Al levantarse, Afrodita se inclinó para ofrecer su mano a Stelios, quien se apoyó con cuidado. Pero antes de poder agradecerle, la cálida brisa elevó en alto las viejas cortinas, develando en las afueras un grupo de luciérnagas revoloteando en el jardín. Al notar la atención olímpica sobre los insectos, el fauno propuso:
—Gentil diosa, ¿le apetecería acompañarme a tomar aire fresco? Noto que algunas de mis plantas necesitan riego.
Ella aceptó y, antes de salir, tomó el cuenco que dejó con semillas. Mientras caminaban, la olímpica buscaba un sitio adecuado para el cultivo, deteniéndose al vislumbrar un diminuto retoño azul entre la hierba, y se agachó para apreciarlo mejor. Después de un rato, le preguntó al fauno el nombre del brote. Stelios se acercó y se arrodilló para examinarlo: delineó el tallo y las hojas. Tras olfatear el aroma impregnado en su piel, chasqueó los dedos y respondió:
—No hay duda alguna, se trata de la «turquesina nocturna del norte». —Un recuerdo emergente le hizo sonreír y agregó—: ¿Sabe?... uno de mis pupilos solía decir que estas flores estaban perdidamente «enamoradas de la luna». ¿Sabrá quién es la deidad responsable?
La olímpica enarcó la ceja y se señaló a sí misma. El fauno asintió. La diosa se cruzó de brazos, desviando la mirada con fingida indignación; una risa ligera escapó del fauno que, al retomar la compostura, contó:
—Recuerdo que ese joven no durmió por nueve noches. Su propósito era conseguir una sola, para declarársela a su amada... —Señaló el retoño y agregó—: Solía decirle al resto que el celeste de sus pétalos le recordaba los ojos de su amor, y que cuando fuera un hombre cruzaría los mares necesarios para recolectar tantas perlas como «lunares blancos» tenía esta flor.
La deidad, intrigada, trató de abrir uno de los pétalos para observar las motas nacaradas, pero este se soltó del todo. Por lo que retiró la mano de inmediato y, cabizbaja, se disculpó:
—Perdona, no pretendía...
Stelios explicó con tono sereno:
—Puede que sean delicadas al tacto. —Afrodita frunció el ceño; él prosiguió—: Pero también necesitan de esa calidez, como el resto. —Se puso de pie y tomó el balde—. Además de agua, permítame un momento. ¡Mañana temprano acondicionaré una sombra!
Mientras el fauno sacaba agua del pozo, la olímpica intentó adherir el pétalo al retoño, a sabiendas de que tal virtud escapaba de sus límites. No obstante, sí podía hacer algo: con sus manos, escarbó lo suficiente en torno al brote para sembrar las semillas de uva alrededor. Al regreso de Stelios, Afrodita le pidió que le prestara el balde; el fauno se lo entregó y ella sumergió sus manos en el agua, rociando finas gotas sobre los montículos de tierra. En un parpadeo, las semillas germinaron en la dirección que dictaban las manos olímpicas, brindando una sombra natural a la flor.
—Así estará protegida. Estate tranquilo.
Stelios asintió y fue a regar el resto de las plantas en compañía de Afrodita. Al terminar su labor, buscaron un sitio donde reposar y, tanto deidad como fauno, observaron en silencio cómo las luciérnagas se aglomeraban en torno a las vides recién creadas. La bella danza en espirales de esos diminutos halos verdes sorteando las hojas de alguna forma serenaba sus pensamientos.
Cuando los insectos permanecieron quietos, Afrodita comenzó a trenzar su larga cabellera. Stelios, en cambio, se recostó sobre el césped para relajar su espalda. Al estirar sus brazos en alto, el resplandor intermitente de una estrella llamó su atención. No obstante, al parpadear, perdió de vista el lucero. Se sentó de golpe y buscó en todas direcciones. Al hallarlo, suspiró aliviado, pero su pelaje se erizó al sentir la mirada olímpica; ella, preocupada, preguntó:
—¿Todo en orden?
—Sí, todo bien, diosa mía, solo un despiste mío... —Afrodita suspiró con alivio y continuó trenzando. No obstante, la mente de Stelios seguía inquieta y, cuando la deidad terminó de peinarse, expresó—: Afrodita, ¿podría preguntarle algo?
—¿Sí?
—¿Aún recuerda la primera vez que miró las estrellas?
Afrodita se recostó sobre la hierba para contemplar la bóveda celeste. Inhaló profundo e indagó en lo más profundo de sus recuerdos, evocando aquella memoria, y respondió:
—Sí, pero reflejadas en las olas. —Entrelazó sus manos sobre su pecho—. ¿Sabes, Stelios? Me parece curioso que, al desconocer el todo, tus ojos van a donde te plantas; —inhaló profundo y musitó— pero al perderte, miras al cielo.
Stelios elevó las orejas, señalándose a sí mismo; Afrodita sonrió y le dio un toque sutil en la cornamenta. El fauno agitó las orejas y tensó la cola; la olímpica sonrió con ternura y preguntó:
—Cuéntame, ¿qué pasó después?
El fauno no entendió a qué se refería la diosa, quien, al ver su expresión anonadada, aclaró:
—Contigo, tras la despedida de Atalanta.
Stelios deslizó la mano hasta su cornamenta, dura, fría. Elevó la vista y prosiguió con su relato:
Las estrellas siguen siendo las mismas tras su partida...
Seguí practicando por cuenta propia, aunque Licaón y Solón no tardaron en darse cuenta de ello. Pero a diferencia de antes, se limitaban a observar en silencio, acercándose un poco más cada día.
Tras dos semanas me harté de esa situación. Así que colgué el arco en una rama seca y me escondí entre los arbustos. Tras un rato, mis primos se acercaron con cautela. Parecían discutir sobre algo. Uno señaló mi arco y se estiró para alcanzarlo, pero antes de que lo cogiera, salté detrás suyo y les grité a todo pulmón:
—¡¿Qué se traen ustedes?!
Ambos pegaron un brinco y su pelaje se erizó. Se miraron y se señalaron uno al otro. Apunté a ambos, di un paso al frente y sacudí con energía la cola. Sabía que si esto continuaba, no podría concentrarme. Solón musitó tan bajo que apenas podía escucharlo:
—Es solo que, nosotros...
Tras un incómodo silencio, me crucé de brazos esperando una respuesta. Licaón alzó la voz:
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Editado: 18.07.2026