capa y cenamos en silencio. Al apagar la fogata, pequeñas chispas se elevaron hacia el cielo, cual efímeras estrellas en esa cálida noche sin luna. Antes de irme, me pidió encontrarnos al alba cerca del prado este. Noté algo extraño en su voz, pero acepté; esa sería la última noche que nos veríamos.
A la mañana siguiente, salí del campamento de forma sigilosa. Aún estaba bastante oscuro, pero por una vez quería llegar antes que ella. Sin embargo, la cazadora ya esperaba con su carga al hombro, junto a un caballo negro. Me aproximé veloz y ella expresó:
—Debo marcharme. Una cacería importante. Dudo volver a verte.
Sabía de antemano que solo estaría una temporada en Arcadia; no quería mostrarle una cara larga, debía ser fuerte. Así que respondí de forma enérgica:
—¡Sé que te irá muy bien, gran cazadora!
Posó su mano sobre mi cabeza, despeinándome, y expresó:
—Agradezco tus deseos, pero recuerda no cantar victoria hasta dar el último aliento.
Asentí y agité mi cola.
—¡No lo olvidaré! ¡Ni tu gran amabilidad!
—Solo espero que mis humildes lecciones pudieran servir de algo a mis jóvenes pupilos.
Afrodita se dio media vuelta y avanzó a paso lento hasta quedar frente al bordado. Delineó con delicadeza cada pétalo y puntada. Stelios permaneció en su sitio, mirando en silencio. La olímpica volteó a verlo y expresó:
—El amor y esmero de tu madre... —Stelios se tensó; la diosa prosiguió—: ...su legado y dedicación, los hiciste tuyos. Son tesoros invaluables, gentil Stelios; no tengas duda de ello.
El fauno tragó saliva; su pecho oprimido, sin saber qué responder, solo atinó a decir:
—Gra-gracias.
Afrodita regresó sobre sus pasos a la estantería; deseaba contemplar las flechas. Quedó fascinada ante la suavidad de las plumas, que contrastaba con el filo de la punta. Tras ello, decidió cargar el arco: no recordaba la última vez que lo hizo. Mas un ligero temblor causó que su pulso vacilara, dejándolo caer. Tanto el fauno como la diosa lo tomaron al mismo tiempo. Stelios notó la amargura que contenían los ojos divinos y soltó el arco. La diosa se quedó inmóvil, desviando la mirada; el fauno, con tono apacible, preguntó:
—¿Se encuentra bien, diosa mía?
—Yo...
La diosa se aferró al arco; sus palabras, apenas un susurro.
—¿Sabes? Uno de mis hijos adoraba esto...
Stelios cerró los ojos para escuchar mejor.
—Es... mi mayor orgullo. Mi dulce Eros.
La olímpica suspiró.
—No obstante, a diferencia de tu madre, yo no fui capaz de comprender sus deseos. Dudo que piense en mí siquiera...
Stelios quedó atónito ante la confesión de la diosa, posó las manos sobre sus delicados hombros y le dijo sin pensar:
—Sus ojos son los de una madre amorosa que sufre, Afrodita. Le pido que no pierda la fe en el amor, o realmente estaremos perdidos.
Ambos se miraron un instante. Stelios elevó las orejas; Afrodita quedó boquiabierta. ¿Cómo era posible que llegara a esta situación? ¿No era acaso inverosímil?
La deidad escuchó aquel ligero temblor en las patas del fauno. Pese a su impulsividad y evidente miedo, aun así él se atrevió a decir lo que sentía: algo valioso que en el fondo de su corazón anhelaba escuchar, un simple aliento.
Stelios más relajado deslizó sus pulgares sin querer, al darse cuenta de su atrevimiento, quitó las manos y las apoyó en sus muslos. Cabizbajo, se disculpó:
—Perdóneme, no pretendía ofenderle...
Ella dio un par de palmadas en los costados de su cornamenta. Él sacudió las orejas; aquello le provocó cierta comezón y, al verse a los ojos, una risa ligera escapó de ambos. Ni el mismo Stelios supo de dónde sacó tal confianza, pero sin saberlo logró aliviar parte de las penas del corazón olímpico.
—Agradezco tu sinceridad, Stelios.
—Y yo su compañía, gran Afrodita.
Todavía quedaba mucho por contar y la noche recién había caído...




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